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Aunque el poder de la música no parece tan evidente para aquellos legisladores empeñados en reducir, o incluso eliminar, las horas de música en los currículos, lo cierto es que la cantidad de investigaciones relacionadas con el tema es inmensa.

Estudios más o menos recientes (véanse, entre otros, Anshel & Kipper, 1988; Brown & Sax, 2013; Long, 2014) muestran cómo la música tiene un impacto positivo en ámbitos tan diversos como el aprendizaje,  el bienestar o la salud física y mental. En los últimos años, algunas investigaciones del campo de las neurociencias también han contribuido a incrementar esas evidencias mostrando cómo responde el cerebro a los estímulos musicales y sugiriendo que el contacto activo y continuo con la música tiene un impacto significativo en la estructura y funciones del cerebro.

Estos y otros estudios forman parte de una interesante investigación coordinada en 2015 por Susan Hallam, catedrática del Instituto de Educación de la University College de Londres: The power of music. A research synthesis of the impact of actively making music on the intellectual, social and personal development of children and young people. Encargado por el Music Education Council (MEC) y publicado por el International Music Education Research Centre (MERC), este estudio reúne una inmensa cantidad de evidencia de investigaciones realizadas en torno al tema en los últimos años.

Según Hallam, “la investigación muestra que las evidencias sobre educación musical son indiscutibles y abarcan una amplia variedad de habilidades, entre otras: habilidades de escucha que contribuyen al desarrollo del lenguaje y a una mejora en los procesos de alfabetización; el razonamiento espacial, que contribuye al desarrollo de algunas habilidades matemáticas; y, cuando las actividades musicales implican el trabajo en grupo, se observan beneficios evidentes en habilidades personales y sociales que a su vez contribuyen a la mejora de los logros académicos”.  A su vez, el estudio aborda otros muchos ámbitos, como es el caso de la memoria visual y auditiva, el desarrollo intelectual, la creatividad, la personalidad, la motivación, la cohesión e inclusión social, la empatía y la inteligencia emocional o la salud.

Sin duda, el documento aporta argumentos sólidos para afirmar que todos los niños y las niñas deberían tener acceso a una educación musical de calidad y que, por tanto, los sistemas educativos no solo deberían contemplar estas enseñanzas en sus currículos, sino también proporcionar procesos de formación inicial y permanente que aseguren que las enseñanzas impartidas en las escuelas posibilitan un contacto significativo y positivo con la música. En este sentido, Hallam también nos habla de algunas de las características comunes en programas de educación musical de calidad: necesitan ser interactivos y placenteros, ofreciendo oportunidades para desarrollar nuevas habilidades, incrementar el capital cultural, desarrollar lazos interpersonales y solidaridad para alcanzar metas compartidas, posibilitar encuentros frecuentes, desarrollar el respeto mutuo y reconocer y recompensar la excelencia.

Creemos que este estudio es una interesante aportación tanto para docentes como para investigadores. Los primeros se beneficiarán al encontrar respuestas rigurosas a algunos de los desafíos que se presentan en los procesos de enseñanza, mientras que los segundos dispondrán de una síntesis actual y muy lograda de investigaciones sobre el tema.

Mi cerebro musical – National Geopgraphic

https://youtu.be/CHrCZOxMVrw

Andrea Giráldez

Profesora experta del Maestría en Interpretación e Investigación Musical en la Universidad Internacional de Valencia (VIU)