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Normalmente cuando hablamos de miedo y de fobia solemos utilizarlo para referirnos a la misma cosa, pero resulta fundamental realizar una distinción entre ambos términos.

El miedo se considera una respuesta de activación fisiológica normal provocada por hechos nocivos o amenazantes, que capacita al organismo para reaccionar ante una situación de peligro (Echeburúa, 1993). Por lo tanto, el miedo es una emoción natural del ser humano, que surge como respuesta a la supervivencia.

Por otro lado, la fobia se refiere a un miedo irracional y desproporcionado respecto al peligro de una situación (Marks, 1961). La persona que sufre fobia vive el miedo de forma involuntaria, lo que le lleva a evitar deliberadamente la situación temida.

Habitualmente el origen de las fobias se debe a un miedo real que pueda tener el niño, como por ejemplo el que tiene tras haberle picado una avispa, desarrolle una fobia a estos insectos.

Pero, ¿cómo diferenciamos entre miedo a la oscuridad de fobia a la oscuridad?

fobia-oscuridad2Morris y Kratochowill (1983) consideran que los miedos evolutivos son un componente del desarrollo normal del niño que le proporcionan medios de adaptación a diversos estresores vitales.        Mientras que los miedos son considerados como reacciones normales del niño, las fobias son conceptuadas como alteraciones o trastornos psicológicos, se consideran como una reacción desadaptativa y no corresponde a la edad o al estadio evolutivo del niño.

Cuando los niños empiezan a tener capacidad para a desenvolverse por sí solos por el mundo, pueden verse más expuestos a un mayor número de situaciones que les susciten miedo. A medida que progresa el desarrollo cognitivo, con la adquisición del lenguaje y la capacidad para efectuar operaciones simbólicas, aparece el miedo a la oscuridad, a los seres imaginarios y a los animales (Toledo, Ferrero y Barreto, 1998).

Durante la infancia todos los niños tienen algún tipo de miedo, a qué tienen miedo dependerá de la etapa evolutiva en la que se encuentren. Con frecuencia estos miedos infantiles remitirán de forma espontánea a medida en que se pase a la siguiente etapa evolutiva. El miedo a la oscuridad se considera evolutivo en niños de entre 3 y 12 años, pero en ocasiones los niños no superan este miedo pudiéndose convertir en una fobia.

Ante estas situaciones se dan una serie de respuestas emocionales negativas, que son:

Fisiológicas: el niño tensa los músculos de su cuerpo, le sudan las palmas de las manos y el corazón le late muy deprisa.

Cognitivas: El niño cree escuchar golpes, cree ver sombras, que un desconocido ha entrado en casa para hacerles daño, se preocupa por si sus padres lo han abandonado, etc.

Motoras: el niño comprueba si hay monstruos debajo de la cama o dentro del armario, enciende la luz, etc.

En la oscuridad de la noche nos sentimos más indefensos y expuestos a diferentes peligros. Las características sensoriales como sombras, ruidos o el sonido del viento pueden hacer volar la imaginación y desencadenar un patrón de respuestas emocionales negativas en el niño.

Ahora bien, muchos niños pronto descubrirán los beneficios que reciben por los paseos por su dormitorio de monstruos y brujas. Entre esas ventajas están por ejemplo irse a la cama más tarde, quedarse viendo la televisión más rato o que sus padres se queden en el dormitorio con ellos durante más tiempo o que incluso duerman con ellos en su dormitorio. Por el contrario, obedecer a la orden de irse a la cama, es aversiva para un niño sin sueño, porque las consecuencias inmediatas de la conducta son punitivas. Ir a dormir es una “expulsión” del medio reforzante (Méndez, Orgilés y Espada, 2006) que lleva a una situación de aburrimiento y de soledad.

La Asociación Americana de Psiquiatría (APA), refiere que para considerar una fobia a la oscuridad de naturaleza clínica, los síntomas de miedo, ansiedad y evitación a quedarse en un lugar sin luz, deben durar al menos 6 meses o más (American Psychiatric Association, 2013). Este criterio, junto con las respuestas emocionales arriba señaladas, puede resultar útil para discriminar a los niños que experimentan miedo evolutivo de los que sí sufren fobia.

En ocasiones la buena voluntad de los padres en intentar calmar a sus hijos y demostrarles que su miedo no es real acaba provocando el efecto contrario. Ante la llamada de auxilio de sus hijos, para intentar calmarles, los padres miran dentro del armario y debajo de la cama para verificar que allí no se encuentra ninguna extraña criatura o dejan una luz encendida durante toda la noche. Con estos comportamientos no solo no les quitan la ansiedad a sus hijos sino que les reafirman la posibilidad de que algo malo puede ocurrir cuando la luz se apaga.

Por lo tanto, es fundamental poder discriminar cuando es miedo (dentro de la etapa evolutiva) o cuando es fobia y necesita de un tratamiento psicológico.

A continuación les dejo un video cuento que ayudará a los más peques a superar su miedo a la oscuridad.

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Bibliografía

American Psychiatric Association. (APA). Manual diagnostico y estadístico de los trastornos mentales. DSM5. Madrid: Masson

Echeburúa, E. (1993): Trastornos de ansiedad en la infancia. Madrid: Pirámide

Gonzalez, R. (1998). Psicopatología del niño y del adolescente. Madrid: Pirámide.

Marks, I. M. (1991): Miedos, fobias y rituales. 1. Los mecanismos de la ansiedad. Barcelona: Martínez Roca

Méndez, F. X., Espada, J. P., y Orgilés, M. (2006). Terapia psicológica con niños y adolescentes. Estudio de casos clínicos. Madrid: Pirámide

Morris, R. J., y Kratochwill, T.R. (1983): Treating Children´s Fears and Phobia. Nueva York: Pergamon Press

Pearce, J. (1995). Ansiedades y miedos. Como aumentar la autonomía de tu hijo y su seguridad en sí mismo. Paidos Iberica Ediciones SA.

Ana María Jiménez Ballester
Psicóloga. Profesora colaboradora en la Universidad Internacional Valenciana en el Maestría Oficial en Prevención e Intervención Psicológica en Problemas de Conducta en la Escuela