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Dr. Víctor José Villanueva-Blasco ¿Cómo detectar el uso problemático de Internet en adolescentes y cómo afecta este a su salud mental?

 

El Dr. José Víctor Villanueva-Blasco no descansa. La vez anterior que hablamos con él, estaba ejerciendo de coordinador en la realización de un curso online y un workshop sobre prevención, consumo de sustancias y salud mental en menores. Ambas actividades formaban parte de un acuerdo entre la Facultad de Ciencias de la Salud de VIU y la Dirección General de Salud Mental y Adicciones de la Generalitat Valenciana, un acuerdo en qué también jugó un rol fundamental.

Sin embargo, como decíamos, el Dr. Villanueva-Blasco no es de tomarse pausas y además de su  trabajo como director del Máster Oficial en Drogodependencias y Otras Conductas Adictivas de VIU, ha continuado su labor investigadora, ahondando en la comorbilidad entre las adicciones y los problemas de salud mental en adolescentes, esta vez poniendo el foco en el uso problemático de una tecnología tan omnipresente como internet. 

Para conocer un poco más acerca de los hallazgos de la investigación y de las implicaciones de estos, le pedimos que nos hiciera un hueco en su atareada agenda para respondernos algunas preguntas.

Me consta que también estás trabajando con menores que presentan problemas de adicciones conductuales, como las apuestas, los videojuegos o internet, y que desde el Grupo de Investigación GI-SAPS habéis estado explorando la relación también de estas adicciones comportamentales con la comorbilidad psiquiátrica en adolescentes. Más concretamente el Uso Problemático de Internet. Cuando hablamos de ‘uso problemático de Internet’, ¿de qué estamos hablando exactamente?

Nos referimos a un patrón de uso en el que hay pérdida de control y aparecen consecuencias negativas: en lo académico, el sueño, la familia, la vida social o el bienestar emocional. Es importante distinguirlo de ‘usar mucho Internet’: se puede usar mucho por estudio o por ocio y no ser problemático. El problema aparece cuando el uso se convierte en una estrategia rígida que desplaza otras áreas y mantiene un malestar.

¿Qué dice la evidencia sobre la relación entre ansiedad, depresión, estrés/malestar y uso problemático?

La evidencia es consistente en algo: hay una asociación fuerte entre PIU y variables como depresión, ansiedad, baja autoestima, soledad y desregulación emocional. Y cuando miramos estudios longitudinales (que son los que permiten ver dirección en el tiempo) la conclusión más frecuente es que existe una relación bidireccional: el malestar aumenta el riesgo de uso problemático y, a su vez, el uso problemático puede empeorar el malestar. Se genera un círculo de retroalimentación.

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El Dr. Víctor José Villanueva Blasco durante su discurso de agradecimiento al recibir el premio por parte de ISSUP

El Dr. Villanueva-Blasco durante su discurso de agradecimiento al recibir el ‘Premio ISSUP a la Iniciativa Local de Reducción de la Demanda de Drogas: Europa’ 

Entonces, ¿qué va primero: el malestar o el uso problemático de internet?

Depende, y ese es precisamente el matiz importante. En un reciente trabajo de revisión sistemática que hemos publicado, que integra 31 estudios longitudinales que analizamos, vemos que a veces el malestar actúa como factor de riesgo (por ejemplo, internalización, soledad, problemas de regulación emocional) y otras veces el uso problemático de internet actúa como factor que agrava depresión o ansiedad. En conjunto, el patrón dominante es el bidireccional, pero con diferencias según cómo se defina y mida el fenómeno y según el contexto cultural. 

¿Existe algún mecanismo psicológico clave para entender esta relación?

Es posible que haya más, pero en nuestros estudios hemos hallado un mecanismo central que es el uso de Internet para evitar o aliviar emociones negativas. Usar Internet como una forma de ‘calmarse, ‘regularse’ o ‘evadirse’ cuando hay malestar psicológico, como tristeza, ansiedad, irritabilidad o sensación de fracaso. Esa función de alivio a corto plazo puede reforzar el hábito y aumentar el riesgo de un uso problemático de internet.

También muy recientemente habéis publicado un artículo con la validación de un instrumento que evalúa esto. ¿Qué aporta vuestro instrumento, denominado “Escala de Uso de Internet para la Evitación del Malestar Emocional (IU-EDA, por sus siglas en inglés)”, ¿y qué hallazgos destacarías?

La IU-EDA aporta una medida breve y específica de evitación del malestar emocional mediante Internet. Encontramos dos dimensiones: evitación de estados de ánimo negativos (emociones más inmediatas como ansiedad, tristeza o irritabilidad) y evitación de amenazas a la autoestima (más ligada a sentimientos estables como desesperanza o fracaso). El instrumento nos ha permitido igualmente demostrar que cuando existe un uso de internet como estrategia de evitación del malestar emocional se observa una fuerte relación con depresión, ansiedad y desregulación emocional, además de su asociación con PIU.

¿Qué dimensión es la que más predice el uso problemático de internet?

La más predictiva fue la evitación de estados de ánimo negativos. Esa dimensión predijo indicadores como conectarse después de medianoche, más horas online y uso problemático de internet. Esto encaja con la idea de que lo que dispara el uso problemático de internet muchas veces es un malestar inmediato: ansiedad, tristeza, irritabilidad, etc.; e Internet funciona como regulador rápido.

¿Hay diferencias entre chicos y chicas?

Sí aparecen diferencias relevantes. En nuestro estudio, las chicas puntuaron sistemáticamente más alto en la dimensión de evitación de estados de ánimo negativos, y esa dimensión mostró más fuerza predictiva sobre conductas problemáticas en ellas. Esto sugiere que la prevención debe incorporar una mirada sensible al género, entendiendo que los usos y funciones (por ejemplo, más relacionales) pueden implicar vulnerabilidades emocionales distintas.

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psicologia adolescentes

¿Qué señales de alarma indicarían que el uso ya es problemático?

Más que el número de horas, miraría cuatro señales:

  1. Pérdida de control (no puedo parar / prometo y no cumplo).
  2. Interferencia (sueño, estudio, relaciones, actividades).
  3. Uso como regulación emocional (me conecto para no sentir, para calmarme).
  4. Costes emocionales (más irritabilidad, ansiedad, culpa o aislamiento).

Y añado una señal muy clara: el patrón de uso nocturno persistente, porque suele impactar en sueño y estado de ánimo.

Se habla mucho de ‘adicción a Internet’. ¿Es correcto decirlo así?

Hay que ser prudentes. Existe mucha heterogeneidad terminológica (PIU, adicción, uso compulsivo, etc.) y no hay un diagnóstico oficial de ‘adicción a Internet’ como tal en DSM-5 o ICD-11; sí hay ‘Gaming Disorder’. Por eso defendemos usar PIU como término paraguas y evitar etiquetas que puedan patologizar usos cotidianos. Lo clave es valorar: ¿hay deterioro, malestar y pérdida de control?

Entonces, ¿qué funciona en prevención e intervención?

En función del nivel de gravedad, podemos trabajar desde la prevención universal y selectiva a través del desarrollo de diversos componentes, como las habilidades de regulación emocional, estrategias de afrontamiento, higiene del sueño, hábitos digitales saludables, y apoyo familiar/escolar.

Cuando la gravedad es mayor y requiere una intervención de prevención indicada o una intervención clínica, el abordaje es más complejo, sobre todo cuando hay comorbilidad emocional. Trabajar el malestar de base y los disparadores del uso es indispensable, porque si solo ‘quitamos pantalla’ sin alternativas, el sistema vuelve a lo mismo. La evidencia apoya que centrarse en regulación emocional y afrontamiento reduce la necesidad de usar Internet como compensación.

¿Qué mensaje final te gustaría que se llevasen las familias y los profesionales?

Que el foco no es demonizar Internet, sino entender para qué se usa. Cuando el uso sirve para evitar malestar, hay riesgo de entrar en un círculo: me siento mal → me conecto para aliviar → descuido sueño/vida/estudios → me siento peor. Romperlo implica enseñar habilidades emocionales y construir rutinas saludables. Y cuanto antes actuemos, mejor: la adolescencia es una ventana clave para intervenir.