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El acoso escolar o bullying es uno de los temas que más preocupan a la comunidad educativa, los padres y, a raíz de la aparición en los medios de comunicación de algunos casos especialmente graves, también a la sociedad en general. La prevención y solución de este problema requiere de intervenciones tempranas y efectivas, por supuesto desde el aula o centro escolar, pero también en el ámbito familiar, social y, en ciertos casos, incluso fiscal y policial.

Como ocurre con todos los problemas complejos, aquellos en los que inciden muchos factores y de diversos tipos, el bullying no tiene una solución sencilla. De entrada, al tratarse de actos que casi siempre se producen fuera de la vista de los adultos, en los pasillos, el recreo o los alrededores de los centros, su detección es dificultosa, especialmente en las primeras fases.

Pero las dificultades del bullying no acaban en su detección, las sospechas deben ser confirmadas atendiendo a las distintas versiones de los hechos, muchas veces basadas en percepciones subjetivas. Además, en los casos de bullying tiende a imponerse una ley del silencio, por lo que los observadores pasivos se muestran muy reacios a colaborar para esclarecer los hechos, ya sea por miedo o bien por no estar concienciados de la gravedad y consecuencias de este tipo de actos.

Por último, las falsas creencias todavía bastante extendidas del tipo «son chiquilladas», es una «etapa normal del crecimiento de los chicos» o «una consecuencia casi inevitable de la falta de madurez en las relaciones sociales de los alumnos» actúan como fuertes barreras a la hora de prevenir el bullying y resolverlo eficazmente antes de que alcance una intensidad que pueda poner en peligro la salud mental y física de las víctimas.

Principales errores en el tratamiento del bullying en el aula

Determinadas creencias y actitudes deben ser evitadas en todo el momento por maestros y profesores puesto que, aunque se hagan desde la buena fe y la intención de solucionar el problema, la experiencia ha demostrado que son contraproducentes, pudiendo complicar la situación en vez de poner fin al conflicto.

  • Quitar importancia a las manifestaciones de la víctima. Relacionado con las falsas creencias anteriores, en el sentido de que se trata «de cosas de críos», en ocasiones se tiende a ignorar o minimizar las denuncias de los alumnos que están sufriendo acoso. Normalmente con este tipo de actitudes únicamente se consigue: agravar el problema, aplazar su resolución hasta que ya se han producido consecuencias irreparables, perder la confianza del acosado y dar el mensaje de que no se toman medidas al resto de la clase y de impunidad a los agresores.
  • No respetar la confidencialidad. Es muy importante no desvelar la identidad del alumnado que sufre el acoso ni de los confidentes para evitar que sufran represalías. Las medidas contra los acosadores tampoco deben comentarse más allá de los implicados y sus familias.
  • Asignar la responsabilidad de los hechos a quien los padece. Aunque parezca paradójico, en ocasiones se presenta a la víctima como culpable, existiendo incluso teorías psicológicas no demostradas basadas en la tesis de que algunos alumnos son acosados por culpa de su propia, personalidad, actitud o comportamiento.
  • Reunir de forma conjunta a las familias. Al menos inicialmente, hasta que se confirmen los hechos y desde el centro se hayan decidido las medidas a tomar es aconsejable reunirse por separado.
  • Forzar artificialmente la reconciliación entre alumnos. Tampoco es una estrategia correcta en la mayoría de casos, puesto que puede reforzar la sensación de impunidad del agresor y de injusticia en la víctima al no verse reparado el daño que ha sufrido.
  • Delegar las medidas a estamentos superiores. Aunque la familia haya solicitado la intervención de servicios de prevención de acoso escolar o incluso haya una denuncia judicial, desde el centro se debe intervenir de manera inmediata, tomando las medidas oportunas.

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Autor

Equipo de Expertos

Universidad Internacional de Valencia