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Sin duda, la República Islámica de Irán a día de hoy representa uno de los actores más activos e influyentes a nivel regional y, al mismo tiempo, uno de los elementos de confrontación más duros en las relaciones internacionales. Sin embargo, en los últimos años la posición y la imagen de este país han ido mutando, sobre todo en las relaciones con los países occidentales y en particular con Estados Unidos. Tradicionalmente, a partir de la revolución de 1979, la comunidad internacional, bajo el impulso estadounidense e israelí, ha visto a Irán como un Estado problemático, exportador de terrorismo e islamismo radical, casi un “paria” internacional. Es un actor que ha participado en varias guerras regionales y también ha sido objetivo, aunque no siempre directo, de intervenciones extranjeras en Oriente Medio, sobre todo por parte de Estados Unidos. En general, la comunidad internacional ha mantenido al régimen iraní en una situación de aislamiento económico y detrimento mediático y, todavía, no son pocas las voces que ven en este Estado una gran amenaza global. Por su parte, el régimen teocrático iraní siempre ha usado tonos muy duros hacia sus enemigos y promueve una ideología islamista radical, basada en la interpretación chií de la ley coránica.

Sin embargo, durante la administración Obama las relaciones entre Irán y Occidente empezaron a cambiar y a destensarse. Influyeron muchos factores en este cambio de actitud. Entre ellos, podríamos calificar como más importante el desinterés por la zona MENA (Middle East – North Africa), motivado por otros desafíos de una sociedad internacional que cada vez es más multipolar, junto al deseo de invertir menos energías en el complicado y caótico contexto medioriental. En consecuencia, Estados Unidos ha ido actuando como una potencia imperial clásica, sin intervenir militarmente de manera oficial e impidiendo que algún actor regional se hiciera hegemónico por encima de los demás.

El 14 de julio de 2015 se estipuló en Ginebra el Joint Comprehensive Plan Of Action (JCPOA), un acuerdo sobre el desarrollo del programa nuclear iraní entre Irán, Estados Unidos, China, Rusia, Francia, Alemania, Reino Unido y la Unión Europea. El acuerdo fue fruto de largas negociaciones entre los gobiernos occidentales y el gobierno de Rohani y tenía como principal objetivo estratégico reconocer a Irán como interlocutor regional, utilizando las negociaciones sobre el programa nuclear iraní como instrumento diplomático. De hecho, este programa de desarrollo de energía nuclear ha sido (y sigue siendo) un fuerte punto de tensión entre la República Islámica y sus vecinos. Con este acuerdo se pusieron las bases para la finalización del régimen de sanciones y la apertura de los recursos del país a los mercados globales. Pero también se preveían la reducción del enriquecimiento de uranio por parte de Irán y la prohibición de fabricar armas nucleares. En este sentido, el JCPOA, a la par que legaliza el programa nuclear, intenta controlarlo, ya que permite el ingreso de inspectores de Naciones Unidas e insta al régimen a reducir sus centrales y las cantidades de uranio y plutonio. Es un acuerdo que crea grandes divisiones y no sólo entre los países occidentales. De hecho, en Teherán los sectores más duros y menos dispuestos al diálogo, cercanos al Ayatolá Jomeini, lo ven como una derrota frente a los enemigos y continúan promoviendo una escalada militar regional.

El JCPOA representaba para la administración Obama una pieza importante en un proceso diplomático volcado en reducir la presencia estadounidense en Oriente Próximo y en crear un escenario de equilibrio regional entre los diferentes actores, incluso no apoyando siempre a los partners tradicionales, como Israel o Arabia Saudí. Estos han sido los principales opositores al acuerdo, el cual de facto pone las bases para el desarrollo legal del arsenal nuclear iraní y parecía un paso adelante para poner fin a la condiciones de hostilidad internacional. Sin embargo, las relaciones entre Estados Unidos e Irán han vuelto a empeorar, sobre todo después de la elección presidencial de Donald Trump, que ha hecho de Irán uno de sus principales objetivos. Lo ha definido como un “estado terrorista” y ha criticado ampliamente el JCPOA, que como Presidente tendrá que ratificar o no en mayo. La mayoría republicana en el Congreso también se muestra contraria al acuerdo y aún más los lobbies israelíes que tienen mucha influencia en Washington.

Seguramente existe una voluntad por parte de los aparatos y del establishment económico de Estados Unidos de reconocer un papel de legitimidad internacional a Irán, de buscar nuevas oportunidades económicas y de normalizar el programa nuclear. Pero al mismo tiempo, se mantienen grandes rechazos, tanto por parte de las administraciones occidentales, como de los socios regionales, que consideran la República Islámica una amenaza existencial. Es cierto que la posición iraní es controvertida. Implicado (de forma directa e indirecta) en varios conflictos regionales, como en Siria, Yemen o Iraq, el Estado Iraní representa la vertebración principal de las estructuras imperiales persas y del eje religioso chií. Sus principales adversarios regionales son Arabia Saudí, guía política del mundo sunní y principal adversario para la hegemonía regional, e Israel, que considera a Irán como la principal amenaza a su existencia. La expansión estratégica que ha vivido la República se ha basado, además de en los recursos y la solidez interna del estado, en un modelo de infiltración militar híbrido en los diferentes territorios regionales. A día de hoy, en casi todas las zonas de conflicto o zonas inestables en la región, podemos encontrar una facción, una unidad armada o un partido apoyado por Teherán y que recibe del régimen iraní armas, milicias, financiación, cobertura ideológica o apoyo logístico. Algunos de estos grupos, como las milicias houtí en Yemen o Hamas en Gaza, representan unas amenazas estratégicas de primer grado para los intereses de Arabia Saudí, de Israel y de sus socios occidentales. Además, desde un punto de vista ideológico, Irán sigue siendo una teocracia, fundamentada en la ley islámica, con escasas aperturas democráticas y que mantiene la posibilidad de desestabilizar militarmente la región medioriental para sus intereses geopolíticos. En este sentido, el JCPOA asusta a muchos rivales porque pone las bases para que Teherán pueda convertirse en una potencia nuclear, incluso con el patrocinio de la comunidad internacional.

El Estado iraní es una potencia regional, heredera del antiguo Imperio Persa y, a pesar de sus complicadas relaciones internacionales, del aislamiento económico y hostil que se ha mantenido en su contra y de la inestabilidad del escenario regional, es un actor sólido y estable, un Estado formado y con proyectos de desarrollo y crecimiento a largo plazo. Otro elemento de fundamental importancia a la hora de analizar la posición geopolítica iraní y sus mutaciones actuales es que Irán se está convirtiendo en un Estado puntero en el ámbito científico-tecnológico. Este proceso no es nuevo, lleva años desarrollándose y siendo registrado por diferentes instituciones científicas y económicas.

El Instituto para la Información Científica señalaba un impresionante aumento de publicaciones académicas en Iran entre 1996 y 2004 (p.31) y este dato ha ido creciendo hasta hoy (de 800 papers al año en 1996 a casi 39000 en la actualidad). También es posible observar el incremento y la mejora en calidad del I+D iraní en la base de datos de Scimago y ver que los principales ámbitos de publicación son Ingeniería, Medicina, Química, Biología (molecular, genética y agrícola), Física o Informática. El informe de 2016 de la United Nations Conference on Trade And Development (UNCTAD) confirma estos datos, señalando altas tasas de crecimiento en producción científica, el segundo puesto mundial por incremento de licenciados en disciplinas científicas e ingeniería (dato que indica un proyecto de desarrollo a largo plazo) y el nacimiento reciente de cerca de 2700 empresas con contenidos innovadores, cuyo impacto económico está valorado en un total de cerca de 6,6 miles de millones de dólares. La economía iraní es descrita como sólida, diversificada y autosuficiente, datos significativos si se considera que es un país exportador de recursos naturales. Según este informe, por calidad y cantidad de publicaciones científicas, Irán ha pasado del puesto 34 al 18 en la clasificación entre 2005 y 2015. Una evidente tendencia positiva, reflejada en las empresas, en el aumento del uso de internet y, en parte, en el cambio de actitud de varios actores internacionales. También el Global Innovation Index, realizado por la Johnson Cornell University, INSEAD y WIPO, indica mejoras en las evaluaciones y en las tasas de crecimiento de este país, asignándole el puesto 51 en su clasificación global de incremento en I+D. Las mejoras se evidencian sobre todo en el ámbito de la educación superior, del capital humano y de las infraestructuras generales. El think tank Bloomberg considera tambien la economía iraní sólida y eficiente y le asigna el puesto 78 entre las economías más innovadoras a nivel mundial.

En fin, podemos recolectar una gran cantidad de datos objetivos que indican un proceso a largo plazo de expansión económica, infraestructural y científica impulsado por Teherán, expansión que además se basa en una economía relativamente sólida, eficiente y diversificada. Paradójicamente, el régimen de sanciones y de aislamiento económico y político impuesto por Estados Unidos parece haber fortalecido este proceso. De hecho, desde 1990 el régimen iraní ha impulsado planes de fortalecimiento industrial y diversificación económica, que han permitido realizar una reconversión industrial nacional hacia el interior, financiar el desarrollo académico y así, poder hacer frente a la falta de recursos y de contactos con la comunidad científica internacional.

Este proceso es influenciado por diferentes factores, ligados a la política interior y a la mejora de las relaciones internacionales de Irán. Teherán, de hecho, parece estar impulsando un torpe programa de aumento de la natalidad para cumplir con objetivos de crecimiento de la población, a través de un proyecto de ley, que roza el totalitarismo teocrático y que implicaría un fuerte paso atrás en los derechos de la mujer, como ha señalado Amnistía Internacional. Los objetivos de este proyecto pretenden converger con el crecimiento económico y científico pero podrían tener incluso el efecto contrario, sobrecargando el sector del empleo, reduciendo aún más el acceso de las mujeres a los puestos de trabajo y provocando, como ya se verifica, una “fuga de cerebros”.

A nivel internacional, los datos citados tienen mucha influencia y no sólo porque la República Islámica sea un actor estable en un escenario convulso y conflictivo. El nuevo contexto multipolar (orden internacional no reconocido por todos pero cada vez más efectivo) y los acontecimientos de la guerra en Siria han reforzado el entendimiento de Irán con Rusia, interesada en aumentar su presencia en Oriente Próximo y en construir sinergias y estrategias conjuntas con los actores regionales. Este entendimiento va más allá de los específicos intereses tácticos, aunque por razones históricas y geopolíticas no se pueda hablar todavía de dos aliados. Irán, además, es una pieza importante, aunque no alineada, del proyecto geopolítico chino de construcción de la “Nueva Ruta de la Seda”. Ahora bien, el cambio gradual de relaciones con los países occidentales y el JCPOA han influido positivamente en esta tendencia, aunque el régimen de sanciones siga activo y las relaciones con Estados Unidos enfrentadas. Sin embargo, ya se han podido ver algunos efectos del “deshielo” en 2016, en particular en el aumento de interés de inversores extranjeros por el país, interesados principalmente en el sector energético, pero también en ámbitos como la industria y el transporte.

En conclusión, Irán tiene un gran potencial en términos de expansión geopolítica y económica, un potencial construido a pesar de una situación de fuerte aislamiento internacional, que ha influenciado el carácter de su desarrollo. Al mismo tiempo, su complicada posición internacional sigue siendo un factor que obstaculiza su expansión económico-científica. Esta confusión en parte depende de factores exteriores, pero es también fruto de las contradicciones que se generan en la construcción de la política exterior iraní. El aparato estatal de la República Islámica es bastante heterogéneo y ha ido formándose en diferentes momentos históricos cruciales para el país. En general, podemos analizar la política exterior de Irán en tres diferentes niveles, que también reflejan posiciones internas diferentes, aunque interrelacionadas. Existe un nivel religioso, promocionado por los ambientes de poder de los ayatolás y de la Guardia Revolucionaria Iraní, sobre todo a nivel regional. Luego, un nivel más bien ideológico, que tiene que ver con la imagen y la proyección de Irán en un contexto multipolar y “anti-imperialista” (entendiendo anti-imperialismo como oposición a Estados Unidos y sus aliados). Finalmente, un tercer nivel de acción, basado en el interés nacional y una lógica pragmática. La solución de continuidad entre estos diferentes ámbitos, depende tanto de dinámicas de poder internas como exteriores, pero es cierto que en los últimos años el interés nacional ha ido cobrando peso, también gracias a figuras políticas como Rohani, Zarif o el difunto Rafsanyani, no literalmente “moderadas”, pero sí más dispuestas al diálogo. La reconciliación de Irán con los países occidentales depende mucho de factores regionales y de la posición que asuma Estados Unidos. Sin embargo, la posibilidad de relaciones cordiales con el gobierno estadounidense sigue siendo escasa en el corto plazo (aunque no en el largo). Pero también va a influir la actuación de la clase dirigente iraní. El crecimiento económico e industrial y la juventud de la población probablemente van a entrar siempre más en contradicción con dinámicas políticas teocráticas y oligárquicas, obligando al recambio de la clase dirigente y también de la perspectiva en las relaciones internacionales. En este sentido, el futuro geopolítico y económico de la República Islámica depende también de cómo va a evolucionar la continuidad entre los diferentes niveles de política exterior, de si el interés regional va a prevalecer o menos por encima del elemento religioso y de cómo Irán se insertará y moverá en el contexto multipolar.

Giacomo Pevarello Licenciado en Estudios Internacionales por la Universidad Alma Mater de Bolonia y Máster en Política Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Colaborador del Grado en Relaciones Internacionales de la VIU.