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Jorge Tamames es graduado en Relaciones Internacionales por Brown University y Máster en Economía Política y Comunicación en Fletcher (Boston). Vive entre EE. UU. y España y se ha especializado en el análisis sobre la política exterior estadounidense, ejerciendo de analista para diversos medios y de jefe de redacción de la revista Política Exterior. Aprovechando su papel como colaborador del Grado en Relaciones Internacionales de VIU y su masterclass que inauguró el ciclo de International Affairs VIU Encounters organizado por este grado, le realizamos una entrevista donde nos hizo una completa fotografía actual del momento geopolítico de EEUU y de los primeros 5 meses de Joe Biden como máximo mandatario de la nación.

¿Cómo evalúas la postura de Biden respecto al conflicto israelí palestino? ¿Se trata de una postura continuista respecto a la línea de actuación de EEUU en la zona, o por el contrario te parece que ha adoptado una postura más crítica con Israel?

La acción exterior de Biden se entiende en torno a dos ejes fundamentales: Una voluntad de no gastar mucho capital político en esta región y no quemarse. No va a apostar por un proceso de paz como han hecho todos los presidentes hasta la fecha, porque creo que entiende, no equivocadamente, que estamos ante un problema enquistado que no va ser capaz de solucionar. Esta parece una política de contención de daños, más que de intentar abordar el problema y sus causas.

¿Hasta qué punto es continuista y no? Hay un claro continuismo en toda la política exterior de Biden con los parámetros generales que ha seguido la política exterior americana en las últimas décadas, el tipo de objetivos principales, etc. También hay diferencias con respecto a la presidencia de Trump. La principal es la relación muy estrecha que se generó entre Benjamín «Bibi» ​Netanyahu, el primer ministro israelí y su partido el Likud, con la derecha estadounidense, el partido republicano y la figura de Trump. Esto me parece importante destacarlo porque creo que el conflicto Israel – Palestina, es un conflicto en el que se puede aprender más viendo las fisuras internas de cada actor que viendo cada actor desde fuera.

Dentro del campo estadounidense ha pasado que la asociación de Netanyahu tan estrecha con la derecha le ha deslegitimado, en parte, de cara al partido demócrata que le ve como un interlocutor poco fiable por el trato que dispensó a Obama y por la cercanía y mucha complicidad que ha tenido Trump con él, con el plan de paz que propuso con el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel.

¿Qué quiere decir esto de cara al centro izquierda estadounidense? Que cada vez hay más división con respecto al conflicto Israel – Palestina, en parte por esto que decía, por la relación de Netanyahu, como por el aumento de las protestas contra el racismo, que se han traducido en que muchas veces la situación de los palestinos en Israel se empieza a interpretar no como un conflicto entre dos naciones, que era el marco original, o más tradicional y en el que Israel siempre tiene derecho a defenderse; si no que ha comenzado a ser leído de forma similar a la situación que viven los afroamericanos en EEUU, sujetos siempre a la aleatoriedad de una acción policial a veces muy brutal. También hay una parte creciente de la izquierda demócrata que está muy movilizada y que tiene más representación que en el pasado, que es crítica con las políticas de Israel y exige respuestas como la solución de los dos estados o apostar más firmemente por un papel neutral, de mediador, que Estados Unidos mantiene nominalmente pero que nunca ejerce.

¿Quiere decir esto que va a haber un cambio en la posición de Biden? No. Si vemos el tipo de declaraciones que ha hecho y el envío de más ayuda militar a Israel, las líneas generales siguen en pie. Más aun ahora que parece que Nentanyahu va a ser depuesto por una coalición diferente y digamos que Biden tendrá fácil, al menos hasta que se produzca la siguiente ronda de agresiones en Gaza o Cisjordania, presentar el problema con Israel como un problema que se limitaba a la figura de Netanyahu. Aunque sepamos que realmente no es así, pero va a ser una excusa conveniente.

A finales de febrero Biden autorizó un bombardeo en Siria en una acción destinada a dar un aviso a Irán ¿Cómo interpreta esta decisión, que fue criticada por numerosos integrantes de su propio partido y respaldada por el partido republicano?

En lo que respecta a las intervenciones en el extranjero, hay un consenso cada vez mayor entre ambos partidos en que estas acciones militares de EEUU deben ser limitadas, ya que cuando movilizan grandes recursos, sobre todo de personal y tropas, la opinión pública americana está muy en contra de ellas. Por lo tanto, las acciones se limitan a bombardeos puntuales, a operaciones con las fuerzas especiales de manera discreta o a veces, no expuestas al público.  Es un poco el formato de la nueva intervención militar que empezó en el segundo mandato de Obama y que ha continuado con Trump.

De cara a Irán hay dos lecturas fundamentales que ilustran bien la paradoja de esta administración y sus relaciones con Irán. La administración Biden quiere, al menos nominalmente, volver a recuperar el acuerdo nuclear que firmo la pasada administración de Obama con Irán.

Un acuerdo que los iranís habían cumplido de manera relativamente rigurosa hasta que Trump se salió de él y en ese marco empezaron nuevamente a ampliar su capacidad de refinado de procesamiento de uranio y salirse de las pautas que establece el tratado.

Si la cuestión fuese simplemente volver al tratado anterior, el debate no sería tan intrincado como está resultando. El problema, y el caso de Siria lo ilustra bien, es que para una gran parte de los políticos estadounidenses que dirigen la política exterior, tanto republicanos, pero también algunos demócratas, es que el acuerdo original, a su modo de ver, no contemplaba una variable de Irán que les irrita, que es que Irán tiene una política exterior bastante proactiva en la región a base de apoyar a diferentes proxys como Hezbollah, Jihad Islámica y otros similares. Además de llegar a un acuerdo nuclear, el marco de ese acuerdo tendría que servir para que Irán no lleve a cabo lo que Estados Unidos considera que es un papel desestabilizador en la región.

El problema es que el acuerdo nuclear es un acuerdo nuclear, no un acuerdo para que Irán no pueda tener una política exterior en una región en la que los proyectos de su acción exterior a menudo resultan desestabilizadores, pero también lo son las del otro bloque contra el que compite, el de Arabia Saudí y las potencias del golfo al que ahora, crecientemente, se suma Israel.

Por tanto, la actuación en Siria puede verse, un poco como un reflejo de esta tensión. Por un lado, queremos que Irán se vuelve a sentar en la mesa de negociación, pero al mismo tiempo le dejamos claro que no es de nuestro agrado, nos molesta y en la medida en la que sea posible queremos impedir, que desarrolle una acción exterior de este tipo en la región.

¿Cuáles señalarías como las principales diferencias con el mandato de Trump, especialmente en temas clave como políticas migratorias (centros de detención de ICE), política exterior, sanidad pública, gasto militar o políticas sociales? ¿Se trata de un mandato continuista o por el contrario se ha producido un cambio real en la dirección del país?

En este caso la diferencia entre continuidad o ruptura depende mucho del ámbito que analicemos:

Políticas migratorias y gasto militar. En parte se ha señalado, con algunas de las detenciones que se han realizado en la frontera por parte de ICE, el continuismo entre la administración de Biden y la de Trump. No es una política migratoria idéntica, ya que Biden ha ampliado el número de refugiados que acoge EEUU y está revirtiendo algunas de las medidas que puso en pie Donald Trump, sin embargo, creo que aquí parte del error consiste en ver la política migratoria como un año cero cada vez que un nuevo presidente estadounidense llega al poder. Si nos fijamos en algunas de las prácticas más crueles que siguen sucediendo en la frontera y que pasaban con Trump, resulta que también sucedían bajo la política de Obama, que fue, según la métrica que se use, el presidente de EEUU que más inmigrantes en situación irregular deportó. Por lo tanto, no es una cuestión de achacárselo a Biden o a Trump, si no que Estados Unidos tiene por propia inercia institucional y burocrática un problema migratorio en la frontera de EEUU con México que produce el tipo de imágenes que estamos viendo, y que son de una gran crueldad. Esto sucede por inercia institucional y burocrática un poco en el mismo modo que sucede con el sistema de CIES en España. No es útil centrarse en cual dirigente es mejor o peor moralmente si no en lo que supone la continuidad de esa estructura.

El gasto militar: aquí pasa un poco lo mismo. Los parámetros son a que siga aumentando. En general la mayoría de los demócratas en el senado apoyaron la propuesta de Trump de ampliar el presupuesto militar. La administración Biden es muy clara con respecto a ahondar en este marco de confrontación con China, para lo cual, entre otras cosas, Estado Unidos necesita mantener su primacía militar. Ahí yo no esperaría grandes cambios de ningún tipo, más allá de la realidad presupuestaria terminará por alcanzar a Estados Unidos en algún momento, ya que su gasto en este apartado es desorbitado.

Sí que se ha producido un cambio grande en los frentes de políticas sociales.

Sanidad pública y políticas sociales: si se trata de romper con el pasado, hay que recordar que en lo que se refiere a la política económica y social, cuando Trump llego al poder, la gente lo concibió como una ruptura con el orden neoliberal que gobierna en Estados Unidos desde finales de los años 70 y 80. Un modelo económico en el que predomina el libre mercado, la apertura comercial hacia el exterior y un repliegue de las funciones del Estado en tanto que proveedor de bienestar y protección social para la población.

La idea era que Trump iba a hacer un reajuste profundo ya que su campaña se articulaba contra los globalistas, la elite financiera, capitalista y demás; lo cual podía parecer cierto atendiendo a sus discursos, pero atendiendo a lo que realmente ha hecho no lo es tanto. La gran novedad de Trump fue una serie de políticas comerciales más proteccionistas con China, pero también con la UE.

Esto en si no es tan nuevo como parece. Hay que retener la idea de que Estados Unidos es una economía que sigue aplicando el proteccionismo en muchas áreas que considera políticamente sensibles. Igual que hace la UE con la política agrícola común. Tal vez este fuera el elemento más fácil de reconfigurar, en otros Trump no ha hecho prácticamente nada por cambiar el orden neoliberal: Si pensamos en la liberalización financiera, la capacidad recaudatoria del estado que él debilitó con una ley que permitía rebajas fiscales a grandes empresas, o las leyes de regulación ambiental y demás.

Por lo tanto, el balance es que Trump no ha supuesto ningún tipo de cambio de paradigma. Esto lo digo a modo de introducción porque Biden sí planea un cambio de modelo de una forma bastante explicita y es notable, no solo por sus programas de gasto público; que de momento si lo sumas todos juntos, los de estímulo, infraestructuras, familia y demás, alcanzan una cifra de 6 billones de dólares a ser invertidos durante la siguiente década, una movilización de fondos espectacular; pero también por el propio espíritu con el que está diciendo que hará eso. Es decir, está diciendo que hace falta una economía con mayor número de trabajos en mano de obra sindicatos. Hace poco, llegó a decir que de lo que se trataba era conseguir no que los trabajadores compitan por puestos de trabajo, sino que sean los empresarios y la gente que da empleo los que tienen que competir por trabajadores, porque en una situación de pleno empleo tiene que ofrecer buenas condiciones laborales.

De alguna forma es como que da vuelta a la ecuación laboral y pone en una posición de ventaja a los trabajadores estadounidenses. Creo que, en estos ámbitos, especialmente en la orientación económica, el cambio es claro y, además, imprevisto. Nadie esperaba que Biden iba a salir tan fuerte en este ámbito, es una figura con un bagaje conservador. Dicho lo cual, aún está pendiente de realizar parte de esto. El planteamiento está bien. Ahora en el G7 también se está planteando la restricción a los paraísos fiscales, para que dejen de recabar los márgenes de recaudación de muchos grandes países. Todo esto está bien pero luego habrá que aterrizarlo y llevarlo a la práctica. Démosle un año para ver si esta apuesta se concreta en algo real. 

Recientemente Biden ha anunciado su intención de investigar si el coronavirus tiene su origen en un laboratorio chino. Paralelo a esto Kurt Campbell, el Coordinador para asuntos del Indo-Pacífico en el NSC, señaló que la era de los acuerdos con el ejecutivo de Xi Jingping se ha acabado ¿Va a mantener Biden las relaciones tirantes con China? ¿En qué clave interpreta las acciones mencionadas?

En el caso chino, de nuevo, es importante destacar que, aunque Trump explicitó de una forma muy evidente la rivalidad de Estados Unidos con China, la inquietud entre las élites de política exterior norteamericana ya estaba ahí mucho antes de que él llegase a la Casa Blanca. Fue Obama el que empezó con su famoso pivote o rebalance hacia el Pacífico, por lo que podemos decir que la inquietud con el auge de China existe desde hace mucho. Dicho lo cual, Biden ha comprado gran parte de ese marco de rivalidad y claramente inscribe la relación con China en una relación de rivalidad estratégica, digamos, en la que hay algunos ámbitos en los que se puede cooperar, como tal vez podrían ser, la lucha contra el cambio climático, algunos aspectos de la lucha contra el terrorismo, algunos aspectos de la regulación financiera internacional. Pero en otros, sin embargo, la rivalidad se va a mantener. Creo que donde más se reflejan estas tensiones es en el vecindario de China. El gran foco de tensión de cara al futuro, que lo ha sido hasta ahora, y lo seguirá siendo, es Taiwán, donde Estados Unidos mantiene unos compromisos de defensa con una isla que es nominalmente independiente, pero que China considera parte de su territorio y que en algún momento querrá gobernar de facto. Además, la experiencia con Hong Kong deja grandes dudas sobre la capacidad de China de coexistir con este modelo de ‘un país dos sistemas’ en el que algunas partes pueden retener esta democracia liberal que habían desarrollado durante las últimas décadas. Nada lleva a pensar que si China anexa a Taiwán vaya a mantener ese modelo. Por ello es donde existe el mayor riesgo una confrontación armada entre Estados Unidos y China ¿es probable a día de hoy? Pues no, yo creo que no, pero es en ese vecindario y también en los mares meridional y oriental de China, donde se pueden producir las mayores tensiones, así como también en la propia frontera con India, que es un país en el que Estados Unidos está intentando, digamos, agasajar o acercar a su a su órbita.

¿Cómo evalúa la propuesta de presupuestos de Biden, de seis billones de dólares, el mayor gasto público desde la Segunda Guerra Mundial? ¿Estamos ante un nuevo ‘new deal’?

Siempre que llega un demócrata a la Casa Blanca se lo compara con Rosevelt, que fue el demócrata más importante del siglo veinte y también el presidente estadounidense más exitoso, por lo que de alguna forma esta analogía ya está muy trillada. Por eso a lo mejor sería útil volver a revisar qué significó el new deal en su origen. Fue un proyecto para estabilizar el capitalismo después de la gran depresión, algo que hizo, según el relato convencional, a través de una intervención muy decidida del estado en la economía por medio de estímulos fiscales. Esto no es del todo cierto. Es decir, sí, con el new deal llega un gran impulso fiscal, pero como el gobierno federal al que llega Rosevelt es muy pequeño, el impacto de esas medidas al principio no es determinante, lo que importa es la política monetaria de EE.UU. cuando rompe con el patrón oro, y cuando realmente se nota el, digamos el cañonazo fiscal, es durante la segunda guerra mundial, cuando se desarrolla un programa de gasto público sin precedentes y una amplificación del tamaño, poder y alcance del estado norteamericano exponencial y prácticamente inédito. El aspecto fiscal del New Deal fue algo más tímido de lo que se asume, Rosevelt incluso quiso dar marcha atrás en el 37 y aplicar algunas medidas de recorte de gasto público, de las que se tuvo que retractar, porque Estados Unidos estuvo a punto de entrar en una segunda depresión. ¿Por qué digo esto? porque a lo mejor es útil para pensar en estos términos, no simplemente en que el New Deal es más activismo del estado,  sí,  Biden plantea más activismo del estado, sí, Biden lo hace en torno a unos parámetros que están diseñados para beneficiar a la clase trabajadora y sobre todo a la clase media estadounidense que lleva horadada varias décadas, y sobre todo desde la última crisis se encuentra en una posición débil; pero hay que tener en consideración que se trata de un modelo para estabilizar una configuración diferente del capitalismo estadounidense, pero que no va a ser en ningún momento, como han intentado hacer ver sus críticos, un proyecto socialista ni que pretenda trascender al capitalismo, creo que es importante mantenerlo en tenerlo en cuenta de cara al futuro.