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Administración desleal: cómo reconocerla

Equipo de Expertos en Jurídico

La administración desleal es un delito que conocen bien los expertos en Derecho de los negocios. Cuando se produce, la confianza depositada por el empresario en otra persona es defraudada y las consecuencias pueden ser pérdidas económicas, mala reputación o la obligación de tener que hacer frente a multas y sanciones.

¿Quién es el administrador de un negocio?

A veces quien se encarga de la gestión de una empresa no es su propietario, sino un socio o empleado. El Administrador del negocio recibe un título que le reconoce como responsable y, con él, llegan el compromiso y la obligación.

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En virtud de ese reconocimiento formal, la persona designada deberá ocuparse de administrar el patrimonio de la sociedad con diligencia. Para tomar las decisiones más acertadas en todo momento la ley le propone dos referentes:

  • Un ordenado empresario.
  • Un padre de familia.

Tomando sus prioridades como ejemplo, el administrador podrá contraer obligaciones en nombre de la empresa. Entre las operaciones que realice pueden encontrarse las compras o ventas, así como la realización de otro tipo de negocios jurídicos en nombre del titular del negocio.

Pero, cuando no se actúa con la diligencia debida, podemos encontrarnos con un caso de administración desleal.

¿Cuáles son los signos de una administración desleal?

La administración desleal es un delito que puede presentarse de distintas formas. Algunos de los signos que confirman esta irregularidad son:

  • Cuentas que no cuadran.
  • Movimientos sin justificación.
  • Decisiones que perjudican las finanzas de la empresa.
  • Situaciones que afectan a la imagen del negocio, de cara al exterior o de puertas para dentro.

Cuando algo de esto sucede puede ser indicio de administración desleal. En ese caso, el responsable de la gestión del negocio habría actuado causando un perjuicio económico a la empresa.

Sus decisiones, erróneas, le habrían llevado a actuar de esta manera sin faltarle pleno conocimiento de las implicaciones de hacerlo; y concurriendo el consentimiento a seguir adelante con sus acciones, pese al daño ocasionado a la reputación y /o patrimonio empresarial.

Algunos ejemplos de administración desleal serían cuando se derivan fondos necesarios para pagar el coste de los materiales de producción a otras cuentas, generando recargos por impago; cuando no se liquidan a tiempo los salarios de los trabajadores por estar usándose el capital en otros asuntos (como el propio lucro), pudiéndose tener que abonar multas y sanciones o cuando se hacen inversiones que no benefician al negocio, sino solo al propio administrador.

Si bien es cierto que el panorama empresarial está cambiando y, con él, todas las relaciones que se establecen, la comprensión del compromiso y la lealtad no deberían salir desfavorecidas.

El grado en que existe el deber de lealtad generalmente está relacionado con el grado de responsabilidad o confianza que un empleador deposita en un empleado. Más confianza equivale a un deber más fuerte. Por ejemplo, cuando un empleado tiene una autoridad muy amplia o acceso a información confidencial, el deber puede elevarse a su nivel más alto, llamado deber fiduciario.

Un empleado ético le debe a la empresa lealtad y su mejor esfuerzo. Si es el gestor, no estará contemplada la posibilidad de llevar una administración desleal.

Afortunadamente, la ley protege los derechos del empresario estableciendo algunas reglas básicas que los empleados deben seguir en el trabajo y la oportunidad de exigir responsabilidades contra los que las violen.

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