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Desde el punto de vista psicopedagógico, nadie puede dudar de los múltiples y variados beneficios que el juego tiene en el desarrollo psicomotor, cognitivo, social y emocional del menor. Tal es su trascendencia, que ya la Organización de las Naciones Unidas lo reconoció y protegió, a finales de los años cincuenta, como derecho fundamental durante la infancia. En esta etapa, el juego resulta clave para el desarrollo y la afirmación de la personalidad del sujeto, al tiempo que permite estimular la creatividad y es fuente de aprendizaje y de socialización. Su relevancia sigue siendo significativa durante la edad adulta, ya que la libertad y la satisfacción que aporta, frente a las obligaciones y responsabilidades de la madurez, nos llevan a recuperar los recuerdos y experiencias atesorados en la niñez.

El interés que despierta, no obstante, se ha visto estos días incrementado, como consecuencia de la aparición, en las redes sociales, de un inquietante “juegoentre los adolescentes. Blue whale o ballena azul, como se conoce en nuestro país, se trata de una espeluznante tendencia que invita al jugador que lo supera a quitarse la vida. De ahí la denominación de ballena azul, apodo que reciben los participantes por las similitudes que la mecánica del “juego” tiene con la forma de morir de este tipo de cetáceos, quienes acaban varados en las playas cuando sienten que su vida se encuentra próxima al final. Este supuesto juego, desarrollado en 2013 por la red social VKontakte –el Facebook ruso- bajo el nombre de “F57”, ha sido relacionado por las autoridades rusas con el suicidio de 130 adolescentes desde noviembre de 2015.

El macabro objetivo de su creador, un ex estudiante de Psicología de 21 años detenido en noviembre de 2016, era “limpiar la sociedad de seres débiles de espíritu”, aportando a los jóvenes participantes la comprensión y la comunicación que estos no suelen encontrar en su vida cotidiana. Los adolescentes son captados a través de populares redes sociales, como Facebook, o de aplicaciones de mensajería instantánea, como Whatsapp. Los administradores de estos grupos cerrados plantean a los menores, bajo amenazas y coacción, 50 tareas que se habrán de completar durante los 50 días que dura el “juego”. Algunos de estos desafíos obligan a los participantes a ver películas de terror, no hablar durante 24 horas, infringirse castigos, autolesionarse y, en última instancia, a quitarse la vida lanzándose desde un lugar elevado. La superación de las pruebas, realizadas siempre a las 04:20 a.m., habrá de documentarse mediante el envío de fotografías o de vídeos al administrador, quien constantemente advierte al participante que, en caso de abandonar el juego, divulgará información personal y dañará a su familia.

Esta escalofriante práctica se ha convertido en un auténtico fenómeno social de escala mundial. Por el momento, se han documentado casos en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay, Uruguay, Rusia, Portugal y, recientemente, en España. Las alarmas saltaron en nuestro país cuando una joven de 15 años fue ingresada en un hospital de Cataluña con autolesiones tras haberse convertido en ballena azul. El trágico final pudo evitarse gracias a la rápida intervención del círculo de amistades de la menor, quienes avisaron a la familia de que ésta se había iniciado en el juego el pasado mes de abril. Actualmente, la adolescente se encuentra ingresada en la unidad psiquiátrica de un centro hospitalario catalán, donde está siendo atendida, mientras continúan las investigaciones de las autoridades y de los Mossos de Escuadra.

La ballena azul constituye un ejemplo más de las peligrosas prácticas que se están poniendo de moda entre los adolescentes a través de las redes sociales. “Juegos” como el shocking game (desmayo inducido mediante la asfixia intencional), salt and ice challenge (provocarse quemaduras en la piel con la reacción química provocada por la combinación el hielo y sal), el aliento del dragón (ingerir una cucharada de canela en polvo sin agua para expulsarla a través de la nariz), el train surfing (practicar surfing en el techo de trenes en marcha y saltar entre los vagones), huffing (aspirar vapores de sustancias químicas como pegamento o aerosoles), el planking (fotografiarse boca abajo en lugares arriesgados), el muelle (práctica sexual grupal de alto riesgo), el mumblety peg (clavar un cuchillo lo más rápidamente posible entre los dedos de la mano extendida) o el balconing se trata de inquietantes fenómenos que, cada vez, se están cobrando más víctimas entre los adolescentes y jóvenes.

De acuerdo con la Dangerous Behaviors Foundation hasta el año 2011, en Estados Unidos habían fallecido 416 menores como consecuencia del shocking game. No obstante, este número podrían superar el millar, ya que en muchos casos no se consigue esclarecer si el fallecimiento del niño/a se produce como resultado del juego o de un intento de suicidio. Según la American Association of Poison Control Centres casi el 88% de las llamadas recibidas durante el primer trimestre de 2012 estaba relacionada con el consumo de canela entre los adolescentes. Por su parte, la National Survey on Drug Use and Health (2012) los productos químicos de uso doméstico son la cuarta sustancia más consumida en Estados Unidos entre los estudiantes de Educación Secundaria. Otro ejemplo es el recogido en el año 2013 por la prestigiosa revista de investigación médica, Journal of Emergency Medicine, donde se analizó el caso de una joven de 19 años que estuvo tres días en coma por aceptar el reto de su grupo de amistades y beber un litro de salsa de soja.

La vulnerabilidad de los menores durante la difícil etapa de la adolescencia, así como las posibilidades de explotación y manipulación de estos a través de las redes sociales, son algunas de las razones que se encuentran detrás de estos macabros fenómenos. La búsqueda de la identidad lleva a los jóvenes a desear destacar y encuentran en las tendencias dominantes en la red la fórmula más rápida y eficaz. Ante esta situación y más allá de medidas alarmistas y prohibicionistas, se precisa de una actuación preventiva y educativa, basada, fundamentalmente, en la comunicación y en el diálogo con el niño/a. La orientación y la formación a las familias también se convierten en medidas sustanciales, ya que los progenitores resultan claves a la hora de identificar posibles cambios de conducta en sus hijos e hijas (alteraciones en el sueño, cambios en el círculo de amistades, etc.). El seno familiar se debe aprovechar, además, para conversar sobre el uso seguro y responsable de las redes sociales y concienciar a los menores sobre los peligros que acechan en Internet.

En respuesta a la ballena azul, varios desafíos positivos han sido creados. Por ejemplo, la ballena rosa, ideada por un publicista y un diseñador gráfico de Sao Paulo, tiene como objetivo demostrar que Internet puede servir para viralizar conductas positivas, como fomentar la autoestima, animar a los adolescentes a elogiar a sus compañeros o hacer reír a alguna persona. Otra iniciativa, que se está extendiendo a través de Facebook y Twitter, es la ballena verde. En este caso, el propósito es fomentar la responsabilidad entre los menores ante las tareas domésticas y familiares, el estudio, etc. Sirvan estos juegos ejemplificadores para recuperar el sentido etimológico del sustantivo latino ludus, que en la antigua Roma aludía a la diversión, a la broma, al recreo, al ocio, al entretenimiento o al pasatiempo. De nuestra capacidad de lograrlo, dependerá en gran medida que nuestros adolescentes puedan adoptar un estilo y un proyecto de vida basado en la felicidad y en el disfrute, ya que la alegría que produce el juego es obligatoria para que el homo ludens pueda vivir.

 

María Encarnación Urrea Solano

Colaborador docente del Máster Universitario en Psicopedagogía en la Universidad Internacional de Valencia VIU

 

Adolescentes y redes sociales

https://vimeo.com/63267742