Las consecuencias negativas del consumo de alcohol están ampliamente documentadas, existiendo numerosas investigaciones que lo vinculan como factor de riesgo en enfermedades como la cirrosis hepática, enfermedades del sistema circulatorio y ciertos cánceres; y con trastornos de la salud mental como depresión, ansiedad, psicosis y trastorno bipolar.  Aún así, se trata de una de las sustancias psicoactivas más consumidas a nivel internacional, una situación que propicia que sigan apareciendo nuevos trastornos y problemáticas relacionadas con su consumo. Un claro ejemplo de esto es la alcohorexia.

La alcohorexia es un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) qué, según explica Fátima Servián Franco; docente en la Carrera de Psicología y en la Maestría Oficial en Nutrición y Salud de VIU, además de directora del Diplomado en Prevención e Intervención en Trastornos de la Conducta Alimentaria de la Universidad; “se puede englobar dentro de los trastornos de la conducta alimentaria como la anorexia nerviosa o la bulimia nerviosa y se caracteriza por restringir el consumo de alimentos con alto aporte calórico para ingerir bebidas alcohólicas en exceso”. Ampliando un poco más esta definición, Servián indica que “el patrón habitual de este desorden incluye tres dimensiones: consumo de alcohol, desorden de conducta alimentaria y actividad física”. Estas se expresan en conductas como el contar de forma obsesiva las calorías de los alimentos y bebidas consumidas y “en dejar de comer horas o días enteros previo al episodio de la ingesta de bebida alcohólica e incrementar posteriormente la actividad física para quemar las calorías en exceso. Los jóvenes con esta sintomatología tratan de equilibrar la ingesta de alimentos para evitar incrementar su peso corporal”.

Evidentemente, esta conducta tiene serios efectos sobre la salud de los afectados, generando “graves deficiencias de nutrientes, desorden alimenticio, efecto de la intoxicación aumentada, temor irracional sobre la excesiva ingesta de calorías y el aumento de peso, así como todo lo que estas prácticas conllevan a nivel emocional y conductual”. según apunta la experta de VIU.

Respecto al perfil más habitual de quien sufre este trastorno, Fátima Servián indica que “la prevalencia de este trastorno es mayoritariamente en estudiantes que inician su etapa universitaria y también se ha encontrado que una parte de esta población viven en residencias universitarias. En general, el perfil de riesgo para padecerlo es una mujer menor de 21 años que reside en un colegio mayor, residencia universitaria o piso de alquiler y con riesgo de trastorno psiquiátrico. Además, tienen un patrón dietético restrictivo y eso se traduce en menos presencia de alimentos con alta densidad calórica, se aíslan a la hora de la comida y hay unos cambios comportamentales muy evidentes antes de las salidas nocturnas”.

Por ello, subraya Servián, el papel de la familia y el entorno cercano, es fundamental en la detección temprana de la alcohorexia, ya que cuanto antes se acuda a un profesional de la salud mental, mejor es el pronóstico del afectado o afectada. Por ello la docente de VIU explica que para identificar este trastorno “el patrón habitual del desorden de la alcohorexia está en contar las calorías de los alimentos, de las bebidas ingeridas o dejar de comer. Ahí vemos que algo está pasando, son señales de alerta y siempre previas al episodio de ingesta de bebidas alcohólicas, así como incrementar posteriormente la actividad física para quemar esas calorías”.

Una vez detectado el trastorno, la experta indica que “Como psicóloga, el tratamiento a seguir sería la psicoterapia. Adicionalmente, en los TCA se trabaja también a nivel nutricional. Las intervenciones en TCA suelen ser multidisciplinares y dependiendo de la gravedad de los síntomas pueden incluir también tratamiento farmacológico.” Especificando aún más, añade que “en el caso de la alcohorexia, en psicoterapia se trabajarían los síntomas cognitivos (temor irracional sobre de la ingesta excesiva de calorías y el aumento de peso, distorsión de la imagen corporal), emocionales (miedo, ansiedad) y comportamentales (dejar de comer horas o días enteros previo al episodio de ingestión de bebidas alcohólicas, e incrementar posteriormente la actividad física para quemar las calorías en exceso). Todo ello se trabaja para adaptar a la persona a su entorno sin conductas que la dañen a nivel físico y emocional”.