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Joaquín Mateu Mollá es doctor en Psicología Clínica y de la Salud, fundador del Instituto Valenciano de Psicología Sanitaria, investigador en Consorcio Hospital General Universitario de Valencia (Neurología, Nefrología, Cardiología, Psicología Clínica y Cirugía Digestiva) y docente del Grado en Psicología y el Máster Oficial en Gerontología y ACP de VIU.

Además de su práctica clínica, el Dr. Mateu cuenta con una extensa trayectoria de investigación y divulgación en múltiples ramas del conocimiento, sobre todo centrado en las líneas de Psicología General Sanitaria, Psicología de la Salud en el ámbito hospitalario (cardiología, cirugía, oncología, nefrología y neurología) y Psicología Clínica. Por ello quisimos conocer su opinión sobre lo que muchos califican ya de ‘ola silenciosa del COVID’: el aumento exponencial de los trastornos de la salud mental provocadas por la pandemia y las medidas que se han tomado para contenerla.

Durante la pandemia han aumentado de forma importante los problemas relacionados con la salud mental y las consultas a profesionales de este campo. A esto se une que en España la sanidad pública tiene un ratio de profesionales de la salud mental tres veces menor que la media europea (6 por cada 100.000 habitantes) ¿Qué consecuencias a corto, mediano y largo plazo puede ocasionar esta situación?

La situación de emergencia sanitaria generada por el SARS-CoV-2, y las prolongadas restricciones en el ejercicio de nuestras libertades (especialmente la de reunión), han supuesto un fuerte impacto en la salud emocional de la población. Son numerosos los estudios que sugieren un incremento en problemas tales como los trastornos de ansiedad, la depresión mayor o la sintomatología postraumática (sobre todo en quienes vivieron alguna pérdida importante a lo largo de los últimos meses). Esta circunstancia ha hecho que el papel de los profesionales de la salud mental adquiera hoy en día una relevancia capital, aunque por desgracia nuestro país lastra desde hace muchos años una gran precariedad en este campo.

Mientras en Europa el ratio de profesionales de la salud mental es de 38 por cada 100.000 habitantes, en España la cifra es de 9,69/100.000 psiquiatras y 6/100.000 psicólogos, lo que nos sitúa muy por debajo del promedio de los países de nuestro entorno. La consecuencia más importante a corto plazo es que muchas personas que requieran apoyo en los próximos meses podrían tener dificultades para recibirlo a través del Sistema Nacional de Salud (SNS). Asimismo, el menoscabo económico motivado por la pandemia (ERTE, desempleo...) también restringiría el acceso a profesionales privados, cuyos honorarios pueden ser difíciles de costear para quienes han perdido su empleo.

A largo plazo se prevé un incremento todavía mayor en la prevalencia de trastornos psicológicos, puesto que muchas personas están experimentando recaídas en problemas que ya padecieron en el pasado o empiezan a referir síntomas ansiosos o depresivos por primera vez en sus vidas.

¿Esta falta de personal especializado obedece a una situación coyuntural o se trata de un problema estructural? ¿Se le ha dado históricamente en España la importancia que tiene a la salud mental?

Lamentablemente, la situación de grave precariedad en la salud mental de nuestro país se mantiene desde hace muchos años, aunque la actual crisis ha exacerbado sus consecuencias y la ha hecho más visible. El acceso a una plaza de Psicólogo Interno Residente sigue siendo tremendamente difícil, puesto que su número es considerablemente inferior al de candidatos que se presentan al examen cada año y a la demanda misma de la sociedad. Todo ello se suma a las quejas razonables de los opositores respecto a la inestabilidad e imprevisibilidad del temario que deben preparar, pues está sujeto a criterios que no siempre se describen adecuadamente o con la anticipación suficiente.

Otra dificultad que encontramos es la presencia de estigmas sobre la salud mental, que empujan a quienes padecen un trastorno a ocultar su sufrimiento y no consultar al especialista. A menudo se piensa que padecer un problema de tal naturaleza sugiere una “debilidad de carácter”, lo que resuena perfectamente en una sociedad constantemente precipitada y orientada a la productividad. Lo cierto es que quienes presentan síntomas depresivos/ansiosos (entre otros) se enfrentan al constante cuestionamiento e incredulidad del entorno, lo que acentúa todavía más el malestar. No debemos olvidar que todas las personas podemos presentar algún problema emocional en nuestras vidas, sin excepción. Se necesita mayor educación en temas de salud mental.

¿Esta crisis de salud mental afecta a todos por igual o influyen factores como la clase, género, etc.?

La actual crisis de salud mental golpea mucho más fuerte, sin duda, a los colectivos desfavorecidos de la sociedad. Las personas que han perdido su trabajo no solo se enfrentan a una pérdida con profundo calado humano, económico, social y personal; sino que también se ven más limitadas para acceder a un profesional de la salud mental ajeno al Sistema Nacional de Salud. En el mismo sentido, existe evidencia amplia de que las mujeres presentan un riesgo superior de sufrir depresión o trastornos de ansiedad, precisamente aquellos que más han aumentado a nivel epidemiológico durante estos difíciles meses. En resumen, variables como el nivel socioeconómico y el género deben ser cuidadosamente consideradas, con el objeto de sustraer factores de riesgo y articular medidas preventivas (que no solo paliativas) eficientes y eficaces.

El consumo de medicamentos para la ansiedad en España registró en 2020 la cifra más alta de la última década. ¿Se está medicando para tratar los síntomas inmediatos en vez de tratar las causas y realizar intervenciones preventivas? ¿Cuál debería ser el papel de los psicofármacos en las líneas de actuación general de salud pública respecto a la salud mental?

España siempre ha sido uno de los países a la cabeza de Europa en el consumo de ansiolíticos y otros psicofármacos. Este hecho puede obedecer a que un porcentaje muy alto de personas con ansiedad o depresión acuden primeramente a su médico de atención primaria, llegando a considerarse hiperfrecuentadoras de este servicio público. Puesto que estos profesionales no cuentan con el tiempo (ni la formación) necesaria para realizar psicoterapia, y que además existe una saturación en las Unidades de Salud Mental, la administración de benzodiacepinas deviene una solución rápida y teóricamente válida. Con toda seguridad, una mayor dotación presupuestaria para la salud mental también reduciría este abuso de psicofármacos y descongestionaría la carga de los médicos de cabecera.

El problema radica en que este tipo de compuestos no ataja el problema en su origen, sino que se centra fundamentalmente en reducir la sintomatología. En el caso concreto de las benzodiacepinas, la administración no puede prolongarse excesivamente y debe estar sujeta a una serie de principios (mínima dosis eficaz, preferencia por una posología intermitente...). De lo contrario pueden presentarse dificultades para el abandono definitivo del fármaco y otros problemas potencialmente invalidantes. Además, se trata de una modalidad terapéutica que se centra exclusivamente en el abordaje del problema cuando este ya se halla presente, sin contribuir en forma alguna a su prevención ni al desarrollo de destrezas que minimicen eventuales recaídas.

Dentro del sistema sanitario, la salud física ha ostentado siempre una posición preponderante, pues obviamente es muy importante para la calidad de vida de la población. No obstante, situaciones como la actual evidencian la necesidad de nuevos enfoques orientados al resto de dimensiones que conforman la salud, y muy en especial las psicológicas y sociales. Esto implica que se creen nuevas políticas y formas de entendernos, que velen decisivamente por cuidar facetas que hasta hoy han sido dramáticamente relegadas a un segundo plano. En definitiva, abordar la salud desde un prisma más amplio y comprehensivo.

¿Qué medidas se pueden tomar para solucionar la situación en que nos encontramos? ¿qué papel debe de tener la formación en esto?

Las medidas deben empezar desde la prevención, por supuesto. Es importante tratar los problemas de salud mental cuando la persona ya los está sufriendo, pero también lo es dotar a la gente de herramientas mediante las que enfrentarse con éxito a las dificultades del día a día. Vivimos en tiempos donde las apariencias de felicidad lo inundan todo, y donde podemos llegar a sentir una profunda desdicha cuando no estamos tan pletóricos como prometen los medios de comunicación o sugieren las publicaciones de ciertas figuras en las redes sociales. Todo tipo de dolor, incluso aquel que es inexorable al hecho mismo de existir, ha pasado a considerarse inadecuado y a ser erradicado de forma inmediata. En este contexto, los psicofármacos prometen una solución rápida y sin esfuerzos, lo que resulta particularmente atractivo en un mundo donde apenas disponemos de tiempo para observar qué ocurre en nuestro fuero interno. Es esencial comprender que cuidar de nuestra salud mental requiere también cierta inversión personal, exactamente del mismo modo que hacemos respecto a la salud del cuerpo, para la cual la mayoría de nosotros estamos especialmente sensibilizados desde la más tierna infancia.

La figura del psicólogo es fundamental ante tan acuciante escenario, por lo que su presencia en el sistema sanitario no solo debería aumentar en términos cuantitativos, sino también cualitativos. La formación de profesionales de la Psicología debe garantizar la adquisición de amplísimas y variadas competencias; pues el oficio para el cual se prepara a estos alumnos requiere de unos sólidos fundamentos teóricos, prácticos y humanos. Y también, obviamente, de una gran sensibilidad social.

¿La tecnología puede ayudar a suplir algunas de las carencias actuales, por ejemplo, permitiendo el acceso remoto? ¿Debería adoptarse la tecnología, de forma estructural más allá de la contingencia actual, como un elemento más de la práctica psicológica y de salud mental?

La tecnología debe extenderse, necesariamente, al ámbito de la salud en su conjunto. Esta debe sustentarse sobre principios sólidos que garanticen y salvaguarden la ética y la confidencialidad en los ámbitos de la terapia y la investigación. No debemos olvidar que la tecnología representa el avance del ser humano en los distintos ámbitos de su actividad, y quizá este momento sea el propicio para integrarla armónicamente en espacios de la vida donde su presencia hasta ahora había sido testimonial. La tecnología al servicio de la persona no deshumaniza, sino que facilita la vida y contribuye a sortear las demandas inherentes a los cambios demográficos y sociales.

En los duros meses de confinamiento que hemos atravesado se han puesto en marcha numerosos proyectos dirigidos a cubrir las crecientes necesidades en salud mental de la población, haciendo uso de internet o de otras tecnologías afines. A falta de conocer sus resultados definitivos, se prevé que hayan sido eficaces para abordar algunos de los aspectos más dramáticos de este periodo histórico, como la muerte de algún ser querido o el impacto emocional asociado a la persistencia de síntomas físicos tras la fase aguda de infección. Los psicólogos y las psicólogas continuaremos trabajando para ofrecer lo mejor de nosotros mismos, haciendo uso de todos los medios a nuestra disposición para llegar hasta quien lo requiera.