En la pasada COP25, la Agencia Internacional de las Energías Renovables (IRENA, por sus siglas en inglés) presentó un informe en el que concluía que para cumplir los objetivos del Acuerdo de París era necesario duplicar la instalación de potencia renovable respecto a las contribuciones determinadas a nivel nacional que han presentado los distintos países cara a 2030.

 

A finales de 2019, la potencia renovable instalada en el mundo superaba los 2.500 GW. Alrededor de la mitad de esta potencia es hidroeléctrica, una energía que se lleva instalando más de un siglo, mientras que una cantidad casi igual la componen potencia eólica y fotovoltaica, de instalación mucho más reciente. Con porcentajes mucho menores están la biomasa, la energía geotérmica, la termosolar de concentración y todavía residualmente las energías marinas. Las contribuciones determinadas nacionales proyectan una capacidad instalada de 3.200 GW para 2030, menos de la mitad de los 7.700 GW que serían necesarios para poder cumplir los objetivos climáticos.

 

Sin embargo, hay buenas noticias. El Acuerdo de París se firmó en 2015 y muchas de estas contribuciones nacionales se hicieron meses después, pero en estos cuatro años la realidad ha superado las proyecciones. De 2015 a 2019 se han estado instalando anualmente más de 150 GW de potencia renovable, que de mantenerse a ese ritmo en los próximos años ya superaría lo estimado en las contribuciones nacionales, pero además lo razonable es pensar que esta instalación de capacidad renovable seguirá creciendo de forma más o menos continuada ya que estas tecnologías son cada vez más competitivas. IRENA estima un escenario en el que la capacidad renovable instalada seguirá creciendo a un ritmo similar al de los años anteriores y con estas tendencias podríamos llegar a 5.200 GW de capacidad renovable instalada en 2030. Es un escenario realista, pero aun así estaríamos lejos de los objetivos.

 

La generación de electricidad es el primer terreno donde la descarbonización penetrará ampliamente. La tecnología ya es madura y muy competitiva, y por eso el propio mercado se encargará de la penetración masiva de las más maduras de estas energías limpias, fundamentalmente la energía eólica y la solar fotovoltaica. Además, esta generación de electricidad renovable es la palanca de arranque para descarbonizar otros sectores como la climatización o el transporte, cuya electrificación progresiva es una tendencia esperable durante las próximas décadas. Esa electrificación implicará más demanda de electricidad y las energías renovables crecerán todavía más en respuesta a estas necesidades.

 

A pesar de esta realidad, resulta duro decir que toda la capacidad renovable que se instala anualmente todavía no llega ni siquiera a cubrir los incrementos de demanda eléctrica que se producen en el mundo. Necesitamos más energías renovables para cubrir completamente los incrementos de demanda que puedan darse en el futuro y comenzar a desplazar a la generación eléctrica basada en combustibles fósiles, y necesitamos hacerlo ya para poder reducir emisiones de forma sensible. Cuando IRENA habla de instalar de media 450 GW de potencia renovable al año acierta en el diagnóstico. Sencillamente, lo necesitamos.

 

Este enorme reto requerirá de algo más que las fuerzas del mercado para llevarse a cabo. El papel de los estados y, en general, de todas las administraciones públicas a todos los niveles y en los diferentes países es fundamental. Los estados deben articular las políticas regulatorias y fiscales adecuadas para multiplicar este desarrollo de energías renovables y frenar en seco el decadente pero todavía relevante desarrollo de nueva potencia fósil. Estas regulaciones deben incidir también en la electrificación del consumo energético y las administraciones deben ser las primeras en dar ejemplo desarrollando su propio proceso de descarbonización. Por ejemplo, los edificios de la administración pública deberían contar todos con sistemas de autoconsumo en la medida de sus posibilidades técnicas y las flotas de autobuses urbanos de los municipios deberían ser las primeras en electrificarse completamente, lo que redundaría además en la mejora de la calidad del aire de las ciudades y en importantes ahorros sanitarios. Esta ejemplaridad inspiradora es muy necesaria y llenaría de razón moral a las regulaciones que afecten al sector privado.

 

Este llamamiento a las administraciones públicas no es un brindis al sol y ya hay muchos países y administraciones que están dispuestas a realizar este cambio. El resultado de la COP25 puede resultar decepcionante al no haberse llegado a los grandes acuerdos que se esperaban, pero conviene mirar más allá de la primera línea y observar otros movimientos que sí son muy positivos. La Unión Europea ha demostrado un firme compromiso a favor de la descarbonización y los planes de Green Deal de la Comisión Europea van a generar un impulso definitivo que transformará la economía europea durante los próximos lustros. También muchos países de América Latina, entre ellos países tan importantes como México, Argentina, Colombia o Chile, han declarado que aumentarán la ambición de sus compromisos climáticos para la cumbre del próximo año. 103 países han adquirido esos compromisos, y aunque los gobiernos de los países más contaminantes de la tierra no hayan querido aumentar sus compromisos tan rápidamente no hay que ignorar qué sucede bajo sus pies: Centenares de ciudades, regiones, empresas o inversores se han comprometido a llegar a cero emisiones netas de CO2 en 2050, entre ellas muchísimas ciudades de países rezagados como EE.UU, China, India, Japón o Australia, muchos estados de EE.UU o Australia y empresas de todo el mundo. Y para llegar a cero emisiones netas es imprescindible que la generación eléctrica esté compuesta íntegramente por energías renovables o descarbonizadas.

 

A las tecnologías renovables y a todas aquellas que contribuirán a la transición energética (vehículos eléctricos, baterías, inteligencia artificial, internet de las cosas, etc.) les espera una edad de oro y un desarrollo exponencial en los próximos años. La pandemia de la Covid-19 podrá paralizar algunos desarrollos en determinados países, en cambio en otros los impulsará mediante políticas de estímulo y, en cualquier caso, no paralizará una tendencia estructural imparable. Es más, los grandes “shocks” suelen acelerar los cambios y la revolución energética probablemente será uno de ellos.

 

Pensar que con sólo con el desarrollo tecnológico podremos cumplir los objetivos del Acuerdo de París es un error, también vamos a necesitar compromiso político y replantearnos algunas inercias sociales que son objetivamente prescindibles. Sólo así podremos conseguir un recorte sustancial de las emisiones que no podemos dilatar más en el tiempo a causa de nuestra tardanza histórica, pero no perdamos de vista que la tecnología va a ser la pieza clave de este cambio económico integral. La descarbonización es una revolución económica y social, pero sobre todo es una revolución tecnológica.

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Pedro Fresco

Docente Maestría en Energías Renovables VIU

Autor

Equipo de Expertos

Universidad Internacional de Valencia