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Si el conflicto es inherente a las relaciones humanas, como sabemos, obviamente afecta directamente  al conjunto de la familia y no solo a la pareja. El impacto que produce la separación en los hijos es, sin lugar a dudas, grave, ya que estos son, a la postre, las víctimas del proceso, provocando en ellos una situación penosa y de ansiedad, más o menos acentuada dependiendo de la edad, de la duración de la separación matrimonial, de cómo se ha llevado a cabo, etc. Pero, siempre, es portadora de estrés y tiene repercusiones psicológicas, morales, emocionales, especialmente en los hijos, aparte de los problemas educativos e incluso económicos que conlleva.

La crisis familiar es hija de la crisis general del mundo en el que aparece el hedonismo, el materialismo, el consumismo y determinados “ismos” que afectan al sistema de valores establecido. Muchas otras causas han provocado, además, el crecimiento de las separaciones matrimoniales, ya que solo en España los casos de nulidad, separación y divorcio alcanzaron la cifra de 101.294 en el año 2016. Muchas veces quienes están inmersos en el proceso buscan, con frecuencia, la ayuda de distintas instancias y personas entre las cuales destaca la mediación, que no es una panacea, pero sí un medio importante en el buen gobierno de estas situaciones al tratar de construir puentes entre las partes en conflicto, es decir, una manera de gestionar este último.

El problema es que, como solemos decir, a los hijos les resulta difícil –y, a veces, insuperable- aceptar la nueva situación de los padres separados, que arrastran durante su vida y que el legado del divorcio se interpone frecuentemente en sus propias relaciones sentimentales. Wallerstein (cit. por Guidens, p.205) realizó un denso estudio longitudinal con 131 hijos de divorciados los cuales entraron en la edad adulta como “seres atribulados”, faltos de esperanza, que presentían continuamente la separación como una amenaza para su futuro, eran más vulnerables y tenían problemas cognitivos, de carácter social y de adaptación. Naturalmente el impacto es diferente de acuerdo con la edad: según las estadísticas, 1 de cada 3 hijos es menor de 5 años, y 1 de cada 5 ronda la mayoría de edad o la sobrepasa.

Durante el proceso los hijos se ven sometidos a una determinada percepción de lo que está gestándose, lo que provoca en ellos un sentimiento de privación, un sentimiento de malestar y desasosiego y un sentirse involucrados en una cierta triangulación que les convierte en indeseables portavoces de mensajes contradictorios de los padres y de chantaje emocional, en definitiva. El sufrimiento de los hijos, en silencio, es realmente inenarrable y ensombrecido, muchas veces, por la sospecha.

Ahora bien, este período de separación subyacente acaba por emerger y manifestarse. Es entonces cuando surge la pregunta: ¿cuándo comunicar a los hijos la decisión tomada por los padres? Es este, sin duda, un momento doloroso, pero necesario. Sin embargo, una cuestión previa: la comunicación, cuando sea, ha de alterar lo menos posible el proceso de la construcción de la identidad de los hijos; para ello los padres han pensar en un proyecto común de estabilidad para la familia en vías de extinción. Y la comunicación ha de ser explícita, esto es, de manera expresa y no recurrir a formas implícitas como pueden ser desautorizaciones de la pareja, frases oscuras, etc.

Finalmente, el recurso a la Mediación facilita, normalmente, el proceso, evitando el daño a los actores, anteponiendo las necesidades de los hijos a los de la pareja, adaptándose a las necesidades y características de los menores.

Os invitamos a visualizar un fragmento de la película Kramer contra Kramer (Monólogo de Dustin Hoffman durante el juicio por la custodia de su hijo)

https://youtu.be/CKsRshrLi50

Dr. Henri BOUCHÉ

Profesor colaborador del Máster en Prevención e Intervención Psicológica en problemas de conducta en la escuela.