Dr. Joaquín Mateu Mollá
Expertos VIU

Expertos VIU | Dr. Joaquín Mateu Mollá ¿Qué es la felicidad y por qué nos importa tanto?

Aunque la pregunta del titular parece tener una respuesta obvia que no requiere más reflexión que la experiencia propia, si nos detenemos un poco y analizamos el concepto de felicidad, tanto desde nuestra vivencia cómo de las vivencias ajenas, nos daremos cuenta que se trata de un tema más complejo de lo que parece. La felicidad es algo que todos conocemos (aunque sea de oídas) y cuya búsqueda y disfrute constituye un elemento central en las vidas de una gran parte de la población mundial. Sin embargo, pese a esta familiaridad e importancia, resulta especialmente difícil de definir, por lo menos de manera general. Todos sabemos más o menos lo que nos hace felices, o por lo menos lo que no nos hace felices; pero intente explicar qué es La Felicidad, no solo su felicidad, y el asunto se complica bastante más. No deja de ser curioso que una emoción tan fundamental para la experiencia humana, para la naturaleza misma de lo que somos, sea tan fácil de identificar, pero tan difícil de definir, tan escurridiza de aprehender en su esencia (si es que la tiene).

Para conocer qué nos puede aportar la psicología al respecto, le pedimos a nuestro experto y director del Máster Oficial en Gerontología y Atención Centrada en la Persona, Dr. Joaquín Mateu Mollá, que nos respondiera la siguiente entrevista. El Dr. Mateu Mollá es Psicólogo General Sanitario, especialista en Psicopatología y Psicología de la Salud. Es doctor en Psicología Clínica y miembro del Colegio Oficial de Psicólogos y de la Sociedad Española de Psicología (División Académica). Cuenta con amplia experiencia en la atención a personas con problemas de Salud Mental, tanto en el sector público (Hospital Lluís Alcanyís y Hospital General Universitario de Valencia) como en el privado (cofundador del Instituto Valenciano de Psicología Sanitaria). Además de su práctica clínica ha desarrollado una fructífera carrera investigadora y divulgadora, publicando tanto en revistas Q1 como Frontiers in Psychiatry o Psicothema, como en medios de divulgación como The Conversation o National Geographic y acumulando más de 54 mil seguidores en Twitter.

¿Qué es la felicidad? O más precisamente ¿qué se entiende desde la psicología por felicidad?

El término “felicidad” tiene una profunda raigambre filosófica. Su naturaleza esquiva, y su gran complejidad, lo han convertido en una quimera tanto experiencial como científica. Son muchos los esfuerzos que se han invertido por apresarla y conceptualizarla, pero lo cierto es que todavía no existe un consenso nítido sobre qué es exactamente. El hecho de que cada persona se sienta feliz bajo unas circunstancias completamente distintas, dependientes sobre todo de sus motivaciones y experiencias previas, complica enormemente la tarea. También hay matices distintivos según el prisma desde el cual se observe: para la Biología es una sucesión de reacciones electroquímicas a partir de la acción coordinada de los neurotransmisores, para la Psicología es la conciliación de las necesidades y los deseos y para la Filosofía supone encontrar una respuesta satisfactoria a preguntas trascendentales.

Uno de los modelos teóricos más reconocidos actualmente es el que distingue entre la felicidad hedónica y la eudaimónica, relativamente independientes y asociadas a lo que nos “mueve” en nuestras vidas. Quienes aspiran a alcanzar su felicidad por la vía hedónica tratan de concentrar todo esfuerzo en los logros inmediatos, aquellos que proporcionan un placer basado en la satisfacción de los anhelos sencillos y cotidianos, mientras que de manera simultánea rechazan cualquier experiencia que genere sufrimiento en cualquier grado. Por su parte, los que optan por el camino eudaimónico se orientan a un propósito distante que precisa del desarrollo de fortalezas personales y potencialidades, asumiendo la posibilidad de que surjan dificultades en alguno de sus recodos. Este último tipo de felicidad requiere mayor capacidad de planificación, de tolerancia a lo incierto y de integración de la frustración; convergiendo en el concepto clásico de “plan de vida”.

¿Qué papel crees que tiene la felicidad en la cohesión social? ¿Cómo varía la definición y percepción de la felicidad según nuestro acervo cultural?

Al ser la felicidad un fenómeno tan complejo, cada sociedad la concibe e interpreta de un modo diferente. Las culturas que enfatizan el individualismo como valor fundamental hacen del logro (material, académico, laboral, etc.) el eje alrededor del cual orbita, mientras que las que otorgan una especial relevancia a la familia conciben la tradición y la cohesión del grupo íntimo como el más elemental de los criterios para conquistarla. Contrariamente a lo que pudiéramos creer, no todas las culturas atribuyen cualidades exclusivamente positivas a la felicidad, sino que algunas tienden a pensar en ella como una inoportuna distracción de los avatares ordinarios que habrían de ocupar enteramente nuestro pensamiento (Japón o Corea). En otras regiones se juzga la felicidad como una cualidad propia de las personas ingenuas, que carecen de una perspectiva suficientemente extensa de las cosas del mundo. En países occidentales se ha optado tradicionalmente por el hedonismo como vía para alcanzar la felicidad, y en los últimos años se ha alimentado una imagen tan superficial y maniquea de ella que multitud de personas empiezan a rechazarla. Por ejemplo, se ha construido una visión romántica del ser atormentado por su pasado o por sus circunstancias actuales (tanto en la literatura como en el cine) que coexiste paradójicamente con el esfuerzo deliberado de la mayoría por exponer ante los demás únicamente lo más positivo de su vida (en redes sociales, por ejemplo), lo que estimula contradicciones irresolubles sobre lo que podemos esperar de la felicidad y sobre los recursos necesarios para alcanzarla.

Otra creencia extendida sobre la felicidad es que el hecho de pertrecharse de ella pueda implicar negársela a los demás, como si sentirla supusiera un acto de egoísmo. Esta forma de entenderla está íntimamente vinculada a una visión ascética de la vida, puede expresarse en personas con una excesiva tendencia al autosacrificio (independientemente de su cultura) y se traduce en un sabotaje constante de nuestras experiencias emocionales positivas. Esta idea contrasta además con numerosos hallazgos científicos, sugerentes de que las personas que se sienten alegres (aunque esta emoción no sea exactamente lo mismo que la felicidad) tienen mayor tendencia a ofrecer apoyo a quienes lo puedan requerir, alzándose así, como uno de los mecanismos subyacentes a lo que hoy en día conocemos como conducta prosocial (ayudar a los demás) o como altruismo (entregarse a otros sin esperar nada a cambio).

Este último punto es especialmente interesante. Si pensamos en las emociones como fenómeno experiencial universal, inmediatamente observaremos que se expresan de un modo muy similar en los diferentes países del mundo (y emergen ante situaciones también muy parecidas). Si esto es así es porque necesariamente tuvieron un valor adaptativo durante la evolución de la especie: el miedo nos permitía huir ante la presencia de un depredador, el asco nos advertía de que algún alimento podría ser perjudicial para el organismo en caso de ingerirlo, la ira disparaba los recursos defensivos ante una amenaza y la tristeza promovía la empatía en los posibles observadores. Así pues: ¿qué papel podría tener la alegría (como fenómeno afín al de la felicidad)? Al parecer, muchos investigadores abogan por su contribución a la cohesión social a través de la dinamización de conductas proactivas de ayuda, que enfatizaban en última instancia la identidad común del grupo y promovían la supervivencia de todos sus integrantes. Contrariamente a lo que ocurre con el resto de emociones, que precipitan conductas individuales para trascender un riesgo objetivo, la alegría actúa como un lubricante social que engrasa el complejísimo mecanismo de las relaciones entre individuos. Esta cualidad fue útil para nuestros ancestros más remotos, y sigue siéndolo hoy en día para todos y cada uno de nosotros.

¿Qué es la anhedonia y cómo se relaciona con la capacidad de ser feliz?

La anhedonia es, junto a la tristeza, el síntoma principal del más frecuente de los trastornos del estado de ánimo: la depresión mayor. No obstante, también puede encontrarse como parte de los síntomas negativos de trastornos psicóticos como la esquizofrenia, así como en el contexto de alteraciones estructurales o funcionales del sistema nervioso. Las personas que la sufren se perciben incapaces de sentir placer, como si las situaciones o actividades cotidianas que otrora se lo proporcionaban se hubieran convertido en una rutina estéril. A largo plazo, por supuesto, su presencia hace que se erosione el interés por participar en ellas y que la existencia vaya constriñéndose progresivamente; lo que aumenta el riesgo de padecer múltiples problemas de salud mental. Esta forma de desánimo suele tener causas psicológicas (pérdida de la capacidad reforzante de los estímulos), aunque también puede hundir sus raíces en lo biológico, más concretamente en el compromiso del sistema cerebral de recompensa. Todas las personas contamos con una compleja red de estructuras nerviosas (área tegmental ventral, núcleo accumbens y sus proyecciones hacia la corteza prefrontal) que se encarga de procesar la experiencia de placer (mediada por el neurotransmisor dopamina) con el objeto de que podamos experimentarlo en aquellas circunstancias que incrementen teóricamente nuestras opciones de supervivencia (comida, sexo...) y que deliberadamente tratemos de repetirlas. Un ejemplo muy claro de la alteración en estas estructuras lo encontramos en la dependencia a sustancias, durante la que se va perdiendo poco a poco el interés por aquello que siempre había sido significativo para quien atraviesa por ella (sustituyéndolo por la búsqueda y el consumo de la propia droga).

Como puede verse, la anhedonia es una circunstancia común a diferentes problemas de salud mental, y también uno de los factores explicativos del menoscabo que provocan en la calidad de vida y en la capacidad de ser felices. En caso de identificarla en nosotros o en alguien a quien queremos resulta muy importante la consulta con un psicólogo o psiquiatra.

En esta línea, ¿nos puedes explicar que es la adaptación hedonista (o rueda hedónica) y como afecta a nuestra capacidad de ser felices o sentir felicidad?

La adaptación hedonista es un potente mecanismo que puede estar detrás de experiencias muy positivas, pero también muy negativas. Se emplea tal término para ilustrar cómo el ser humano puede trascender a situaciones vitales realmente adversas, como las grandes pérdidas (despido, ruptura sentimental, muerte, erosión de una función física, etc.), y también cómo se acomoda a los grandes logros y los desposee del valor que algún día tuvieron. Probablemente todos seamos capaces de recordar el anhelo con el que aspiramos a cierta cosa en algún momento del pasado (obtener una titulación, lograr un ascenso, adquirir una vivienda...), dedicando un esfuerzo titánico para hacerla realidad (por considerarla los cimientos de una vida feliz). Podríamos decir que parecía que por fin habíamos encontrado aquello por lo que valía la pena luchar. No obstante, y sin darnos apenas cuenta, acabamos descubriendo que cuando ya prácticamente lo palpábamos con los dedos el valor que le otorgábamos originalmente se fue diluyendo hasta evaporarse. Lo más común es que justo después de esta desconcertante frustración fijemos nuestros objetivos en algo aún más distante, lo que requerirá la inversión de tiempo o energía adicionales. Desgraciadamente el efecto tiende a repetirse una y otra vez, haciéndonos sentir perpetuamente insatisfechos. Es, en definitiva, como quien pretende alcanzar algún día el lugar donde nace el horizonte.

Los refranes populares, que son el producto de una sabiduría descarnada y certera, suelen decir aquello de que “no hay mejor momento para ser feliz que ahora mismo”. Y aunque parezca una de esas frases de autoayuda baratas que tanto abundan hoy en día, lo cierto es que el fenómeno que nos ocupa la respalda de un modo vehemente y cruel. Así pues, quizá este sea el momento más propicio para valorar el camino que nos ha traído hasta aquí, donde nos encontramos ahora mismo, amparando con ello el esfuerzo de nuestra vida y proporcionándonos un merecido autocuidado emocional.

 

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Emilio Vivallo
Emilio Vivallo

Equipo de Comunicación de la Universidad Internacional de Valencia.