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Para explicar el coste de oportunidad lo mejor es utilizar un ejemplo. Los grandes inversores saben que existen dos tipos de riesgos en sus operaciones financieras. Uno es evidente: el riesgo de perder (ganar menos de lo que se invierte). El otro, se puede presentar aún ganando dinero. Supone invertir en un producto que proporciona una rentabilidad positiva, pero al tiempo, se comprueba que había otra opción que hubiera proporcionado más rendimiento. Para los inversores, esto sería igual que perder, supone un riesgo en la operación, y es algo que tienen siempre en cuenta cada vez que toman una decisión.

Ese riesgo es el coste de oportunidad. Básicamente, significa lo que se deja de ganar. Sería como el valor de la mejor opción no realizada. Si optamos por una inversión que nos da un beneficio de un 3%, pero hay otra que nos daría un 4%, estamos asumiendo un coste de oportunidad, ya que el valor de la opción que no hemos tomado supera el resultado de nuestra decisión.

Cada decisión está expuesta a un coste de oportunidad. Incluso no hacer nada tiene el coste de oportunidad de decidir hacer. Es algo inherente a nuestra capacidad de elegir. El objetivo ideal sería que nuestras decisiones impliquen un coste de oportunidad nulo. Es decir, que cada alternativa que no elegimos no supere los resultados positivos de las que sí escogemos.

 

 

El coste de oportunidad en la economía

Este término fue ideado por Friedrich von Wieser en su Theorie der gesellschaftlichen Wirtschaft (Teoría de la economía social) publicada en el año 1914. El coste de oportunidad se presenta en un mundo de limitados recursos y de muchas oportunidades disponibles.

Se basa en el principio de la rentabilidad esperada y que las decisiones se toman según esa regla. Hay que evaluar todo lo que puede aportar cada alternativa y optar por aquella que estimamos mejor para la economía o negocio. Los agentes económicos racionales se comportarían de ese modo, para lograr así la mayor rentabilidad según sus intereses.

El coste de oportunidad no sólo es un concepto para la economía o las finanzas, se puede aplicar en distintos ámbitos. El problema que presenta, en los escenarios más impredecibles, es que resulta más difícil medir los resultados de cada decisión y saber, por tanto, cómo cuantificar lo que nos hemos perdido.  Es un concepto que se sitúa en lo otro, en la valoración de lo que no hemos hecho.

 

El coste de oportunidad en las decisiones empresariales

No es una tarea fácil manejar el coste de oportunidad. Cada día, las  empresas se enfrentan a continuas decisiones que tienen trascendencia en su negocio. Cada acción implica una elección. Las acciones de la empresa se pueden agrupar en dos grandes bloques.

  • Acciones habituales

Son los trabajos o tareas que se realizan de forma frecuente, en cada departamento, muchas veces de modo rutinario. Estas actividades pueden ser más o menos productivas, según vayan enfocadas hacía la producción, distribución y venta; o hacia la gestión y administración.

En todo caso, son acciones necesarias  y que también suponen un coste de oportunidad. Elegir como hacemos cada trabajo implica renunciar a las otras maneras de llevarlo a cabo. Es una cuestión que hay que considerar, incluso para los trabajos más implantados o que parecen más intrascendentes. Todo es mejorable, y mejorar, en términos empresariales, supone hacer las cosas en menos tiempo y con menos gasto. Ahí radica el coste de oportunidad en este caso, en todo lo que nos estamos perdiendo al no optar por alternativas más eficientes.

  • Acciones estratégicas

En momentos puntuales, una empresa puede necesitar planes estratégicos o cambios de rumbo. Son varios los objetivos que se pueden perseguir: diseñar una nueva línea de producto, una campaña de marketing, la incorporación de equipos tecnológicos o, incluso, una estrategia de internacionalización y nuevos mercados.

Son decisiones mucho más importantes, de una cuantía economía elevada y que suponen riesgos e incertidumbres. En estos casos, la empresa sí es más consciente del coste de oportunidad, y la valoración de cada alternativa se analiza de forma más cuidadosa.

Son proyectos que necesitan inversión y financiación, además de una planificación y puesta en marcha bien diseñada para que sea lo más eficiente posible. Lo normal, será que se den múltiples escenarios y habrá que afrontarlos con las acciones y decisiones que sean necesarias. Cada opción implica unas ventajas y desventajas, y los procesos de evaluación pueden ser muy complejos. Por ello, es fundamental tener muy claros los objetivos para determinar qué es lo que más nos conviene y limitar el coste de oportunidad.

 

El coste de oportunidad a largo plazo

Las empresas afrontan en la actualidad el reto de competir en mercados muy globalizados y competitivos. Los cambios se producen de manera muy rápida. Los consumidores son cada vez más exigentes en sus gustos y preferencias, y los productos se diseñan con ciclos de vida muy cortos, para renovarlos cada poco tiempo, y lanzarlos de nuevo al mercado.

Esto supone unas exigencias muy altas para poder competir y estar a la vanguardia. En estas condiciones resulta una tarea ardua evaluar adecuadamente el camino a seguir y el coste de oportunidad de cada alternativa. La decisión no sólo afecta al presente sino al futuro de la compañía. El coste de oportunidad estará presente durante todo el tiempo de vida de la elección que hemos hecho. Esa es la razón por la cual las empresas son muy reticentes a establecer planes a largo plazo y los objetivos se marcan para periodos bastante cortos.

En un plazo de varios años pueden suceder demasiadas cosas que reafirmen nuestra decisión o que la perjudiquen de forma grave, incluso es normal que haya ciclos de ambos casos. El coste de oportunidad tiene implicaciones a medio y largo plazo que son muy difíciles de determinar.  Las condiciones pueden cambiar cada día, lo que es ventajoso hoy puede dejar de serlo mañana, y viceversa. Todo ha de estar lo más estudiado posible.

 

En conclusión, para que el coste de oportunidad no sea un agravante en nuestras decisiones hay dos elementos claves:

  • Tener muy claros los objetivos que se persiguen y el valor que tiene para nosotros aquello que dejamos de ganar.
  • Evaluar la decisión según su posible comportamiento a lo largo de las distintas etapas. Una opción que ahora no es buena, sí puede serlo a medio y largo plazo.

Determinar con exactitud el coste de oportunidad es muy complicado, pero tratar de evaluarlo del mejor modo posible es vital para tomar las decisiones más beneficiosas, a nivel profesional y personal.

 

Autor

Equipo de Expertos

Universidad Internacional de Valencia