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Acaba de celebrarse la gran feria de las novedades tecnológicas en Las Vegas en su 50 edición, antesala de los productos más innovadores que aparecerán en cuentagotas durante este año recién estrenado. La cita se conoce como CES (Consumer Electronics Show) y está organizada por la CTA (Consumer Technology Association), punto de encuentro de buena parte de los protagonistas del sector tecnológico y pulsómetro de la salud en que se encuentra el negocio.

La CTA cree que este año se venderán en todo el mundo productos por valor de 929.000 millones de dólares, un 1,5% menos que el pasado año, tendencia que viene consolidándose desde hace tres años en las ventas de electrónica de consumo (smartphones, televisores, cámaras digitales, PC...) y que es fiel reflejo de que el sector da la sensación de estar un poco anémico, y con urgencia por reinventarse.

En la misma línea parece estar Obama, el ex─presidente de los Estados Unidos. En una carta abierta que dirigió en octubre de 2016 a la revista The Economist en la que hacía un balance económico de su mandato, arrojaba cierto escepticismo y sombra de duda hacia el mundo digital y, en general, hacia la tecnología en este arranque del siglo XXI.

Ese artículo, del ─hasta ahora─ considerado hombre más poderoso del mundo, viene a decir que los smartphones son muy divertidos, que la banda ancha es increíble, espectaculares los coches que se conducen solos y las televisiones curvas, pero que todos estos adelantos no están creando puestos de trabajo, no meten más dinero en el bolsillo, salvo a un puñado de elegidos, y no llevan el pan a casa. Y sobre todo, que en contra de lo que nos han estado prometiendo los incondicionales digitales, no aumentan la productividad en el trabajo.

Estas dudas sobre el poder salvador de la tecnología sorprende, más si cabe, al venir del presidente digital por excelencia, arrastrado a la Casa Blanca hace ocho años por un uso inteligente de las redes sociales y del big data como herramienta para conocer y llegar a su electorado. Un presidente caracterizado precisamente por lo contrario, por sus lemas con el sello del optimismo y la confianza en el futuro.

Detrás de estas nubes en el futuro se encuentra el influyente Robert Gordon, economista de la Universidad de Northwestern, que a principios de 2016 publicó un largo ensayo titulado The rise and fall of american growth (Auge y caída del crecimiento estadounidense) y que ha sido tenido muy en cuenta por los que tienen algo que decir sobre la economía global como Obama.

Gordon dice, en resumen, tres cosas, a cada cual más incómoda para la generación crecida con pan e internet. Uno: la revolución digital está sobrevalorada. Dos: la verdadera revolución tecnológica, única e irrepetible, se dio entre finales del siglo XIX y principios del XX, con la electricidad, el teléfono y el coche. Tres: el crecimiento económico no volverá a los niveles estelares que hicieron posible aquellas innovaciones.

Y mientras, las compañías tecnológicas siguen en su carrera por innovar. Apple, a través de su portavoz Kristin Huguet, ha anunciado recientemente que invertirá 1.000 millones de dólares (954,4 millones de euros) en el fondo de inversiones tecnológico que prepara la empresa de telecomunicaciones japonesa SoftBank y que espera aglutinar 100.000 millones de dólares (95.439,4 millones de euros). De momento la propia empresa japonesa ha aportado al fondo tecnológico 25.000 millones de dólares (23.830,8 millones de euros), el gobierno de Arabia Saudí, de forma conjunta con Abu Dhabi, Qatar, Qualcomm y Foxconn, realizarán una contribución de 45.000 millones de dólores (42.895,4 millones de euros).

El dinero, aunque importante, no lo es todo, y tendrá que ir acompañado con buenas dosis del talento de visionarios como el fallecido Steve Jobs, Bill Gates, Jeff Bezos o Ene Koum para que la industria digital y tecnológica vuelva a los niveles de crecimiento de antaño. O quizá es que el listón innovador ha quedado muy alto, al mismo nivel de nuestras expectativas.

Vídeo CES 2017

https://youtu.be/tKhWzLsiQ3M

Antonio Romero

Periodista y profesor en el Máster de Comunicación Social de la Investigación Científica VIU