Es un hecho incontrovertible que prácticamente todo lo que se publica como resultado de la actividad científica, se hace en inglés, independientemente de la lengua materna de los autores. Para quienes hemos nacido en un país donde se habla castellano, uno de los principales idiomas del mundo, esto podría parecer, y para muchos lo es, una injusta desventaja. He escuchado con demasiada frecuencia a científicos decir que “el inglés es una materia pendiente”, es decir que es algo que deberíamos resolver pero nunca nos disponemos a hacer o lo que es lo mismo, postergamos la decisión de aprender a usar una herramienta fundamental para el investigador. No vamos a entrar en detalles de cómo y del por qué el inglés se ha convertido en el medio de comunicación cuasi universal de la ciencia. No siempre ha sido así; a principios del siglo pasado muchos de los trabajos de investigación más trascendentales fueron escritos en alemán, durante el siglo XIX hasta el notable naturalista alemán Alexander von Humboldt, escribía en francés.  Hoy es el inglés el idioma de la ciencia.

Nos enfrentamos pues al hecho de que debemos escribir nuestros trabajos en inglés para cumplir con el objetivo fundamental de la investigación, que es comunicar adecuadamente la contribución al conocimiento que hemos hecho. Aceptamos con interés y le dedicamos tiempo a aprender  técnicas analíticas nuevas, métodos estadísticos, procedimientos informáticos, pero lamentablemente, casi nunca se nos enseña a comunicar con efectividad los resultados de tanto esfuerzo.  Lo que diferencia a la comunicación científica de lo que ocurre en otras profesiones es que se debe garantizar la reproducibilidad y esto exige una claridad y una total falta de ambigüedad en el texto. Una vez logrado esto para llegar a publicar un trabajo científico debe pasarse la prueba de la autenticidad, es decir que lo que comunicamos sea novedoso.  Estos hechos deben expresarse con un mínimo adorno, deben brillar por su contenido, no por su estilo. El idioma inglés se presta muy bien a estos preceptos ya que tiende a ser bastante sintético y preciso. Los trabajos científicos no se consideran “literatura” como una forma de arte.  En la práctica deben contener sólo lo esencial para  exponer por primera vez un hallazgo que permita a los otros científicos: 1) entender lo observado; 2) reproducir los experimentos para su comprobación, si fuese necesario; 3) evaluar la contribución  al conocimiento del área en cuestión. En este proceso la verbosidad y grandilocuencia no tienen cabida y el estilo debe servir sólo como vehículo de la consistencia y el rigor.

Vayamos ahora al dilema que se nos plantea a los científicos cuyo idioma materno no es el inglés. La situación ideal es formarse en ese idioma con tanto interés como nos formamos en otras áreas. La experiencia nos enseña que si partimos de un trabajo científico bien escrito en castellano la labor del traductor al inglés,  no solo es difícil por el uso de la terminología específica del campo sino por las diferencias estructurales entre ambos idiomas. Esto lo hace difícil pero no imposible. En un texto científico pensado y escrito en castellano es común observar que se sigue una línea inductiva; es decir, empezamos con generalidades y nos dirigimos a lo específico, en ese orden. En un texto semejante pensado y escrito en inglés se acostumbra a enunciar primero lo específico, el hallazgo novedoso y luego entrar a describir la ruta a través de la cual se llegó a esa conclusión; podría decirse que predomina lo deductivo. Por esa y por muchas otras razones prácticas he preferido siempre escribir mis trabajos directamente en inglés. El camino ha sido arduo y largo. ¡Aun recuerdo la inseguridad expresada en las catorce versiones preliminares de mi primer artículo internacional! Afortunadamente a lo largo de los 50 años que han transcurrido desde entonces he aprendido a escribir pensando directamente en inglés y habiendo leído, como es necesario tantos otros trabajos en ese idioma, las expresiones, el estilo y hasta la ortografía van cayendo donde deben. Una práctica que nunca debe abandonarse al preparar un manuscrito para su publicación es pedirle a un colega que conozca bien el campo para que lo lea y seguramente aporte críticas que mejorarán su claridad centrándose en el contenido. Independientemente siempre he recurrido a otro colega de ser posible angloparlante nativo, pero que no sea experto precisamente en el tema. Este se concentrará en las formas, el estilo, la corrección gramatical. Esa es mi manera personal de resolver el dilema que a todos nos persigue cuando queremos difundir nuestro trabajo a través de la publicación en una revista internacional arbitrada y del mayor impacto posible.  No hay mayor satisfacción que ver ya publicado nuestro pensamiento, nuestro trabajo, a veces de años de una manera que lo haga inteligible e interesante para nuestros colegas donde quiera que ellos estén.

Recordemos algunas pautas generales que se han convertido en casi universales en la estructura de la mayoría de los trabajos científicos. Un título debe ser corto, informativo y por sobre todo, atractivo. Con cualquier motor de búsqueda que usemos es necesario entrar con las palabras clave que nos guíen a aquellos artículos de nuestro interés. Invirtiendo el proceso, imaginémonos cuáles serían esas palabras claves que otros usarían para llegar a nuestro trabajo. Esas y no otras deben aparecer en el título. Miles de colegas interesados en el tema leerán sólo el título, posiblemente cientos leerán el resumen y decenas quizás lean detenidamente el artículo completo. El resumen debe ser conciso, preciso y en pocas líneas contener elementos de cada una de las partes del artículo. El cuerpo de casi todos los artículos científicos está organizado en lo que algunos resumen como IMRYD (IMRAD en inglés); es decir, Introducción, Materiales y Métodos, Resultados, Discusión y Conclusiones.  Aprovechemos las ventajas que nos ofrece el inglés como idioma de la comunicación entre científicos; hagamos de este idioma un aliado que nos ayude a difundir lo más ampliamente nuestro trabajo.

https://youtu.be/rxw8Di-C3Zo

Rafael Herrera Fernández

Profesor/Investigador Emérito

Grado en Traducción e Interpretación