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Los recientes casos de “miedo escénico” que nos han llegado a través de los medios de comunicación han mostrado a la sociedad algo que, para los músicos, es por desgracia algo “normal”.

Interpretar música en público es, en muchos casos, la finalidad de quien comienza sus estudios musicales. Esta actividad, en cualquiera de sus formas y estilos, tendría que ser un acto de disfrute, crecimiento y realización personal.

Sin embargo, un porcentaje extraordinariamente alto de intérpretes experimenta sensaciones desagradables antes, durante y después de una actuación. Estas sensaciones pueden ser leves o llegar a acabar con la salud, el rendimiento profesional y, en última instancia, la carrera del músico en cuestión.

Existe una teoría “intuitiva” que afirma que la ansiedad escénica (también llamado miedo escénico, trac*, o fiebre de las candilejas en el argot del teatro) se supera con un alto grado de preparación y con la experiencia, las famosas “tablas”. ¿Cómo entonces explicar lo que le sucedía a grandes intérpretes como Maria Callas? ¿No tenían acaso una preparación envidiable y una enorme experiencia sobre el escenario?

Dos teorías pueden ayudarnos a entender estos hechos, y al mismo tiempo ayudarnos a prevenirlos si hemos caído en este mundo musical, bien como intérpretes, bien como docentes de la música: las teorías basadas en las expectativas y las basadas en la falsa atribución de sensaciones.

Cuando Alfred Cortot (figura histórica del piano) iba a actuar, sabía o creía saber que el público que abarrotaba la sala de conciertos esperaba una actuación mítica, irrepetible. La expectativa de que en cincuenta o sesenta conciertos al año una actuación va a ser “irrepetible” es, en sí misma, un expectativa irreal, pero además coloca al intérprete, por genial que sea, en una situación emocional de profundo estrés. Cuando estos genios decidían no salir a tocar y se devolvía el dinero de la entrada a los disgustados asistentes, nada había de una preparación técnica o musical deficiente, por supuesto. En el mundo de la música clásica, desgraciadamente, esto ocurre y se fomenta desde casi los comienzos (a edades tan tempranas como los 8 años), por eso la experiencia de tocar en público es estresante en un porcentaje tan alto de músicos clásicos. Algo diferente es el caso de los músicos de jazz, que mientras mantienen cierto grado de anonimato o forman parte de una banda, pueden realizar actuaciones realmente memorables y disfrutar. Es cuando su nombre “aparece en el cartel” cuando nos encontramos con casos como, por poner un ejemplo, el de Ella Fitzgerald. Sin embargo cabe decir (con envidia por parte de un músico clásico), que la aparición mucho más tardía de estos pensamientos también disminuye el porcentaje de músicos de jazz y música moderna con este tipo de problemas, aunque los casos recientes ocurridos con artistas españoles demuestren que nadie parece a salvo de experimentar estas vivencias.

Por otra parte, nuestro organismo en ocasiones atribuye determinadas sensaciones físicas a causas no reales. Si un corredor de fondo comprobara en su pulsímetro que tiene 180 pulsaciones, que su respiración está claramente acelerada y que está totalmente empapado en sudor, es difícil que achacara estos síntomas a la ansiedad. Sin embargo, digestiones pesadas, falta de sueño prolongada, un estilo de vida excesivamente activo que se prolonga en el tiempo, cambios metabólicos naturales en el cuerpo, y un sinfín de pequeños “episodios” fisiológicos sin importancia desde el punto de vista patológico, pueden desencadenar en un individuo un reflejo de alerta si el sujeto no puede identificar el porqué de estas sensaciones. Es decir, si alguien después de días de dormir poco o tras una comida especialmente abundante experimenta una fuerte taquicardia y piensa: “tendría que haber comido más ligero y haberme echado una pequeña siesta”, lo más probable es que no sufra ningún problema de ansiedad. Pero si no puede identificar por qué se está sintiendo así, puede achacar los síntomas a una multitud de problemas graves: un episodio cardíaco, una enfermedad desconocida, o simplemente un ataque de pánico incontrolable. Y si en ese momento el individuo está encima de un escenario (o a punto de salir), podemos imaginar con facilidad el resultado de esta interpretación.

En definitiva, una vida mental saludable puede consistir en querer gustar a todo el mundo pero no necesitar hacerlo, en desear cumplir con nuestras propias expectativas pero no exigirnos hacerlo, en cambiar la felicidad por la satisfacción cuando las cosas salen bien, y la depresión por el simple disgusto si salen mal. Y la combinación de esos principios con una vida física que huya de los excesos y defectos, o que al menos pueda identificarlos para explicarse los estados anímicos y fisiológicos “anormales”, redundará en una mejor calidad de vida para aquellos que tienen el inmenso privilegio basar su vida en subir a un escenario con la finalidad de hacer(nos) disfrutar a los demás.

* La palabra francesa “trac” es, prácticamente, la onomatopeya francesa del ruido que produce nuestra garganta cuando sentimos una fuerte ansiedad, y que en ocasiones impide producir ningún sonido a cantantes, actores o instrumentistas de viento, de ahí su frecuente utilización como sinónimo de ansiedad escénica.