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El estudio de la resiliencia es relativamente reciente dentro del ámbito de la psicología, aunque el término está cada vez más popularizado debido a su uso en muchos ámbitos de la ciencia como son la ingeniería, la física, la biología, la medicina, el medio ambiente, etc. En términos físicos hace referencia a la capacidad de algunos materiales de resistir y volver a su forma original luego de ser sometidos a grandes fuerzas que tienden a deformarlos.

En psicología y en las ciencias sociales se utiliza el término resiliencia para describir la capacidad adaptativa de las personas o grupos ante sucesos adversos o traumáticos, y se define como la capacidad de algunas personas de vivir y desarrollarse de manera sana y adaptativa a pesar de haber nacido o vivido situaciones de alto riesgo que pueden ser causa de consecuencias negativas, saliendo fortalecidos y transformados de manera positiva por ellos (Cyrulnik, 2009). Esta última característica dista de la definición física, ya que la definición de resiliencia en psicología incluye un cambio, el del crecimiento personal, es decir, la transformación positiva por parte del individuo como resultado del proceso de lucha que emprende a partir de la vivencia de un suceso adverso o traumático (Cyrulnik, 2009; Park, 1998; Calhoun y Tedeschi, 1999).

El  interés por la resiliencia surgió del intento por comprender por qué algunos niños, adultos o familias sobrevivían a contextos de alto riesgo, llegando a superar grandes adversidades (genocidios, marginación socioeconómica, catástrofes naturales, maltrato en el caso de niños o adolescentes, etc.) capaces de producir secuelas negativas o trastornos en la mayoría de afectados por ellas, con la intención de descubrir aquellos factores que favorecen la resiliencia.

¿Pero qué hace que una persona sea resiliente?

La persona resiliente es aquella en la que durante todo el proceso de afrontamiento del suceso adverso no sufre grandes repercusiones en lo cognitivo, lo conductual y lo emocional, y por lo tanto para su vida cotidiana, ya que permanecen en niveles funcionales a pesar de la experiencia traumática (Bonanno, 2004).

Las personas resilientes se caracterizan por tener: confianza en uno mismo, capacidad de planificación de la actuación, capacidad de autocontrol y persistencia en el compromiso. Estas características se traducen en la práctica en la creencia de que la actuación de uno puede modificar la situación en que se encuentra, que el esfuerzo persistente tendrá su recompensa y que las situaciones difíciles y los fracasos son inevitables y superables, sin que les cause un nivel de ansiedad excesivo ni un deseo de rendirse (Csikszentmihalyi, 1990).

¿Cómo podemos aumentar nuestra capacidad de resiliencia?

La resiliencia es un proceso dinámico entre ambiente y persona (Rutter, 1993). En el proceso de afrontamiento influyen tanto factores intrapsíquicos de la persona, que juegan un papel vital a la hora de interpretar el grado de adversidad y el estilo de afrontamiento, como factores del entorno (Rutter, 1993). Es por ello que se habla de resiliencia en términos de factores de riesgo o factores de protección que permiten una buena adaptación de la persona, y por tanto podemos hablar de ella como un proceso que puede ser promovido, siendo conscientes también de que la promoción de estos factores de protección no aíslan a la persona del dolor, pero sí le aportan las herramientas necesarias para un mejor afrontamiento.

Los mecanismos para hacer frente con éxito a los contratiempos y las adversidades se basan en buscar el apoyo social, hacer uso de la creatividad, la introspección y el humor y las emociones positivas como estrategia de afrontamiento, mantener una adecuada gestión de las emociones y apoyarse en las creencias morales para conseguir automotivarse.

Así, favorecer la autonomía y la iniciativa; trabajar el autocontrol, la autoestima y la confianza en uno mismo asumiendo nuevos retos alcanzables; favorecer el autoconocimiento y fortalecer la identidad; desarrollar nuestras potencialidades y demás recursos personales; identificar riesgos potenciales y asumir la toma de medidas para reducir la probabilidad de que aparezcan; mejorar nuestras habilidades sociales para establecer lazos íntimos y satisfactorios con otras personas, son formas de promover factores de resiliencia que favorezcan la adaptación positiva ante la adversidad y obtener así crecimiento personal de ésta.

Otra dimensión que potencia la resiliencia es el significado que le demos al hecho o suceso estresante y encontrar sentido a la experiencia traumática (Park, 1998). Podemos ver la adversidad como una oportunidad para crecer, y es en este punto donde se completa el proceso de resiliencia.

Son muchas las personas que después de la superación de un hecho traumático se han sentido agradecidos por la transformación experimentada derivada del proceso de lucha. La superación de hechos y episodios negativos provocan crecimiento personal e interpersonal, debido al descubrimiento durante el proceso de afrontamiento de fortalezas personales y de valorar el apoyo social (Tedeschi y Calhoun, 2004). Algunas formas de crecimiento postraumático incluyen una sensación de fortaleza personal que se traduce en un sentimiento de confianza en las propias capacidades para afrontar posibles adversidades que puedan ocurrir en el futuro, una nueva identificación de las posibilidades de vida que puede incluir una nueva escala de valores, una mayor satisfacción en lo referente a las relaciones interpersonales, un mayor aprecio por la vida y una vida espiritual más rica que incluye una conexión con algo más grande que uno mismo (Tedeschi y Calhoun, 2004).

 

Hipervínculos

Persona resiliente 

Automotivarse 

Significado

Crecimiento postraumático

 

 Vídeos relacionados:

https://youtu.be/DQ--AglmJVI

https://youtu.be/XXCAzK_mdhc

 

 

Mª Lourdes Alapont Pinar

Profesora Colaboradora Externa MUPGS-VIU

BIBLIOGRAFÍA:

Bonanno, G.A. (2004). Loss, trauma and human resilience: Have we underestimated the human capacity to thrive after extremely aversive events?. American Psychologist, 59, 20-28.

Bosch, A. O. (2012). Resiliencia. Revista de la Fundación Educación Médica, 15(2), 77-78.

Calhoun, L.G. y Tedeschi, R.G. (1999). Facilitating Posttraumatic Growth: A Clinician’s

Calhoun, L. G. y Tedeschi, R. G. (2004). The foundations of posttraumatic growth: new considerations. Psychological Inquiry, 15, 93–102.

Csikszentmihalyi, M. (1990). Flow: The psychology of optimal experience. New York: Harper and Row.

Cyrulnik B. (2009). Resilience. London: Penguin.

Park, C.L. (1998). Stress-related growth and thriving through coping: the roles of personality and cognitive processes. Journal of Social Issues, 54(2):267-277

Rutter, M. (1993). Resilience: Some conceptual considerations. Journal of Adolescent Health, 14, 626-631.