Pedro Fresco es Licenciado en Químicas por la Universitat de València (2004) y profesor colaborador de la Maestría en Energías Renovables en la Universidad Internacional de Valencia. Comenzó su carrera profesional en el sector medioambiental y desde hace más de una década trabaja en una importante compañía energética. También es coordinador de contenidos y analista en la sección “Transición energética” de la web de análisis político y económico global Agenda Pública. En 2018 publicó su primer libro, “El futuro de la energía en 100 preguntas” (editorial Nowtilus) y ahora publica “El Nuevo Orden Verde” con Barlin libros. Además de todo esto, colabora en distintos medios de comunicación (radio, televisión y prensa) como experto en el sector energético.

Coincidiendo con el lanzamiento de ‘El Nuevo Orden Verde’ nos hemos sentado a hablar con Fresco para que nos comparta su análisis sobre el tema central del libro: la transición energética y cómo afecta y afectará esta al empleo, la geopolítica, la fiscalidad y las dinámicas sociales.

¿Cómo nace la idea de escribir este libro?

Este libro comienza a tomar forma en mi mente prácticamente desde la publicación de mi primer libro. Durante su promoción y en mis diversas intervenciones en los medios de comunicación, pude observar cómo tendemos a enfocar las cuestiones energéticas de forma muy parcial, muchas veces centrándolas simplemente en una cuestión técnica o en alguna derivada económica. Sin embargo, al hacer esto involuntariamente estamos obviando el papel central que tiene la energía en el devenir nuestra sociedad. El uso de la energía que nos ofrece la naturaleza es probablemente lo que más ha marcado el desarrollo de nuestra civilización. Nuestra economía, nuestra capacidad productiva, el comercio, la estructura de nuestras ciudades, e incluso nuestros propios valores sociales están absolutamente condicionados por la energía que podemos consumir y por su naturaleza.

Ahora enfrentamos un proceso de transición energética, que pensamos que consiste en cambiar centrales de carbón por aerogeneradores y coches de combustión por eléctricos, pero es mucho más que eso. Como antes en la historia, este cambio energético cambiará nuestra civilización, alterará la geopolítica, los empleos, los impuestos y muchas más cosas. Y creo que no somos conscientes de la profundidad de este cambio trascendental.

Esta es la idea básica que quería transmitir cuando comencé a escribir El Nuevo Orden Verde. Nuestro mundo va a cambiar, la transición energética lo va a hacer cambiar y creo que necesitábamos un enfoque integral que nos permita ver todas estas aristas de la realidad, todos estos cambios que vamos a enfrentar. Eso es lo que pretendo ofrecer con este libro.

¿Cuáles cree que son los principales obstáculos a los que se enfrenta el proceso de transición energética?

Me gusta distinguir entre obstáculos y retos. Existen retos de carácter tecnológico, como puede ser el conseguir un almacenamiento de electricidad altamente competitivo, poder electrificar el transporte pesado o descarbonizar la industria. Para estos retos tenemos algunas soluciones y, también, multitud de tecnologías incipientes que aún no son competitivas pero que acabarán siéndolo, al menos algunas de ellas. A nivel tecnológico no hay problemas irresolubles, con voluntad, inversión y compromiso solucionaremos cualquier reto.

Los obstáculos no son de carácter tecnológico, son fundamentalmente políticos y sociales. Si tenemos el compromiso y la voluntad que he comentado antes solventaremos cualquier problema técnico, pero si no la tenemos estaremos guiados siempre por una débil voluntad que quebrará al mínimo problema o inconveniencia. Las resistencias al cambio son naturales y hay quienes no dudan en potenciarlas para que nada cambie, sembrando dudas sobre evidencias científicas como el cambio climático o intentando asustar a la gente con escenarios casi apocalípticos que presentan la transición energética como un proceso de empobrecimiento que dañará el bienestar social, algo que es absolutamente falso. Hay que combatir a los sembradores de miedo y a los negacionistas, y ahora es más importante que nunca porque en los últimos años han aparecido partidos y líderes políticos que no dudan en abrazar esas ideas que, de extenderse, nos llevarían a un suicidio civilizatorio en toda regla.

¿Qué nivel de responsabilidad tienen las instituciones y empresas, tanto públicas como privadas en este proceso?

Hay un debate frecuente sobre quien tiene la responsabilidad fundamental de llevar a buen puerto la transición energética, si las administraciones públicas, las empresas o los ciudadanos. La respuesta correcta a esa pregunta es que son todos ellos, pero creo que es muy importante explicar esta respuesta porque “todos” puede degenerar fácilmente en “ninguno” y que eso se convierta en excusa para delegar la responsabilidad propia en el resto de agentes o grupos sociales.

Los gobiernos y administraciones, como representantes de la colectividad, deben ser los primeros en asumir sus responsabilidades. Deben legislar para garantizar una transición energética exitosa y ser los primeros en aplicar este proceso a todo lo que dependa de ellas, ofreciendo una ejemplaridad inspiradora que las llenará de razón moral para imponer esas regulaciones. Las empresas, por su lado, deben entender que la sostenibilidad va a convertirse en una exigencia inexcusable, como hoy puede ser respetar las leyes de riesgos laborales o pagar impuestos. Si no son sostenibles en sus procesos y productos acabarán irremediablemente desapareciendo. Es posible que se intente dilatar esta reconversión, pero ser los últimos en adaptarse puede llevar precisamente a que no sobrevivan en el nuevo paradigma. Y finalmente los ciudadanos deben entender que sus acciones no son inocuas, que comprar determinados productos o perseverar en ciertas inercias tienen impactos que deben ser evitados.

El planteamiento parece bastante claro, pero hay un riesgo claro de escudarse en la responsabilidad de los demás grupos para evadir la propia. Muchas veces escuchamos cosas como “¡es que la gente compra productos hechos en la India y no le importa su impacto ambiental!” y muchos se acogen a eso para no hacer nada, pero achacar así la responsabilidad al ciudadano corriente es inaceptable. Si la gente compra esos productos es porque las leyes y la fiscalidad permiten que se comercialicen y sean más baratos, porque la publicidad los vende como símbolo de éxito o modernidad o porque la información que recibe diariamente el ciudadano no tiene nada que ver con este tipo de cuestiones. Hemos creado ese tipo de consumidores y luego queremos que el pobre ciudadano, sin información ni conocimiento y con enormes dificultades para llegar a fin de mes se comporte como un asceta. Sería indecoroso si no fuese pura excusa para no asumir responsabilidades.

Ahora, y he aquí la paradoja, ¿eso quiere decir que el ciudadano no tiene responsabilidad? Absolutamente no. La tenemos, porque cuando ni las administraciones ni las empresas responden, los ciudadanos deben presionar y exigir para que estas asuman sus responsabilidades. No es cuestión de ser ascetas, pero sí en cierta manera “activistas”. Y esto es perfectamente aplicable a las empresas también, que pueden ser precursoras y crear una nueva cultura social basada en el compromiso medioambiental, como ya están haciendo algunas empresas pioneras. Existe retroalimentación e influencia cruzada entre estos tres grupos, que al fin y al cabo existen en la misma sociedad y la transforman con sus actos.   

¿Qué papel tienen o deben tener las instituciones educativas, especialmente las universidades en este proceso de transición?

Las universidades tienen un doble papel. El primero es evidente: deben formar a las personas que van a desarrollar esta transición energética y darles los conocimientos científicos y técnicos necesarios, como ya hace la VIU con el máster en energías renovables y también con otras enseñanzas, porque la transición energética va mucho más allá de las energías renovables. Pero la universidad tiene otro papel, tan importante o más que el primero: la universidad debe diseminar el saber, debe divulgar y debe aportar conocimiento al resto de instituciones de la sociedad. La universidad es ciencia, es cultura, y en un proceso tan multidisciplinar como la transición energética dispone del bagaje necesario para poder explicar a la sociedad todas las complejidades y desafíos de este proceso.

¿Cuáles serán algunos de los principales cambios, especialmente a nivel de empleo y orden social que, como ciudadanos o individuos, viviremos como consecuencia de esta transición?

A nivel de empleos vamos a experimentar los mismos cambios que se han experimentado en otras etapas de la historia a causa del cambio tecnológico. Habrá empleos que desaparecerán, como por ejemplo los relacionados con la minería y el uso del carbón, otros reducirán su importancia en nuestra economía, como puede ser la industria automotriz, pero también habrá multitud de nuevos empleos. Las energías renovables generarán millones de empleos nuevos en los próximos años, la extensión de la movilidad eléctrica ofrecerá multitud de oportunidades laborales en la construcción, mantenimiento y gestión de una nueva infraestructura eléctrica, y la economía circular vivirá también una época dorada. Además, se crearán multitud de empleos que ahora mismo ni imaginamos gracias a una de las realidades que nos traerá la transición energética, que son muchos momentos con abundancia de energía a costes prácticamente nulos. Este recurso abundante y baratísimo, aunque intermitente, creará muchas actividades destinadas a su aprovechamiento.

Respecto al orden social, desarrollaremos una nueva ética social orientada con los valores y necesidades de la transición energética. La cultura del despilfarro probablemente acabará, no porque existan limitaciones de recursos sino porque estará socialmente mal vista. Lo que hoy es ostentación mañana será vista como una falta de respeto o una actitud trasnochada. Ciertos símbolos de estatus, como por ejemplo el tener un vehículo en propiedad, irán progresivamente perdiendo atractivo de la mano de infinidad de nuevas alternativas de movilidad. Le daremos un valor importante a la energía y cuidaremos su uso. La autogeneraremos cuando podamos, y cuanto más eficiente sea un vehículo o una vivienda más valor tendrá.

¿Cuáles son las consecuencias de no realizar una transición desde un modelo basado en los combustibles fósiles, a otro sustentado fundamentalmente sobre energías renovables?

Las consecuencias serían tremendas y las siguientes generaciones nos despreciarían por nuestros actos. Si no conseguimos minimizar el cambio climático a niveles moderados, los problemas que generaremos serán enormes: alteraremos los climas sobre los que se han edificado nuestras ciudades y naciones, causaremos centenares de millones de desplazados a causa de estos cambios, gastaremos ingentes recursos económicos en la gestión de catástrofes naturales locales a las que hasta ahora no estábamos acostumbrados, provocaremos la extensión de enfermedades fuera de sus zonas endémicas y muchos problemas más. Creo que no somos conscientes del enorme coste de adaptación que nos supondría un cambio climático catastrófico, muy superior al coste de evitarlo ahora.

Además, la contaminación atmosférica provoca la muerte prematura de millones de personas al año. Esto es terrible, lo que pasa es que lo hemos normalizado, lo hemos visto como una consecuencia menor de nuestro proceso de desarrollo tecnológico (que ha mejorado la esperanza de vida por otras cuestiones) y no le prestamos la importancia debida. Pero son muertes evitables, muertes que afectan a la población más sensible, en cierta manera como sucede con la Covid-19. De hecho, pensemos en las muertes que ha generado la pandemia hasta ahora y lo terrible que nos parece. Pues bien, la contaminación atmosférica que generamos los seres humanos multiplica por cinco los muertos actuales contabilizados de la pandemia, y eso sucede todos los años.

¿De qué manera crees que la pandemia actual afectará a la transición energética?

El libro tiene un epílogo que trata precisamente de la influencia de la pandemia de la Covid-19 en toda esta visión sobre la transición energética que teníamos antes de la pandemia. Influencia tendrá, sobre todo en las velocidades relativas de los distintos cambios, ya que algunos serán acelerados por la pandemia (por ejemplo, el teletrabajo) y otros quizá los ralentice. Pero más allá de estas intrahistorias de la transición energética, la tendencia general permanecerá inalterada, es más, probablemente la pandemia acelere la transición energética en lugar de ralentizarla, porque los grandes shocks históricos lo que hacen son acelerar los procesos de cambio que ya estaban asomando, en tanto en cuanto precipitan la decadencia de “lo viejo” dejando espacio a “lo nuevo”.

Lo que más me inquieta es la lección social que finalmente saquemos de la pandemia. Esta pandemia nos puede dejar lecciones que faciliten la transición energética, fundamentalmente dos: Nos muestra la fragilidad de nuestra sociedad respecto a los envites de la naturaleza, y nos recuerda que debemos escuchar siempre a la ciencia, que llevaba lustros avisando de que una gran pandemia como esta iba a llegar debido a nuestra presión sobre los ecosistemas y las especies animales. Ambas lecciones son absolutamente trasladables a la lucha para evitar un cambio climático catastrófico, porque los científicos también nos llevan avisando décadas de las terribles consecuencias de este cambio y porque esta fragilidad que hemos vuelto a descubrir nos hace entender lo terrible que puede ser este proceso para nuestro orden social.

Pero nada garantiza que vayamos a aprender estas lecciones de la manera adecuada, es más, podría pasar lo contrario. La pandemia podría hacernos desarrollar unos sentimientos de aislamiento y desconfianza, que podrían provocar nuevos recelos hacia otros países, quebrar la necesaria cooperación internacional y extender el miedo y la voluntad de reclusión dentro de la seguridad de lo conocido. Y si la sociedad se deja llevar por el miedo nada bueno pasará. Fracasaremos en la lucha contra el cambio climático, pero también viviremos retrocesos sociales y sufriremos líderes infames. Hay que evitar este último escenario, y por eso es fundamental explicar muy bien lo que estamos viviendo y las consecuencias de lo que nos espera, y combatir a aquellos que quieran aprovecharse del miedo para sumergirnos en una época oscura.

¿Qué países, actualmente, son un ejemplo a seguir en este proceso de transición y que podemos aprender de ellos?

Es una pregunta interesante. La verdad es que todos los países tienen claroscuros, porque la transición energética abarca multitud de campos y, por diferentes razones, no hay ningún país que destaque en todos a la vez. Los países nórdicos siempre han sido un referente a nivel de compromiso medioambiental, pero por ejemplo Dinamarca y sobre todo Noruega son importantes productores de petróleo, aunque es verdad que sus empresas petroleras se están diversificando. Alemania es un país que está haciendo importantes esfuerzos para desarrollar las energías renovables, pero tiene un lado oscuro que es el uso todavía importante del carbón o su retraso para enfrentar la electrificación de sus empresas automotrices. China es el país más avanzado en movilidad eléctrica y también fabrica la mayoría de la tecnología renovable del mundo, pero su mix eléctrico es muy contaminante y es el mayor emisor de CO2 del mundo. Hay una decena de países en el mundo que generan toda su electricidad de fuentes renovables, pero es verdad que tienen enormes recursos naturales y sería injusto compararlos con otros países que no los tienen.

Al final, debemos aprender de cada país las mejores prácticas que nos revelan. A mi me gustaría tener el compromiso medioambiental de los países nórdicos, la inteligencia geopolítica de China a la hora de entender cómo la movilidad eléctrica les beneficia, las políticas impositivas valientes de Canadá o Suecia o el aprovechamiento de los recursos naturales propios que tienen Dinamarca, Islandia o Uruguay. Cada país tiene que seguir su propio camino, pero teniendo claro el objetivo: debemos descarbonizar totalmente la economía en tres décadas.