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Los esfuerzos de los profesionales sanitarios son ineficaces si no se acompañan de cambios en el medio ambiente social y cultural

Como posiblemente el lector ya sabrá, a finales de noviembre de 1986, se celebró la primera Conferencia Internacional sobre la Promoción de la Salud en Ottawa. Esta reunión, cuyo lema era “hacia una nueva salud”, se originó para dar respuesta a la creciente demanda de una nueva concepción de la salud pública en el mundo. Los expertos reunidos, definieron la promoción de la salud como el “conjunto de actividades sanitarias que permiten a los individuos incrementar el control sobre los determinantes de la salud y, en consecuencia, mejorarla”.

Además, se resaltó la especial relevancia de la Educación Sanitaria como herramienta para modificar los estilos de vida (aspecto que se considera el más influyente en el nivel de salud de las poblaciones) y, por tanto, fue catalogado como el principal recurso para desempeñar estas funciones de promoción.

Más de treinta años han transcurrido ya desde esta “declaración de intenciones” y algunos avances se han logrado. Por un lado, hemos conseguido introducir estos conocimientos en la casi totalidad de las materias de los estudiantes de ciencias de salud, e incluso se han creado asignaturas específicas centradas única y exclusivamente en la educación sanitaria. Por otro, a nivel asistencial y, como era de esperar, fundamentalmente en Atención Primaria, en los programas de salud se incluyen actividades de prevención y promoción basadas en este tipo de acciones, donde destaca el PAPPS (Programa de Actividades Preventivas y de Educación para la Salud). Así, la Consulta de Atención Primaria se ha convertido en un espacio de relación terapéutica donde se trata, sobre todo, de educar a enfermos crónicos para que se adapten mejor a su enfermedad.

Sin embargo, esta situación no debe dejarnos satisfechos. No podemos obviar los resultados que se han obtenido mediante la aplicación de estos métodos pues, no se trata sólo de ponerlos en práctica, sino de valorar también lo obtenido, sabiendo que, al fin y al cabo, buscábamos la modificación de la conducta hacia otra más saludable. No quiero perderme ahora en conceptos de eficacia o eficiencia, pero sí es importante que tengamos en cuenta lo que ha funcionado y lo que no, y que tratemos de buscar los principales motivos para cada resultado.

Un ejemplo de lo que no ha funcionado lo encontramos en el uso que los jóvenes están haciendo de la polémica “píldora del día después”. Tras folletos y más folletos, charlas y más charlas de educación sexual desde edades infantiles, ésta continúa usándose como método anticonceptivo lo que, además, no evita el contagio de enfermedades de transmisión sexual. Paralelamente, se observa un repunte de estas infecciones y de interrupciones voluntarias del embarazo en jóvenes.

En la otra cara de la moneda, encontramos, por ejemplo, la lucha contra la adicción al tabaco. Los españoles fumamos cada vez menos y son más los que lo han dejado o lo han intentado (el 70% de los que fuman una media de 11 cigarrillos al día confiesa haberlo intentando alguna vez). Según el último informe EDADES 2015, y aunque en los últimos años se ha sufrido cierto repunte, hemos pasado del 36,7% de fumadores en 2003 al 30,8% en 2015.

Tratemos de analizar las distintas causas de las dos situaciones.

En relación a la educación sexual de los jóvenes creo que nuestra sociedad está siendo excepcionalmente ambigua. Por un lado, abogamos por la libertad sexual y, por otro, nos sorprenden determinadas prácticas que, en la mayor parte de los casos, están más influenciadas por los estereotipos y la ficción que les bombardea desde muy jóvenes, que por las “clases o charlas de educación sexual”. Ser un chico o una chica de éxito hoy en día consiste en estar guapo, tener un buen cuerpo, ser sexy y deseado por el resto. La ropa, los coches y hasta las galletas de chocolate sirven para encontrar pareja sexual. Es decir, nuestra cultura vende sexo y promiscuidad, mientras que los esfuerzos de los profesionales sanitarios, de educadores y de algunas administraciones públicas, tratan de que la aproximación a esta necesidad básica de los seres humanos, se haga desde la madurez y en condiciones que no pongan en riesgo la salud (desde un punto de vista biopsicosocial) de jóvenes y adolescentes. En este caso, la cultura, la legislación (que permite la obtención de esta píldora sin acceder a consulta y consejo sanitario) y los programas de salud, no reman en el mismo sentido.

Sin embargo, en relación al tabaco, nuestra sociedad ha lanzado un inequívoco mensaje. La Ley Antitabaco (Ley española 28/2005, de 26 de diciembre) ha producido un cambio radical en nuestra cultura en los últimos 10 años. Se elimina la publicidad sobre tabaco, en los distintos productos se advierte claramente sobre sus efectos nocivos, se suben los precios, se limitan los lugares donde fumar y se crean espacios libres de humo. Aunque fue una ley muy criticada al principio, es indudable el efecto positivo que sobre esta dependencia ha tenido y a día de hoy, la mayor parte de los españoles, es partidario de endurecer las medidas, dado que ha dado resultados favorables.

Y, entonces, ¿cuál es la clave? Tras lo expuesto parece evidente. Cuando en el medio ambiente social, legislativo y cultural de una sociedad se envía a la población un mensaje inequívoco, éste se recibe, se asimila y, en la mayor parte de las ocasiones, se asume como un valor cultural. Modelos sobre la educación sanitaria como el “Político-Económico-Ecológico” y otros más recientes como el “Integrador” o el “Pragmático”, hacen ya alusión clara a la importancia no sólo del mensaje persuasivo, sino también a la necesidad de intervención en el medio ambiente para lograr efectos positivos con actividades de promoción de la salud.

En este sentido, los profesionales sanitarios no debemos obviar la importancia de que, en nuestro trabajo como educadores, tengamos en cuenta la necesidad de modificar el contexto social y cultural en el que trabajamos. Bien es cierto que nosotros carecemos de capacidad para legislar, pero sí tenemos la posibilidad de ser transmisores a los organismos competentes de las pautas de comportamiento, roles, etc., que observamos a diario en nuestra atención a la población. En este sentido, las sociedades científicas juegan un papel relevante en la orientación de los gobiernos acerca de la realidad y necesidades en materia de salud.

Por tanto, todos estos factores deberían ser tenidos en cuenta por equipos multidisciplinares en la planificación de actividades integrales de educación sanitaria y, de esta manera, podríamos hacer uso de todo el potencial que hace ya treinta años fue descrito por nuestros antecesores.

Un ejemplo claro del efecto de estas campañas lo podemos apreciar al comparar dos vídeos con una diferencia de más de 10 años. En el primero, podrá observar las actitudes de las personas ante la inminente entrada de la Ley. El segundo, hace una valoración de la misma, 10 años más tarde. Como se puede apreciar, cambiar la cultura es algo que supone una adaptación y adoptar medidas que no siempre cuentan con el respaldo inicial de los ciudadanos, y representa, por tanto, un acto de responsabilidad no exento de riesgo. Pero, sin lugar a dudas, este tipo de iniciativas resulta indispensable para lograr que las poblaciones adopten estilos de vida saludables.

Vídeo antes de la Ley española 28/2005, de 26 de diciembre (anti-tabaco):

https://youtu.be/1mhT5vUXNU8

Vídeo 10 años después de la Ley española 28/2005, de 26 de diciembre (anti-tabaco):

https://youtu.be/IlBiRNTn97Q

Puede consultar el texto íntegro de la carta de Ottawa en este pdf.

 

Guillermo Molina Recio

Doctor en Biomedicina por la Universidad de Córdoba

Profesor del Máster de Epidemiología y Salud Pública de la Universidad Internacional de Valencia (VIU)