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¿Por qué nos pedimos un trozo de tarta de chocolate después de haber tomado una comida copiosa? ¿Haríais lo mismo si lo que nos ofrecen es un plato de brócoli? ¿Por qué nos resulta tan difícil en estas fechas decirle que no a unos turrones o a los típicos dulces navideños? ¿Sabéis por qué ocurre esto? Los científicos han acuñado el término de hambre hedónica que recoge el deseo por ciertos alimentos generalmente ricos en calorías, grasas y azúcares incluso cuando nos encontramos saciados. Quizás este podría ser uno de los motivos por lo que como media solemos ingerir entre 2500 y 3000 calorías en las comidas y cenas navideñas. Podemos decir que el hambre hedónica sería ese anhelo que experimentamos cuando nuestro estómago está lleno, pero nuestro cerebro sigue siendo voraz.

Sin embargo, no todos los alimentos tienen el mismo valor hedónico. Este va a depender tanto de los propiedades organolépticas (sabor, olor, textura,…) de los alimentos; así como de las experiencias previas que hemos tenido con ellos.  Desde el punto de vista evolutivo, nuestro organismo está preparado para preferir alimentos ricos en azúcares y grases. ¿El motivo? Los alimentos ricos en calorías suponían una fuente de energía especialmente importante en tiempos donde el acceso a la comida no era constante. Ingerirlos aseguraba la supervivencia. Sin embargo, en la sociedad contemporánea donde tenemos fácil acceso a comida barata y rica en calorías, esta ventaja evolutiva  juega en nuestra contra.

Desde el punto de vista biológico, nuestro organismo ha ideado un mecanismo a través del cual se asegura que vamos a repetir determinadas conductas. Consumir este tipo de alimentos  (o incluso ver una fotografía de ellos o pensar en su ingesta) hace que se activen nuestros centros del placer (por ejemplo, aumentando la liberación de dopamina), al igual que lo haría cualquier droga. Las sensaciones placenteras que nos proporcionan su ingesta hacen que queramos seguir consumiéndolos. Pero, ¿qué pasa cuando los centros del placer se vuelven menos sensibles por la exposición repetida? En el caso concreto de la comida, se puede desencadenar una conducta compulsiva de comer cantidades cada vez más excesivas de alimentos con alto contenido calórico y/o grasas. Muchos expertos han señalado que esta hambre hedónica podría contribuir a las grandes tasas de obesidad presentes hoy día.

En su última edición, el DSM-V (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría  APA), incluye una categoría denominada “Trastornos no relacionados a sustancias” que podría ser el primer paso para incluir las llamadas adicciones conductuales dentro de las clasificaciones categoriales vigentes.  Pero, ¿qué conductas deben ser consideradas una adicción? El juego patológico, el uso de internet, las compras compulsivas o la ingesta de alimentos pueden llegar a ser excesivas, pero la comunidad científica aún está debatiendo si estas conductas deben ser etiquetadas o no como una adicción.

En relación a la ingesta excesiva de alimentos, uno de los campos donde más se ha avanzado en la respuesta a estas preguntas es desde el punto de vista neurobiológico. Así, se he demostrado que tanto la exposición a comida como a drogas de abuso desencadena respuestas similares del sistema dopaminérgico y opiode. Por ejemplo, mediante estudios de neuroimagen se ha podido observar que los niveles de receptores de dopamina D2 son significativamente menores en personas obesas. Algo similar a lo que se ha observado en drogadictos.  Por otro lado, en la última década ha recibido gran atención la idea de que los péptidos de nutrición que regulan el hambre fisiológica también están implicados en la modulación de las respuestas neurobiológicas a las drogas de abuso. Finalmente, investigaciones realizadas con modelos animales han demostrado que ciertos alimentos, principalmente aquellos con alta palatabilidad, tienen propiedades adictivas. Tomados en su conjunto, toda esta evidencia ha dado lugar al surgimiento de la hipótesis de la adicción a la comida como una nueva teoría explicativa de la obesidad.

Sin embargo, no debemos caer en la explicación simplista de que todos los obesos son adictos a la comida. La obesidad es una enfermedad multifactorial y según recientes estudios,  solo 40%  de las personas obesas presentan rasgos de adicción a la comida  (o adicción a comer como proponen llamarlo otros autores debido a su vinculación con la conducta de “atracón” que exhiben estos pacientes). Es interesante tener en consideración este aspecto de cara al tratamiento e intervención con este tipo de personas. Indudablemente habrá un gran número de obesos que tengan problemas metabólicos; pero no hay que olvidar que un número no desdeñable de los mismos serán obesos debido a alteraciones en su respuesta hedónica a la comida. Por este motivo, se hace imprescindible la inclusión de la terapia conductual como un componente fundamental del tratamiento de la obesidad. Un abordaje multidisciplinar puede permitir la aplicación de tratamientos más eficaces, dando lugar no solo a una mayor pérdida de peso, sino que también a un mayor mantenimiento en el tiempo del peso perdido.

 

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 Dra. Maria Francisca Carvajal Ruiz. Directora de TFM en el Máster de Psicología General Sanitaria

 

Bibliografía: