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Estimadas hermanas y hermanos:

Con esta fórmula se dirige en reiteradas ocasiones Malala (premio Nobel de la Paz 2014) de manera directa, a los miembros y asistentes a su discurso en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y, de manera indirecta, al resto de la humanidad.

Centrada en la dignidad, como factor que nos iguala a todos los seres humanos y que nos es inherente por dicha condición, Malala Yousafzai narra su experiencia personal en la que estuvo a punto de perder la vida por defender su derecho (humano) a la educación.

Aquí aparecen los dos conceptos fundamentales sobre los cuales va a girar esta reflexión: educación y derechos humanos.

El propósito de la educación es dotar al alumnado de los mecanismos y herramientas necesarios para poder afrontar las diferentes situaciones y problemas que puedan encontrar en la realidad. Es un proceso permanente que dura toda la vida, favoreciendo tanto su desarrollo y evolución como su proceso de adaptación a los múltiples cambios y a la propia sociedad. Una necesidad cada vez mayor en el contexto global en el que nos encontramos actualmente.

Por su parte, el fin de los Derechos Humanos es salvaguardar una convivencia a nivel global centrada en la dignidad humana, el respeto, la tolerancia y la libertad. De esta manera, contribuyen al desarrollo integral de todas las personas, buscando el disfrute de su autonomía y poder tener una vida digna y democrática. La finalidad es que no hay ciudadanos/as sin derechos ni deberes.

Partiendo de estas consignas, podemos ver que tanto la educación como los derechos humanos son elementos fundamentales para lograr que cada uno de nosotros/as alcance su máximo desarrollo tanto a nivel personal como social. Entre ambas se conforma una relación simbiótica, es decir, un vínculo estrecho y persistente entre dos realidades (que en principio son distintas) en la que ambas salen beneficiadas. Su vinculación se refleja en la concepción de la educación como uno de los derechos humanos fundamentales, al ser un bien básico para el crecimiento y evolución de nuestra especie.

Sin embargo, su confluencia no siempre es positiva y la violación de algunos de los derechos humanos perjudica la labor educativa. Todas aquellas personas que utilizan el terror y la violencia para coaccionar a personas o colectivos forman parte de este ataque directo a la educación. El terrorismo, que cambió por completo la vida de Malala, sigue sacudiendo nuestras vidas en la realidad actual. Con excesiva frecuencia, siguen apareciendo noticias sobre este tipo de violencia extremista. Ciudades en la actualidad como París, Beirut, Ankara o Túnez; y en el pasado como Madrid, Londres, Nueva York, Beslán o Bagdad, se han convertido en escenario de graves ataques donde se perdieron muchas vidas de inocentes.

Aunque concretemos sistemas educativos fundamentados en la dignidad, el respeto, la libertad y sobre los pilares de los derechos humanos, estas acciones radicales vulneran y silencian nuestros esfuerzos. Los/as terroristas quieren imponer sus deseos y llevarnos a una sumisión colectiva amparados por el miedo y el dolor. Frente a esta realidad, debemos apostar por defender la reciprocidad positiva entre los derechos humanos y la educación.

La premio nobel de la paz defiende que los/as extremistas siguen asustados del poder de la educación. Un arma que no termina con la vida de nadie, sino que salvaguarda una convivencia pacífica y democrática entre todos/as las personas del planeta. Les asusta el cambio e igualdad que la educación puede traer a nuestra sociedad.

Una educación que debe ampararse en el respeto y defensa de los Derechos Humanos, velando por defender todos aquellos factores y aspectos que nos permiten potenciar al máximo nuestro desarrollo integral. La educación, el arte de enseñar a otros a vivir (Esteve, 2010), es la herramienta que nos permite avanzar y progresar como especie. Sin la educación, no tendríamos ese sustento social que nos permite establecer las normas, valores y actitudes que definan nuestra realidad. Estamos destinados a grandes cosas como especie y no debemos detenernos ante ataques cobardes que atenten contra nuestra libertad para pensar, creer, elegir y, sobre todo, vivir. Eso debemos transmitir como maestros/as de humanidad.

Malala Yousafzai, discurso en la ONU (subtitulado).

https://www.youtube.com/watch?v=6HYttDgU5y4

La educación y los derechos humanos pueden abrirnos las puertas a un futuro lleno de posibilidades donde dejemos a un lado el miedo, los odios y el rencor. Para ello, se hace preciso una formación específica del profesorado en estos aspectos. Contenidos como la educación en valores, las habilidades sociales, el control y gestión emocional o los propios derechos humanos deben ser materias que conformen el curriculum base de los/as futuros/as maestros/as. No podemos enseñar aquello que desconocemos, es más, para poder enseñar algo hay que conocerlo en profundidad, asimilando bien los conocimientos para interiorizarlos y construirlos de manera personal. Por ello, defendemos la importancia de una formación personal e integral de los/as profesionales de la educación (fomentando el compromiso, la reflexión, el pensamiento crítico, la tolerancia, la libertad, el respeto, etc.) durante su formación previa y continúa, tanto en los contextos educativos reglados (educación formal) como no reglados (educación no formal).

Para finalizar, quedarnos con las últimas palabras del discurso de Malala como inspiración para seguir luchando por una convivencia democrática a nivel global: "Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo". La educación es la solución.

Referencias:

Esteve, J.M. (2010). Educar: un compromiso con la memoria. Barcelona: Octaedro.

Ernesto Colomo Magaña. Colaborador Docente del Maestría en Prevención e Intervención Psicológica en Problemas de Conducta de la Escuela, del Maestría en Formación del Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria, Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanza de Idiomas, y de los Carreras de Educación Infantil y Primaria.