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«Acometió la primera nota [del aria Son qual nave] con tal delicadeza, y luego fue ampliándola poco a poco tan acompasadamente hasta alcanzar un volumen inaudito, para, poco después, bajar la voz con igual primor hasta convertirla en un hilo de aliento, que fue aplaudido al menos durante cinco minutos. Y al instante retomaba la música con tal agilidad y brillantez, que los violines a duras penas podían seguirle. Por decirlo brevemente, era a los cantantes lo que el famoso caballo de carreras Childers a sus competidores. Sin embargo, la velocidad no era su único atributo, pues atesoraba cuantas virtudes son posibles en un gran cantante. En su voz confluían la potencia, la dulzura y la extensión, y en su estilo se mezclaban la ternura, la gracia y la vivacidad».

Escúchalo.

Esta célebre aria Son qual nave pertenece a la ópera Artaserse, compuesta en 1734 por Riccardo Broschi para su hermano Carlo, el afamado castrato conocido con el sobrenombre de Farinelli. Su talento provocó en el público londinense «un éxtasis, un rapto, [y] un embeleso» insólito, tal y como relata Burney en su cuaderno de notas de viaje por Italia (del que ya hablé en mi entrada anterior, Burney, Charles, Viaje Musical por Francia e Italia en el s. XVIII, Barcelona: Acantilado, 2014). Precisamente, en su estancia en Bolonia, tuvo la oportunidad de visitar a este cantante.

Aquel estreno ha sido magistralmente recreado en la película Farinelli, il castrato dirigida por el belga Gérard Corbiau en 1994 quien, visto lo visto, parecía ser conocedor de estas sugerentes páginas. Hasta tal punto debió quedar impresionado por las insistentes valoraciones que reconocían en su voz «unas cualidades hasta entonces nunca vistas en un humano» que tuvo la necesidad de dotarlo de una voz de artificio. El Farinelli de Corbiau es una voz de ficción que resulta de la mezcla digital de las voces de una soprano -Ewa Malas-Godlewska- y de un contratenor -Derek Lee Ragin. La voz del personaje de ficción fascina, cautiva y despierta en sus oyentes efectos y afectos al dictado de la retórica de la música.

Las evocadoras conversaciones que mantuvo Burney con el «signor Farinelli» desvela a Farinelli como persona. Recordaba con gratitud el consejo que recibió del emperador Carlos VI, durante una de sus estancias en Viena. Le comentó «con tanta dulzura como afabilidad, que su canto conmovía y serenaba el ánimo como no lo hacía el de ningún mortal, y que todo en él parecía sobrenatural: 'esos gigantescos saltos le dijo-, esos pasajes interminables, ces notes qui ne finissent jamais, sólo asombran. Ha llegado el momento de entregarse; la naturaleza le ha concedido demasiados dones; si en verdad deseáis tocar el corazón, es necesario que toméis un camino más directo y sencillo'. Estas pocas palabras tuvieron la fuerza de mudar radicalmente su manera de cantar, y desde entonces se mostró más inclinado a distinguir los tonos patéticos de los alegres, a optar por lo sublime y sencillo». Farinelli, en la ficción y en la realidad.

Para tu disfrute, dejo aquí algunas interpretaciones de esta misma aria di tempesta de la voz de las mezzosoprano Cecilia Bartoli y Ann Hallenberg y del contratenor Louis Choi.

Texto:

Son qual nave che agitata,
da più scogli in mezzo all'onde
si confonde e spaventata
va solcando in alto mar.
Ma in veder l'amato lido,
lascia l'onde e il vento infido
e va in porto a riposar.

[Soy cual nave que, agitada,
con escollos en mitad de las olas
se confunde y, asustada,
va surcando el alto mar.
Pero al ver la amada orilla,
deja las olas y al peligroso viento
y va al puerto a descansar.]