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Posiblemente, uno de los bloques más importantes del currículum actual de Ciencias de la Naturaleza en Educación Primaria es el primero, “Iniciación a la actividad científica”. En este, se proponen contenidos relacionados con la actividad científica y todo lo que conlleva. Así, aparece el planteamiento de un problema y su definición de forma precisa, que aunque no se encuentra de forma explícita sí puede entenderse a partir del criterio de evaluación que señala “obtener información relevante sobre hechos o fenómenos previamente delimitados”; la emisión de hipótesis, redactada en otro de los criterios como el establecimiento de “conjeturas tanto respecto de sucesos que ocurren de forma natural como sobre los que ocurren cuando se provocan”; la “aproximación experimental a algunas cuestiones” y, por último, la comunicación de los resultados obtenidos de forma oral, escrita y gráfica.

Este no es un bloque cualquiera, o al menos no debería serlo, es el bloque que debe guiar la forma de proceder en el resto del curso. Con él, los alumnos pueden acercarse a la forma de proceder en ciencia y ser capaces de distinguir el conocimiento científico del que no lo es. A diferencia de otros países, esta distinción no se encuentra, por desgracia y de momento, en el curriculum español, y parece que tampoco se la espera. Por poner un ejemplo, en el curriculum estadounidense, en el apartado “2. Principles and definitions”, se señala que: “Students should devel op an understanding of what science is, what science is not, what science can and cannot do, and how science contributes to culture”, lo que parece indicar cierta preocupación en que el alumnado sea capaz de distinguir ciencia de pseudociencia, y de conocer las relaciones entre la Ciencia, la Tecnología y la Sociedad (CTS).

Precisamente son estas relaciones CTS las que se encuentran detrás del que, podría decirse, es el objetivo principal de las ciencias en la Educación Primaria: conseguir en el alumnado un nivel adecuado de alfabetización científica, que le permita mejorar sus condiciones de vida y ejercer una ciudadanía informada, crítica y responsable. El artículo 7 de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, que hace referencia a los Objetivos de la Educación Primaria, señala, entre otros hábitos a adquirir, el sentido crítico, e insiste después en desarrollar “un espíritu crítico ante los mensajes que reciben y elaboran”, referidos a las Tecnologías de la Información y la Comunicación. Dentro de los contenidos de cada asignatura vuelve a hacerse referencia al espíritu crítico dentro de las asignaturas troncales de Ciencias Sociales y Lengua Castellana, pero no así en las Ciencias de la Naturaleza. A pesar de esto, creo que es precisamente desde el área de Ciencias desde dónde se puede realizar una buena labor en este sentido.

Una labor que conviene empezar cuanto antes dado que la sociedad actual, y por tanto nuestros alumnos y alumnas, se encuentra impregnada por la ciencia y la tecnología en prácticamente todos sus ámbitos. Cualquiera de nosotros recibe diariamente desde los medios de comunicación mensajes relacionados de alguna manera u otra con la ciencia, y muchos de ellos requieren de una atención especial para ser valorados: noticias de políticas energéticas, ambientales, etc. del gobierno y resto de partidos, otras relacionadas con pseudociencias, programas de televisión que defienden terapias no sostenidas por la evidencia científica, publicidad de productos que nos protegen de supuestos peligros sin demostrar, dietas que no están basadas en pruebas, etc. Todas ellas utilizan el lenguaje de la ciencia para obtener legitimidad.

Como un ejemplo más, vale la pena rescatar el caso del toque terapéutico y la niña Emily Rosa. En los años 90 existía en los hospitales estadounidenses cierta costumbre de practicar el Toque Terapéutico con los enfermos. Este consistía en la manipulación de un supuesto campo energético que todos poseemos por parte de los practicantes de esta técnica.

Emily diseñó una sencilla prueba para comprobar si estos practicantes eran capaces de sentir ese campo energético. Sentándose frente a los practicantes que afirmaban detectarlo, y colocando un biombo entre ambos, el practicante asomaba por este sus dos manos. Emily colocaba su mano encima de la del practicante sin llegar a tocarla, y solicitaba que este detectara qué mano había elegido Emily para su experimento. Realizó el experimento con 21 practicantes y obtuvo un 44% de aciertos en los 280 experimentos llevados a cabo, una cantidad explicada por el azar. Con este trabajo para la feria de ciencias, Emily hizo gala de un gran espíritu crítico y se convirtió, con 9 años, en la autora más joven de la prestigiosa revista Journal of the American Medical Association (Rosa, Rosa, Sarner, & Barrett, 1998). Es aquí donde entra el primer bloque del currículum de Educación Primaria, Iniciación a la Actividad Científica, dado que se presta a realizar experiencias de este tipo con el alumnado, elaboradas en base a su nivel. Así, plantear pequeñas investigaciones en la que se parte de un problema, tal y como hizo Emily al observar a los practicantes realizar el toque terapéutico, se emite una hipótesis fundamentada y se trate de poner a prueba mediante un diseño experimental, es casi una obligación del curriculum. De esta forma se acerca al alumnado a la forma de proceder en ciencia, se trabajan las relaciones de la ciencia con la tecnología y la sociedad y se le ofrece una poderosa herramienta para enfrentarse al mundo que lo rodea con espíritu crítico, el método científico.

Referencias bibliográficas

Rosa, L., Rosa, E., Sarner, L., & Barrett, S. (1998). Rosa, L., Rosa, E., Sarner, L., & Barrett, S. (1998). A close look at therapeutic touch. JAMA, 279(13), 1005-1010. Disponible en: http://jama.jamanetwork.com/article.aspx?articleid=187390