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Quién no se ha preguntado esto alguna vez, si no literalmente al menos en su versión más coloquial: ¿Qué voy a hacer con mi vida? Pues bien, lo primero que hay que saber es que el desarrollo profesional es una carrera de fondo no una prueba de velocidad, donde lo importante es ser constante en el entrenamiento, disfrutar durante el recorrido… y sobre todo que no te de una pájara.

No he utilizado el símil al azar, me consta que a la hora de hablar de desarrollo profesional la tentación es esprintar, mirar al corto plazo y tratar de buscar respuestas rápidas. Si pronunciamos la pregunta en voz alta es fácil que nuestro entorno se implique: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo,… probablemente ninguno sea un experto en la materia pero seguro que todos tienen respuestas, la mayoría con la mejor de sus intenciones, pero desde su sesgada perspectiva. Está bien escuchar y documentarse, la información siempre ayuda a tomar una buena decisión, pero lo primero es escuchar a nuestro corazón, y aunque lo parezca no estoy recurriendo a una figura retórica cursi, lo digo en el sentido literal. Pulsaciones aceleradas y brillo en los ojos son las son las señales físicas más perceptibles del entusiasmo. Si no te entusiasma lo que haces, entonces probablemente hayas elegido el camino equivocado.

Hace poco escribía que no hay mejor garantía de éxito que enamorarte de tu trabajo. Porque nada ni nadie te puede garantizar resultados, pero el éxito de ser fiel a tus valores, a lo que amas, es algo que sí está en tus manos. Algo que te asegura que cuando el terreno se ponga empinado, te tropieces o incluso te caigas, no maldecirás el suelo que pisas o quedarás noqueado por una lipotimia. Intentarás levantarte y seguir hasta la meta porque no hay mayor compromiso que el que uno tiene con sus propios principios.

Además cuando haces lo que te gusta evitas una de las peores sensaciones en la vida: la de quedarte con cara de tonto al cuadrado. Sí, yo siempre digo que todos tenemos la posibilidad (e incluso el derecho) a que las cosas nos salgan mal, entonces es inevitable que se te quede por un momento cara de tonto. Lo peor llega cuando lo que ha salido mal es algo que has hecho en contra de tu propia voluntad, guiado por consejos bienintencionados externos o simplemente en aras de eso tan relativo que llaman “la seguridad”… es entonces cuando se te queda la cara de tonto al cuadrado, tonto por no ser fiel a tus ideas y tonto por haber fallado.

De la cara de tonto uno se recupera con una respiración honda y muchas ganas de continuar intentándolo. La de tonto al cuadrado no se borra, en el mejor de los casos se transforma en una nueva cana o en una arruga en la frente.

Uno puede aspirar a ser lo que quiera cuando piensa en su desarrollo profesional, pero en caso de duda, siempre conviene evitar cualquier posibilidad que nos acabe convirtiendo en un tonto al cuadrado.

Este artículo ha sido redactado por nuestro experto invitado Jesús Garzás, autor del blog enbuenacompania.com