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Está claro que aspirar a la presidencia de la Casa Blanca y estar en la Casa Blanca no es lo mismo. Y si no que se lo digan a Donald Trump antes de las recientes elecciones y después, ya a punto de presidir los Estados Unidos el próximo 20 de enero. Las diferencias al comparar sus afirmaciones antes y después de las elecciones sólo se entienden ante la gran responsabilidad de tener que llevar las riendas de un gran país.

Las declaraciones del aspirante a la presidencia eran afiladas, provocadoras, sin pulidos, las de ahora están llenas de matices, hieren menos (pero hieren) y están barnizadas por la esfera de la diplomacia, siempre sin abandonar la “esencia Trump” caracterizada por dejar a un lado lo políticamente correcto.

Esta evolución también se observa cuando se trata de abordar temas científicos. Desde siempre el nuevo presidente se había postulado en contra (“un cuento chino”, llegó a afirmar) de la alarma científica que ve en los excesos de emisión de CO2 por aparte del ser humano, la principal causante del cambio climático y del calentamiento de la atmósfera. Ahora, con la vista puesta en la Casa Blanca, su discurso en este tema ha sufrido una deriva menos categórica y negativa.

Recientemente el líder americano ha admitido, eso sí con la boca pequeña, que puede haber “alguna conexión” entre el cambio climático y la actividad humana y que examinará el Acuerdo de París (liderado por la EE.UU de Obama y China y en la que están presentes más de cien países) con “una mente abierta” cuando hace poco se mostraba partidario de salirse del acuerdo internacional en defensa del medio ambiente.

La comunidad científica

Todo ello en el país líder mundial en investigación que invierte más de 400.000 millones de euros al año en ciencia, según los datos de la OCDE, que dedica el 2,8% de su PIB a la ciencia y que produce más de 500.000 artículos científicos al año.

Pero si hay algo que preocupa a la comunidad científica norteamericana es la retórica racista de Trump, aunque también en este tema últimamente viene tamizando su discurso.. El modelo científico internacional se basa en la gran movilidad de los investigadores y el americano en particular se ha destacado históricamente por atraer y contratar a los mejores investigadores de cada campo, independientemente de su origen.

Sin embargo Donald Trump se jactó en campaña electoral que prohibiría a los musulmanes la entrada al país. Aunque más tarde matizó sus declaraciones, éstas no han sentado bien entre la comunidad científica de EEUU. "Siempre hemos sido una nación que ha acogido la capacidad intelectual científica de otros países y no queremos que eso cambie ahora", aseguró a la revista Nature, Mary Woolley, presidenta de la organización Research America.

Pero el discurso de Trump sobre los inmigrantes también ha estado trufado de infamias que la ciencia ha demostrado falsas, como que la inmigración es una de las principales causas de la propagación de enfermedades infecciosas. Unas acusaciones a las que también se han sumado otros políticos republicanos, que han relacionado los brotes de sarampión de los últimos años con los inmigrantes indocumentados y que la ciencia se apresuró a desmentir a través de un estudio publicado en un revista médica especializada en viajes.

Salta a la vista que Donald Trump antes de ser Presidente no tenía especial devoción por la Ciencia, pero ante su ya inminente ingreso en la Casa Blanca no le queda más remedio que formar un matrimonio de conveniencia con la comunidad científica si quiere que el resto del mundo siga mirando a EE.UU como modelo de prosperidad y democracia.

https://youtu.be/STeRRmKl0zI

Antonio Romero es periodista, profesor en el Máster de Comunicación Social de la Investigación Científica