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La de crítico musical –me ceñiré a hablar a aquellos que trabajan con música académica, término por otra parte controvertido– es una “profesión” cuya utilidad deja a mi entender un interrogante abierto en lo que a su función concierne. Las precedentes comillas van cargadas de intención si nos referimos a la crítica musical en España, cuyos profesionales se pueden contar con los dedos de una mano, siendo que, por dicho empleo u oficio (léase segunda acepción de la RAE) pocos perciben retribución alguna. En este sentido estoy particularmente convencido de que la independencia de un crítico podrá estar legítimamente cuestionada cuando parte de sus emolumentos –aunque en especie fueren– tengan que ver con el festival que organiza el evento, el artista o la producción en sí misma. Esto pasa muy a menudo en España y aunque es seguramente harina de otro costal, creo que este particular puede suscitar más de un comentario en este blog entorno a la objetividad de juicio con precedente semejante.

La labor (labor, -ōris) del crítico musical no se debería limitar al “juicio sobre un espectáculo o una obra artística” como de escueta manera reza también el Diccionario de la lengua española en su séptima acepción. Desde un punto de vista práctico me atrevería a decir que la primera cualidad de una crítica musical debería ser la de informar. Ahí puede que muchos vean la gran piedra en el zapato de buena parte de los textos que leemos. No me cabe la menor duda de que éstos deberían ofrecer al lector, en primera instancia, las indicaciones necesarias para comprender la naturaleza, la calidad y la finalidad del evento, y esta máxima sirve tanto para hechos pasados como futuros, porque, evidentemente, se puede hacer crítica musical antes de que el arte se ponga en escena.

El hecho de que el crítico musical trabaje con una mercancía que es vehículo de contenidos y mensajes artísticos debería obligarle a informar al público de su peso cultural, del contexto histórico en el que se coloca el repertorio propuesto (sobre todo si se trata de música poco conocida) y de sus presupuestos estéticos. Incluso el preanuncio de un espectáculo –tantas veces cuestionado– es potencialmente capaz de dar una correcta información a los futuros espectadores, poniéndoles en condición de prepararse lo mejor posible a escuchar y dirigiendo oportunamente su atención. Aquí entra otro asunto en juego: la articulación del discurso. Un lenguaje denso y cargado de tecnicismos, en la mayoría de los casos no acompañados de explicación alguna, tienen el peligro de desorientar –y alejar– a los lectores, mientras una explicación metafórica en exceso y llena de adjetivos genéricos tiende a aplanar la especificidad del repertorio interpretado y la calidad de la ejecución. Como en casi todas las facetas de la vida, in medio virtus.

De presentación a recensión, el artículo del crítico debe un medio de difusión de la cultura, del hecho artístico, un instrumento casi didáctico que debería extender la educación musical del lector, independientemente de que estemos en acuerdo o desacuerdo con aquello que expresa o los términos en los que lo hace. Vale.

Robert Hilburn On What Does it Take to be a Good Music Critic? https://www.youtube.com/watch?v=Oezn6ZjV2so

Por Esteban Hernández Castelló Profesor del Master Universitario en Interpretación e Investigación Musical