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Hoy en día, los dos temas que mayor preocupan a la ciudadanía española son el paro y la corrupción. Según el barómetro electoral del CIS de abril, el paro sigue siendo la principal preocupación de los españoles (78,4%), por delante de la corrupción y el fraude (47,8 %), seguidos de los problemas de índole económica (25,1 %), los políticos en general y los partidos (20,8 %) y los problemas de índole social (9,7).

El coste social de la corrupción es enorme. Un estudio realizado en la Universidad de las Palmas afirma que la corrupción genera pérdidas de 40.000 millones de euros, basándose en el análisis del impacto de la corrupción sobre la calidad de vida de los ciudadanos.

Además, según el último Barómetro Global de la Corrupción elaborado por la ONG Transparencia Internacional, se considera a los partidos políticos como la institución más corrupta. En España, los políticos obtenían una nota de 4,4 sobre 5 en la escala de corrupción.

Con todo el dinero que se escurre a partir de la corrupción, el gobierno podría realizar inversiones enfocadas a la creación de puestos de trabajo. Por tanto, estudiar desde diferentes puntos de vista el comportamiento corrupto, podría acercarnos a encontrar formas de reducir su impacto negativo y mejorar el bienestar de la ciudadanía.

Pero, ¿qué entendemos por una conducta corrupta? El comportamiento corrupto es aquel que presenta un "menoscabo de la integridad, la virtud o los principios morales que pueden conllevar una inducción al mal por medios indebidos o ilegales". Son conductas o decisiones encaminadas a beneficiar al propio interés sin importar las normas sociales o bienestar ajeno, incluso su propio perjuicio.

Desde la Psicología y la Neurociencia, hoy en día se pretende dar respuesta a algunas preguntas comunes con las que todos podemos sentirnos identificados. Preguntas tales como, ¿por qué la gente se corrompe?, ¿por qué tan a menudo, quien se sitúa en un cargo de responsabilidad y tiene acceso a poder puede terminar corrompiéndose? Y sobre todo, ¿qué ocurre en sus cerebros?, ¿existe la corrupción en el cerebro? Finalmente, ¿Se podría evitar? ¿Tenemos alguna forma de solucionarlo? Todas estas preguntas no son de fácil respuesta pero hallarlas tendrían una inmensa repercusión en el presente y futuro de nuestras sociedades.

Los últimos descubrimientos de las Neurociencias muestran que cualquier persona que tenga un estatus social elevado, como pudieran ser gerentes de empresas o incluso políticos, sufren diversas alteraciones psicobiológicas. Parece ser que el Poder estaría relacionado con los mecanismos del estrés, la dominancia social y la defensa del propio territorio. En relación al estrés, hay dos hormonas implicadas que influyen la conducta social y en nuestras decisiones. Por una parte está el cortisol, la hormona del estrés y por otra parte, está la testosterona (Mazur & Booth, 1998). Desde modelos animales, se han estudiado estos mecanismos sobre todo desde el modelo del estrés social, que es donde se somete a dos sujetos experimentales a la lucha por un territorio nuevo.

Ganar en este tipo de competición social induce en los ganadores un aumento de testosterona y una reducción de cortisol (Mazur & Booth, 1998; Mehta & Josephs 2010), y esto ocurre de forma inversa en los perdedores. El dominante, con altos niveles de testosterona, tiene una propensión mayor a defender su estatus mostrando señales de dominancia, incluso de forma agresiva, recordando a los otros oponentes quien tiene el poder. Ser dominante no sólo es menos estresante por la reducción de cortisol, si no que también ofrece recompensas, como podría ser un acceso a mejores alimentos, territorio o la propia elección de pareja. Los que están por debajo de la escala social, con bajos niveles de testosterona y altos niveles de cortisol se encuentran en una situación más perniciosa. Esta tesis está bien confirmada en modelos animales (Sapolsky, 1995; Miczcek, 2011), así como en los seres humanos (Mehta & Josephs 2010).

Ian Robertson (2012), en su libro “The Winning Effect”, es partidario de la idea de que el liderazgo esta asociado con lidiar con situaciones muy estresantes. Por lo tanto, la evolución ha proporcionado un mecanismo de adaptación para mantener la claridad cognitiva y el rendimiento ejecutivo. Con la testosterona y el cortisol, la dopamina juega un papel crucial, no sólo propiciando este rendimiento cognitivo sino también premiando en el sistema dopaminérgico mesolímbico. El efecto de ganar es gratificante y evolutivamente necesario, pero también tiene un lado oscuro. Ganar en muchos episodios o enfrentamientos consecutivos puede alterar el circuito mesolímbico dopaminérgico tal y como puede hacerlo una sustancia de abuso. El poder, por tanto, puede funcionar como una especie de adicción conductual. Parece que el ganar y dominar durante largos períodos afectaría al comportamiento, mostrando menos empatía y preocupación por aquellos que están bajos en la escala social lo que es una situación que ocurre frecuentemente con las personas con poder.

Recientemente se ha publicado un artículo que muestra que existe una relación directa entre el poder, la corrupción y los niveles de testosterona (Bendahana, Zehndera, Pralongc & Antonakis, 2015). En este estudio realizado con juegos experimentales manipularon la capacidad del líder de tomar decisiones que solo le beneficiaban a él mismo o, en cambio, a sus seguidores. Es decir, manipularon el poder de los líderes. Los líderes podrían tomar decisiones pro-sociales en beneficio del bien público o por su parte podrían abusar de su poder mediante decisiones antisociales, lo que reducía los pagos totales para el grupo y aumentaba las ganancias de los líderes. Previamente habían tomado muestras individuales, como variables de personalidad y niveles de testosterona. Hallaron dos grupos de personas que eran más honestos frente a otros que eras más deshonestos. Los resultados de este estudio son espectaculares. Observaron que a mayor poder del líder existía un mayor corrupción del líder, incluso cuando eran honestos. Esto indica que el poder corrompe, sin duda, a pesar de ser una persona “honesta”. Por otra parte, los líderes que más se corrompieron eran aquellos que más testosterona tenían.

Este estudio nos sugiere un amplio debate. En primer lugar, no se le puede dar demasiado poder a un líder, o político. El poder cambia la conducta, creando personas más egoístas. Por otro lado, hay tipos de líderes que son más corruptibles, que serían líderes con altos niveles de Testosterona. La testosterona, va a zonas del cerebro que esta situada, concretamente, en los sistemas neurales de la empatía y la toma de decisiones, la cual se sitúa en las estructuras pre-frontales y del lóbulo límbico. (Para mayor información, revisar Muñoz-Navarro, 2015)

Por otra parte, otro estudio Johnson et al. (2007) halló que existían dos tipos de líderes con diferencias muy impactantes. Unos tenían una propensión a la dominancia social y otros a la búsqueda del prestigio. Los primeros eran personas que deseaban estar en una posición de liderazgo para dominar a las personas mientras que, los segundos, eran más proclives a desear ser incluidos en un grupo social. Curiosamente, los primeros tenían altos niveles de Testosterona, mientras que los segundos no los tenían. La clave final era la diferencia que tenían en los niveles de autoestima. Los primeros, puntuaban bajo en niveles de autoestima mientras que los segundos, si mostraban una alta autoestima.

La autoestima, se ha relacionado con la empatía, la regulación emocional y es un punto clave en la inteligencia emocional. Por tanto, además de controlar los niveles de poder acumulado en las personas que ostentan puestos de responsabilidad, es necesario impulsar la educación emocional a nuestros líderes. Esto podría ayuda a crear nuevos tipos de entornos de trabajo donde se fomente la cooperación y la empatía. Es necesario impulsar la idea de que es necesario proporcionar nuevas habilidades a los líderes que se encuentran en escenarios políticos, personas que están sujetos a un duro estrés y que deben tomar decisiones para el bien del conjunto de la sociedad.

Desde la Neuroeducación se podría fomentar la inteligencia emocional en los políticos, mediante el aumento de la empatía y la cooperación ayudaría a prevenir altos niveles de corrupción.

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Leader corruption depends on power and testosterone

Referencias bibliográficas

Bendahan, S., Zehnder, C., Pralong, F. P., & Antonakis, J. (2015). Leader corruption depends on power and testosterone. The Leadership Quarterly,26(2), 101-122.

Johnson, R. T., Burk, J. A., & Kirkpatrick, L. A. (2007). Dominance and prestige as differential predictors of aggression and testosterone levels in men.Evolution and Human Behavior, 28(5), 345-351.

Mazur, A., & Booth, A. (1998). Testosterone and dominance in men. Behavioral and brain sciences, 21(03), 353-363.

Mehta, P. H., & Josephs, R. A. (2010). Testosterone and cortisol jointly regulate dominance: Evidence for a dual-hormone hypothesis. Hormones and behavior,58(5), 898-906.

Muñoz-Navarro, R. (2015). Si es cierto que el poder corrompe,¿ qué efectos tiene en nuestro cerebro?: sugerencias desde la investigación en neurociencia. In El mejoramiento humano: avances, investigaciones y reflexiones éticas y políticas(pp. 251-264).

Robertson, I. (2012). The winner effect: How power affects your brain. A&C Black.

 

Roger Muñoz-Navarro
Profesor del Grado en Psicología de la VIU