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“Sentirse bien” como idea básica de salud mental. La lógica de tener que sentirse bien para poder vivir se ha visto potenciada extraordinariamente en los últimos 30 años. Resulta habitual oír “salgo a correr porqué hoy estoy estresado” o “le respondí mal porqué me sentí atacado”. Incluso existen anuncios publicitarios que parecen imponer: “tómate esta pastilla y ¡te sentirás bien!”. Acabáramos.

El ejemplo más claro que siempre tengo en la mente es cuando años atrás un psicólogo le dijo a una paciente “vamos a enseñarte a ver la vida de color rosa”.

La cultura occidental considera el malestar como un problema a solucionar. La lucha de las personas por eliminar la ansiedad, la rabia, los recuerdos y/o los pensamientos paradójicamente no sólo no elimina el malestar, sino que produce un efecto contraproducente: el malestar aumenta. ¿Y si estamos intentando hacer algo que no se puede hacer? ¿Qué nos dice nuestra experiencia?
De las más recientes investigaciones científicas surgen las terapias contextuales o de tercera generación de la psicología (Hayes, 2003) centradas en el aprendizaje de nuevas habilidades dirigidas a cambiar lo que se puede cambiar y a orientar la vida hacía los valores personales. La más completa de todas ellas y la que mayor evidencia empírica acumula es la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Estas terapias se basan en el cambio conductual con valor.

El valor es aquello que olvidamos en nuestra vorágine de vida cotidiana. ¿Cuántas conductas realizamos en nuestro día a día teniendo siempre presente que podemos morir mañana? Una persona descansa en paz cada noche cuando la mayoría de sus conductas diarias van en la dirección de lo que realmente le importa. Sea lo que sea lo que le importe.

Puesto que la psicología es la ciencia que analiza los comportamientos y la mente humana, lo que se demuestra con los resultados obtenidos de múltiples investigaciones es, de manera muy simplificada, que la vida no es de color de rosa, y que no se puede cambiar la forma de ver las cosas, se acepta que una vida plena implica sufrimiento y placer. Es lícito sentir dolor ante la muerte de un ser querido. Lo que pretendemos hacer con ese dolor (eliminarlo, apartarlo, suprimirlo, controlarlo, modificarlo, etc.) es lo que produce el aumento del dolor y lo cronifica.

Resulta habitual oír consejos tipo: “no pienses en eso, intenta distraerte” todos los días a lo largo de toda nuestra vida y de muy diversas formas. Y la pregunta es, ¿funciona? Por el contrario, ¿qué pasa si miramos de frente al dolor? Las heridas cicatrizan dándoles permiso para sangrar.

La constante lucha por la inmediata eliminación del malestar como requisito para vivir (idea actual de salud mental) no sólo aumenta el malestar sino que aleja a la persona de aquello que realmente es importante: su vida. ¿Y si dirigir las conductas en función a los valores personales pasa por sentir ansiedad, malestar, rabia, tristeza, dolor…?. ¿Y si dejar de luchar contra el malestar permite a la persona conseguir una vida plena en cuanto a que su comportamiento (acciones día a día) está orientado a lo que realmente le importa? ¿Y si así el malestar disminuye? Esa persona descansará en paz. Y las heridas cicatrizarán.

El alivio inmediato cuando se actúa dando la espalda al malestar, es lo que mantiene la regla: ante determinada situación, siento esto, hago esto y obtengo consecuencias (a corto y también a largo plazo). Esto es, por ejemplo, una persona que pierde a un ser amado, siente dolor y todos sus esfuerzos van dirigidos a eliminarlo: se pasa el día durmiendo, quizás empieza a consumir sustancias tóxicas, evita por todos los medios hablar del tema (dolor), etc. La consecuencia inmediata es la reducción del dolor (¡bien!, parece que le dice su mente, durmiendo no siente, tomando la pastillita no siente) pero la consecuencia a largo plazo es que la lucha por evitar lo inevitable ha generado un malestar aún mayor (¡mal!, parece que le dice su mente a la larga, durmiendo no vive, tomando la pastillita no vive).

Este es el caso de personas con obsesiones que se empeñan en eliminar sus pensamientos, personas con problemas de ansiedad que intentan a toda costa controlarla a costa de encerrarse en casa, alguien que vivió experiencias traumáticas que intenta olvidar y no experimentar los recuerdos de lo vivido, o de individuos con problemas de erección que se enzarzan en una lucha por conseguir dicha erección o evitar perderla, etc.

Los analistas de la conducta ayudamos a las personas a funcionar; en este caso la lucha es en dirección a sus valores y casi de forma automática el malestar disminuye. La última de mis pacientes me dijo “hice lo que quería hacer y… ¡me sentí bien!”. Desde ACT generamos un repertorio conductual funcional diferente (dirigido a valores) y así cambian los esquemas mentales (la vida se ve más rosa).

A nivel aplicado, esta terapia obtiene aval empírico en cuanto a la eficacia en la solución de diferentes problemas como los trastornos de ansiedad, depresión, fobias, adicciones, estrés, obsesiones, control de impulsos, dolor crónico, afrontamiento de problemas crónicos de salud, problemas de pareja, disfunciones sexuales, entre otros.

https://youtu.be/tkHfLGKyvLI

Noelia Luque Tomás y Ana Pallás Miralles 

Colaboradoras en el Máster Universitario en Terapias Psicológicas de Tercer Generación en la Universidad Internacional de Valencia (VIU)