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En 1995 el ex vicepresidente del Banco Mundial, Ismail Serageldin, predijo que «las guerras del próximo siglo serán por el agua». En 2012 un informe elaborado por el Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos (NIC) señalaba que en 2022 el agua podría convertirse en objeto de conflictos regionales o en herramienta para impulsar objetivos terroristas y a principios de 2018 Ciudad del Cabo estuvo a punto de convertirse en la primera ciudad importante en quedar sin agua. Hoy 17 de junio se celebra el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía y para conocer un poco más sobre las consecuencias geopolíticas derivadas de estas problemáticas del agua le realizamos una entrevista a la Dra. Myriam Fernandez Herrero, docente en la Maestría de Política Exterior de la Universidad Internacional de Valencia.

Myriam Fernandez Herrero es licenciada en Ciencias Políticas y Sociologia, doctora en Derecho y experta en análisis de políticas públicas. Ha sido directora general de Financiación y Fondos Europeos de la Generalitat Valenciana, institución de la cual es alta funcionaria, así como Decana del Iltre. Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Ciencia Política y Sociología de la Comunitat Valenciana. Participa en red europea IMPEL (European Union Network for the Implementation and Enforcement of Environmental Law) y en la red china DBAR (Digital Belt and Road) entre otras redes internacionales de expertos en planificación estratégica de políticas públicas.

¿Cómo influye y va a influir en la geopolítica internacional la desertificación, sequía y falta de agua potable?

La multiplicación de crisis ambientales, acompañadas de estrés hídrico son una realidad, y ya sean motivadas por causas naturales o por la obra humana, tienen implicaciones en todas las políticas públicas económicas, sociales y tecnológicas. De forma dramática en la salud, la agricultura, la vivienda, pero también en los países desarrollados afectan a la actividad económica impactando sobre la movilidad, o el turismo.

La falta de agua potable o apta para el riego o su mala gestión, son ocasionados por múltiples factores que varían e interactúan de forma distinta según el área geopolítica de que hablemos, y exigen por ello diagnósticos muy precisos para poder dar soluciones coordinadas desde lo público y lo privado. En este sentido, considero que hay un camino de aprendizaje y entrenamiento de los actores involucrados, pendiente. No sólo para disponer del conocimiento y la logística para abordar (y atajar) las crisis en el corto plazo, sino también para poder actuar sobre los procesos ecológicos negativos en el medio y largo plazo, con carácter preventivo.

No hay que olvidar que puede y debe trabajarse en su doble dimensión de recurso básico para la subsistencia humana saludable y bien alimentada; y como fuente de energía renovable, que bien gestionada puede impulsar a su vez progreso y otro tipo de mejoras en la vida de las personas. En ambos casos hay una ciclo virtuoso que los gobiernos conocen: buenas infraestructuras que generan desarrollo de actividades productivas que crean mercados, que a su vez generan una demanda de productos y servicios que produce presión sobre los estados para una mayor calidad de vida.

Para entrar en estas dinámicas de progreso, el agua exige agendas políticas estatales de objetivos muy claros a largo plazo, además enmarcadas en la cooperación internacional y bajo la palanca que supone la Agenda de la Transición Energética, que es sin duda la gran oportunidad para los estados con menos recursos y en la etapa post COVID.

La misma ubicación de las reservas hídricas suele afectar generalmente a varios estados, y los intereses económicos que acompañan las grandes explotaciones agropecuarias que impactan degradando vastas regiones, también suelen ser multinacionales. Por tanto, de forma casi excluyente sólo se puede actuar bajo la bandera del multilateralismo inclusivo.

Por estas mismas razones se visibiliza la necesidad de agendas políticas supraestatales, que den participación a los gobiernos multinivel así como a las entidades cívicas y ecológicas involucradas, una tarea en que instituciones como VIU puede ser un agente dinamizador muy importante.

¿Qué zonas se ven más afectadas por esta problemática? ¿Cuál es la situación en Europa y en España?

Principalmente los casquetes polares; en segundo lugar, las zonas ricas en materias primas  pero muy desprotegidas de sus estados como la Amazonia que son objeto de fuertes desequilibrios hídricos por la tala indiscriminada, incluyo el estrés hídrico recurrente en las cuencas andinas de Bolivia y Perú, y también en zonas de Chile, y el norte de México; en tercer y cuarto nivel situaría las costas de aguas muy contaminadas de países pobres receptores involuntarios del tráfico transfronterizo de residuos como Malasia, el Golfo de Guinea, Maldivas, así como las grandes obras públicas hidráulicas planificadas sin los necesarios controles en países en vías de desarrollo como presas que desecan ríos necesarios para la agricultura como el Nilo o el Eufrates, o las construcciones de nuevos puertos que afectan los humedales tanto en Asia como Europa. A esto hay que añadir los ciclones cada vez más habituales y devastadores que azotan el Caribe y América Central por el cambio climático.

Por supuesto las luchas por el agua están en la base de conflictos que incluyen otros problemas políticos como vemos en Palestina, recientemente lo vimos en Siria donde 1,5M de personas tuvieron que desplazarse por la desestabilización en una zona además castigada por una sequía sin precedentes, los numerosos puntos calientes del Sahel y el cuerno de África que conectan con el Norte de África y el Oriente Próximo, pobres y presionados por el estrés hídrico, la ausencia de calidad del agua y las enfermedades que de ello derivan… por citar sólo algunos ejemplos de cada una de las tipologías de problemas de cada ámbito geopolítico que tiene en su centro el agua.

A grandes rasgos, el diagnóstico general es que en todos los continentes existen territorios donde la escasez de agua genera conflictos por el control y el uso del agua, y ello incluye por supuesto también a la rica y urbana Europa. Así mientras la carestía la observamos tanto en la zona septentrional en América Latina como en la meridional de Europa, en contacto con el norte de África; por contrapartida existen, zonas donde el agua es abundante, pero es necesario desarrollar tecnología que permita que sea debidamente aprovechada al servicio de la población, tanto en la zona meridional en América Latina como la septentrional en Europa.

¿Qué papel juega o debe jugar Latinoamérica y sus reservas hídricas en las dinámicas de poder derivadas de la escasez de agua?

Según el Programa Ambiental de Naciones Unidas, América Latina cuenta con el 65% de agua dulce del mundo. Sin embargo, las situaciones de oferta y demanda de agua varían mucho dependiendo de cada país, pero en todo caso procede arbitrar desde los estados nuevas políticas de gestión del agua que eviten su contaminación, mejoren su tratamiento y mayor eficiencia para su consumo en el campo agropecuario, y en la ciudad, y permitiendo así el acceso a los sectores vulnerables.

De manera focalizada en Latinoamérica deben protegerse los páramos andinos manteniendo su biodiversidad, para sí garantizar la cantidad y calidad del agua, entendiendo éste como ecosistema natural y fuente hídrica de altísimo valor a nivel planetario, así como el papel que debe jugar la Amazonia más allá de los intereses económicos que presionan a esta zona.

Latinoamérica está en disposición de liderar una metodología exportable a Asia o África. A mi modo de ver, y pese a la polarización generada en los últimos cambios de gobierno, sí se dan los elementos básicos necesarios para impulsar iniciativas piloto. La existencia de unas administraciones públicas activas que pese a sus dificultades pueden alimentar procesos de negociación multinivel, que den a luz a Pactos Verdes avalados por los ODS de las Naciones Unidas y la propia UE, ahora perfectamente consciente de su papel de puente.

Debemos tener muy presente que tejer estas complicidades es labor de décadas, pero sólo desde estas estrategias multilaterales y multinivel de desarrollo de infraestructuras que mejoren el acceso y el aprovechamiento del agua pilotados por los estados, se puede asegurar un entendimiento del agua como un bien común.

Muchos estados miembros europeos observan con preocupación que estas dinámicas de expoliación de los recursos públicos no estén siendo monitorizadas por las autoridades administrativas responsables. Los Países Bajos, Suecia, quizá no España con la intensidad que debiera, aunque ha avanzado mucho en los últimos 5 años, desarrollan proyectos de cooperación medioambiental muy interesantes que deberían ser prioridades en las agendas políticas de los países de ambas orillas.

¿Existen proyectos (nacionales o internacionales) enfocados a dar soluciones a la problemática del agua? ¿Es necesaria la coordinación y cooperación internacional para hacer frente a la desertificación o falta de agua potable? ¿Contamos con las organizaciones y mecanismos legales y logísticos para trabajar estos temas a nivel internacional o hay que crear nuevas instancias?

La diplomacia verde, creo que es una realidad cada vez más visible. Todos los recursos renovables están siendo objeto de estas nuevas dinámicas. El agua, junto al sol, el viento o la biomasa han ganado presencia, siendo considerados como factores de la geopolítica de la Transformación Energética, y ello sin perjuicio de que esta racionalización de los recursos  a escala planetaria, puede contribuir poderosamente a mejorar el acceso a éstos por la población, ya que en tanto que recursos-bien común, esta cuestión está invariablemente sobre la mesa de negociación, pese a las tensiones.

Esto supone cierta superación de una forma de entender la cooperación interregional demasiado rígidamente basada en la apertura de mercados y productos. ¿Por qué?

La entrada en escena de China con sus nuevas formas de hacer y tejer política exterior, a partir de la compartición de recursos por tecnología, permite vislumbrar la posibilidad de empoderar en el control y gestión de estos nuevos recursos renovables, a estados hasta ahora pobres y sin capacidad de maniobra.

Existe un soft power hacia el exterior, muy organizado ya entre China y África en torno a la estrategia Digital Belt and Road, en la que participan de forma muy flexible la triple hélice (los estados, universidades y empresas), superando como decía la estricta dinámica del mercado que protagonizó los 70, 80, 90…

Desde Europa, pero a título individual, cada estado europeo ha desarrollado estrategias de cooperación con Latinoamérica, generalmente a través de sus Ministerios de Medioambiente y Universidades, pero no organizadas ni interconectadas entre ellas. Aunque pienso que los países del norte de Europa sí se han coordinado y ayudado entre ellos para avanzar en sus proyectos, pero no veo idéntica colaboración para la cooperación internacional entre los países europeos meridionales. Falta un liderazgo político en el sur de Europa y otro a nivel comunitario, pero herramientas y mecanismos legales sí existen, como demuestra la intensa acción exterior medioambiental de Dinamarca, Suecia, Países Bajos o Reino Unido entre los más activos.