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Como cada inicio de curso, los medios de comunicación llenan sus ediciones informativas con imágenes de niños compungidos, con mejillas por las que caen multitud de lágrimas y en brazos de maestras/os que los separan de sus madres y padres mientras extienden sus brazos y patalean sollozando. La televisión nos muestra una realidad un tanto atípica y posiblemente... ¿normalizada? Si analizamos esta situación y reflexionamos sobre el desarrollo infantil y las estrategias sociales que poseen los pequeños de 2-3 años, ¿hasta qué punto es necesaria esa adaptación llena de sufrimiento?

El apego, entendido como el vínculo afectivo sólido con personas a lo largo de la vida, tiene su origen en épocas tempranas de la misma y se desarrolla a partir de las relaciones iniciales entabladas en el entorno inmediato. Es por ello que el apego establecido en las primeras etapas de la crianza servirá de base para el desarrollo de futuras relaciones sociales, permitiendo la consecución de destrezas afectivo-relacionales y la estructuración primaria de conexiones neuronales vinculadas al aprendizaje (Bowlby, 2014).

Cambio de modelo

Los profesionales que componemos el centro escolar no debemos concebir la adaptación infantil únicamente como el momento de separación del menor y de sus progenitores. Es muy importante realizar una profunda reflexión y que observemos la necesidad de involucrar a las familias empoderándolas y haciéndolas partícipes mucho antes de ese instante. Nuestro objetivo ha de ser la búsqueda de una mayor implicación de las familias, la cual garantizará una transición escolar más segura y confiada, ofreciendo situaciones en las que los niños se sientan en un entorno acogedor, lo que propiciará que ellos mismos tomen la iniciativa de “despegarse” de sus adultos de referencia.

Algunas de las estrategias pedagógicas recomendables en este proceso educativo podrían ser las siguientes (Arnáiz Sancho, 2013):

  • Realizar una charla informativa meses antes para aclarar desde un principio el rol de los adultos en la adaptación.
  • Acompañar al menor acudiendo al aula al menos a lo largo de una semana o dos si fuera necesario (adultos de referencia).
  • El primer día organizar el espacio y dejar que las familias exploren el aula con los menores. Los días posteriores reservar un espacio para las familias donde puedan estar sentadas y que garantice que los niños puedan acudir a ellas cuando lo necesiten.
  • Dejar libertad para explorar los materiales y establecer una relación con las familias de serenidad y cariño mientras los niños juegan.

¿Qué necesitan las familias y sus hijos?

Una práctica recomendable para madres y padres de niños de Educación Infantil será encontrar una escuela que respete y se adecúe al ritmo y las necesidades de cada niño. Asimismo, entendemos que la presencia de las familias totalmente esencial y su acompañamiento irá reduciéndose de forma progresiva e individualizada dependiendo de la situación afectiva de cada niño.

En definitiva, defendemos hacer del periodo de adaptación un proceso que desemboque en una situación normalizada de juego en compañía de personas de apego donde se incorpora a un nuevo adulto (maestra/o) en ese sistema de confianza. Después, debemos pasar a una despedida relajada de los padres en la que no quede rastro del sentimiento de abandono. Llegar a esta situación es responsabilidad del centro educativo y se puede conseguir mediante la modificación de hábitos y la transformación de actitudes. Los maestros de educación infantil han de ser el eje impulsor del cambio; su actitud positiva junto a la familia, será la que garantizará el correcto acondicionamiento de los menores al entorno escolar.

Autor

Sheila Alonso González

Profesora del Grado en Educación Infantil