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Históricamente los movimientos migratorios internacionales han cubierto desajustes coyunturales en la situación demográfica y económica de los diferentes países. Centrando la atención en el presente y futuro cercano de Europa, no es aventurado lanzar una predicción categórica y simple; “Europa necesitará urgentemente inmigrantes”. En este caso tal necesidad no se deriva de motivos económicos, sustentados en una expansión de su producción, sino en motivos meramente demográficos. Está claro que en un contexto de descenso demográfico, de pérdidas de población, para mantener el mismo nivel de producción sólo hay dos alternativas. La primera sería incrementar drásticamente los niveles de productividad, la segunda suplir las necesidades de población abriendo las puertas a mayores volúmenes de inmigrantes. Este asunto, del que poco se habla si consideramos su gravedad, impactará no en demasiados años sobre los sistemas de pensiones y sanidad, pues su sustento requiere de una proporción suficiente de trabajadores activos/trabajadores retirados, que de forma natural no se alcanzará. Además, asumiendo una apertura de las fronteras exteriores, se planteará un gran reto formativo y de integración, pues la economía europea a diferencia de la asiática no ha focalizado su orientación en actividades de perfil bajo, sino que se requieren trabajadores cualificados y correctamente formados. La movilidad internacional de trabajadores deberá asumir una adecuación de los perfiles de los profesionales a los estándares de trabajo en los mercados receptores, siendo la formación un aspecto clave en este proceso de ajuste. Programas online como el MBA de VIU contribuyen a mejorar las posibilidades de empleabilidad cruzada entre países, facilitando la adaptación de trabajadores a puestos directivos en mercados ajenos.

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Las cifras presentes ya señalan el problema de manera objetiva, no es necesario recurrir a proyecciones más o menos certeras ante un escenario que de manera sigilosa comienza a consolidarte. En 2016 el crecimiento de la población europea se imputó únicamente al efecto de la inmigración, pues ante una igualación de nacimientos y defunciones, fueron los 1,5 millones de inmigrantes extracomunitarios los que sostuvieron el crecimiento poblacional. En 13 de los 28 estados miembros el número de muertes superó al de nacimientos. En Alemania e Italia, dos grandes potencias europeas, de no consolidarse las entradas de inmigrantes, su población caería para 2050 en un 18% y 16% respectivamente. Alemania superó a Japón al tener la tasa media de nacimientos más baja del mundo en los últimos cinco años. En España, se pasaría en el medio plazo de los 46,5 millones de habitantes actuales a 44 millones. Esta situación es más grave si cabe en varios países del este, pues tras el proceso de desintegración de la Unión Soviética y posterior incorporación en el UE, se produjeron salidas masivas de ciudadanos hacía países de Europa occidental. En Letonia por ejemplo, sus 2 millones de habitantes actuales quedarán en 1,5 millones si no se consolidan suficientes flujos de inmigrantes.

El reto de la integración y ordenación de estos flujos no es pequeño, pero los retos derivados de mantener la producción en Europa y con ello su peso internacional, los servicios asociados al Estado del Bienestar y en definitiva mantener la población, no son menores. Por lo tanto, el viejo continente precisa una pausada reflexión en torno a su política migratoria, pues no hablamos de solidaridad exterior sino de necesidad interior. La anticipación del problema ayudará a trabajarlo de forma anticipada, pues como se ha expuesto la integración, la educación y la adecuación de perfiles son aspectos de vital importancia en este proceso.

https://youtu.be/e6oZLJjTEPA

 

Juan Francisco Prados Castillo

Profesor del Máster MBA de la Universidad Internacional de Valencia